La casa estaba en silencio. No un silencio de dolor, ni de vacío. Un silencio tibio, de esos que llegan cuando algo empieza a acomodarse dentro de uno, como una pieza de rompecabezas que finalmente encuentra su lugar.
Antonella se sentó frente a su escritorio con una taza de café a medio enfriar. La computadora seguía encendida, pero esta vez no la abrió. Sacó una hoja en blanco, lisa, sin líneas. Una hoja que había comprado años atrás para escribir una carta que nunca había podido empezar.
Suspiró. Miró la hoja. La lapicera. Su mano temblaba apenas.
Y entonces, escribió.
Querido Santi,
No sé cómo empezar. Nunca supe. Siempre fuiste ese silencio en la mesa, ese nombre que no se decía pero que todos llevaban pegado en algún rincón del cuerpo.
Santiago.
Tu nombre era una forma de decir “algo faltó”.
Yo tenía cinco años cuando te fuiste. No entendía mucho. Solo que mamá lloraba en la cocina. Que papá no hablaba por días. Que me llevaban al jardín como si nada mientras en casa se rompía todo.
No sé si te lo dijeron alguna vez, pero naciste después de mí y antes que Martín. Fuiste el del medio, aunque viviste tan poquito que a veces la gente ni te menciona. Como si por irte temprano no hubieras dejado huella. Pero sí lo hiciste. La dejaste en todos.
Papá dejó de reír como antes. Mamá empezó a hacer todo en silencio. Y yo… yo me volví buena. Extremadamente buena. Porque pensaba que si me portaba bien, si no lloraba, si hacía todo como se esperaba, tal vez no se iban a romper más cosas.
Tal vez si yo era perfecta, a ellos no se les iba a morir nada más.
Sé que no fue culpa tuya. No es un reproche. De hecho, no sé si esta carta es una carta para vos, o para esa parte mía que se congeló cuando desapareciste.
¿Sabés qué recuerdo de vos? No mucho. Un muñequito de peluche que era tu favorito. Se lo diste a Martín cuando nació. A mí me gustaba mirarte dormir. Tenías la nariz parecida a la de mamá. Y una risa suave. Como si todo te diera gracia.
Me dijeron que te fuiste dormido. Que no sufriste. Yo me aferré a eso por años, porque era la única forma de no odiar al mundo.
Crecí con tu nombre en el aire. “Santiago esto, Santiago aquello”. A veces me preguntaba cómo sería si siguieras acá. Si hubiéramos ido juntos a la plaza, si te hubiera leído mis cuentos, si me hubieras visto actuar en las obras de la escuela.
Después de vos, papá dejó de mirar las cosas con ternura. Y yo... me convertí en una misión. En su misión. Como si cada paso que yo daba tuviera que compensar los que vos no ibas a dar.
No te estoy culpando. Pero necesito decirlo.
Crecí sintiendo que tenía que ser perfecta. Que si no lo era, lo decepcionaba a él. Que tenía que llenar todos los casilleros: notas excelentes, actitud intachable, sonrisa constante. Porque si yo fallaba, era como fallar dos veces.
Y no podía permitirlo.
El problema es que me olvidé de mí. Me olvidé de lo que quería. De lo que me hacía bien. Me olvidé de decir “no”. De sentirme libre. Y por años pensé que eso era lo que tocaba. Que así se vivía.
Hasta que me quebré.
Hace poco, discutí con papá. Feo. Me dijo cosas duras. Que mi vida no tiene rumbo, que Sebastián no es suficiente para mí, que escribir es un capricho. Y lo peor… volvió a mencionarte. Como si yo aún tuviera que estar a tu altura.
Ahí entendí que no iba a poder seguir sin hablarte.
No porque me debas nada, sino porque yo necesito soltar lo que nunca dije.
Antonella detuvo la lapicera. Se pasó una mano por el rostro. Respiró hondo. El nudo en la garganta era denso, pero ya no dolía como antes. Se sentía… liberador.
Volvió a escribir.
Te cuento que Sebastián es mi pareja. Lo quiero mucho. No es perfecto. Yo tampoco. Pero nos elegimos todos los días. Me abraza como si supiera que vengo con partes rotas. Y no intenta arreglarme. Solo me acompaña.
Mis amigos… bueno, son como vos nunca pudiste conocer. Ruidosos, intensos, maravillosos. Me salvaron el alma la semana pasada. Aparecieron con medialunas, películas malas y silencios necesarios. Me hicieron sentir valiosa, incluso cuando yo no podía levantarme.
Maia es mi mejor amiga desde los seis años. A vos te habría encantado. Es brava, frontal, leal hasta el hueso. Y se acordó de vos el otro día.
Qué loco, ¿no? Cómo tu partida se metió en lugares donde nadie la esperaba.
Pero hoy no te escribo para llorarte. Te escribo para contarte que estoy creciendo. Que, por primera vez, estoy escribiendo para mí. Sin buscar aprobación. Sin esperar aplausos. Solo porque lo necesito.
Hoy me siento capaz de decir que no tengo que ser perfecta. Que no vine a reemplazarte. Que no soy una herencia ni una consecuencia. Soy yo.
Y eso... eso me lo debo en parte a vos.
Porque el amor que te tuve, aunque corto, me hizo sensible. Me enseñó que los vínculos importan más que los logros. Que a veces una mirada vale más que una nota de diez.
Vos me hiciste artista, aunque no lo sepas.
Tu silencio me enseñó a escuchar.
Tu ausencia me enseñó a escribir.
Y ahora… ahora empiezo a vivir con eso, no contra eso.
Te quiero, Santi. Siempre te quise. Incluso cuando no sabía cómo nombrarte. Incluso cuando no me dejaban hacerlo.
Donde sea que estés, espero que estés en paz. Y si te llega esta carta, aunque sea en el viento, que sepas que ya no te tengo que llevar como un peso. Ahora te llevo como parte.
Con amor,
Anto
Guardó la carta en un sobre sin cerrar. No iba a enviarla. Pero tampoco iba a esconderla. La dejó en la repisa de su escritorio, al lado del muñequito de peluche que aún conservaba. A Martín no le importaba que lo tuviera ella. Le había dicho una vez: “A vos te lo regaló en serio”.
Esa tarde, por primera vez en años, salió a caminar sin auriculares. Escuchó el sonido de la ciudad. El bullicio de las veredas, los pajaritos entre los árboles, las risas de los chicos en la plaza. Todo sonaba distinto. Más vivo.
Y aunque el cielo estaba nublado, Antonella se sintió liviana.
No porque todo estuviera resuelto.
Sino porque, por fin, una parte suya estaba en paz.