París, 19/11/70
Rafael, Makis, los gemelos, Javier, Miguel, Igor, y yo nos sumergimos en un ambiente de luces parpadeantes y música atronadora. El alcohol fluía libremente mientras las risas y los cánticos llenaban el aire. La noche estaba en pleno apogeo cuando nos reunimos en el privado del centro nocturno de Igor, escapando del ruido y la aglomeración. Por un lado, me alivia poder disponer de mi vida nuevamente, de no estar bajo la supervisión y evaluación constante. Pero por otro lado, el vacío en mi pecho es doloroso, llenándome de incertidumbre ya que, con el transcurso de los meses, no he logrado salir de esta sensación asfixiante. Tomando otro whisky para anestesiar los pensamientos obsesivos, miro alrededor. Este club nocturno difiere en todo del que tienen en Rusia. Este es moderno, y trabajan en él, también hombres. Las mujeres y hombres se movían semidesnudos al ritmo de la música, en lugares estratégicos del salón, atrayendo miradas y subiendo
la libido a niveles evidentes. Desde la distancia, en el piso superior, se percibía la tensión y el deseo en los movimientos y actitudes del público. Llama la atención que los gemelos se hayan quedado allí bailando e incitando a las mujeres en la pista. Una joven de larga cabellera castaña con sonrisa traviesa los tentaba moviendo su cuerpo al ritmo de la música que resonaba en el ambiente. Con actitud coqueta, extendía la mano hacia ellos, invitándolos a bailar con ella de manera particularmente sugerente. Desde donde estábamos sentados veo que la mujer les dice algo, a lo que Qiang y Ming, luego de intercambiar miradas, se acercan a ella con una sonrisa juguetona. Los tres comenzaron a moverse al ritmo de la melodía, creando una danza fluida y seductora que atrajo las miradas de los presentes.
—Quién diría que tenían esa habilidad para moverse—, opina Makis apurando su trago. Creo que él ha tomado más que yo. El trío parecía estar en medio de un ritual de apareamiento. Su cercanía física provocaba el aumento de temperatura en más de un espectador. El club de Igor se caracterizaba por no contar con restricciones. París permitía todas estas libertades. Cada roce parecía accidental, los movimientos se veían cada vez más acalorados. Entrecerré los ojos para ver mejor el espectáculo. Mis tíos eran muy reservados, pero cuando decidían actuar, eran el centro de atención.
Cuando las manos comenzaron a desaparecer de los lugares visibles, Javier, inquieto, agregó con preocupación. —Espero sepan lo que están haciendo. —
—Desde aquí parece que no tienen dudas—, se burla Igor ante la mirada de reproche de Miguel, que luego le da un golpe en el hombro.
Después de un rato de movimientos candentes, los gemelos y la joven se retiraron hacia el pasillo que conducía a las habitaciones, desapareciendo en la penumbra con la joven presionada entre los dos recibiendo sus atenciones.
Luego de ver esto, quedo en blanco, intentando evitar que el pasado me atrape, cuando una mujer se acercó a mí con evidentes intenciones seductoras, a la que preferí ignorar. La exhibición de mis amigos en la pista dejó el ambiente caldeado. Sin embargo, mi mente estaba en otra parte, y mi corazón aún anhelaba a Aria. Cuando sus manos pretendían abrir mi bragueta, educadamente, rechacé sus avances, lo que no fue atendido por la mujer, por lo que tomé sus manos y las retiré de mí con impaciencia. — ¿Qué pasa?— preguntó molesta a los gritos. Estaba un poco exaltada. Eso no era buena señal y me traía recuerdos muy desagradables. — ¿Acaso no te gustan las mujeres?— no me molesté en responder, me generaba mucho rechazo, por lo que indiqué a un m*****o de seguridad que la aleje, lo que desencadenó un pequeño incidente que atrajo la atención de nuestros amigos.
— ¿Qué pasa, Thanos? ¿No te gusta lo que ves?— preguntó Miguel con una sonrisa burlona, mientras los demás también dirigían su atención hacia mí.
—No es eso, simplemente no estoy interesado en este momento—, respondí con firmeza, tratando de evitar el tema de Aria. Tengo mis necesidades, a veces me abruman, pero de pensar en tocar a otra mujer que no sea Aria… aún no estoy listo. Aparte parecía una prostituta drogadicta. —Ninguno de ustedes está con mujeres esta noche. — Sabía que Igor y Miguel eran pareja. Nunca lo dijeron, ni mucho menos lo demostraron, pero ya entendía mejor todo el asunto de las relaciones. Estaba también el hecho de que Miguel haya pedido específicamente quedarse en Francia y Rusia. Intereses que compartía con Igor. Esperaba que ellos me lo dijeran, no iba a sacar el tema.
Javier, que estaba atento a todo, alzó las manos como soltando toda responsabilidad. —Sabes que soy un hombre voluntariamente comprometido. Para mí, desde que conocí a Ariadne, no existe otra. —
—Y lo mismo conmigo desde que conocí a Maria. — Secunda Rafael. —Aquí está mi cuñado de testigo. — Se sonríe con Miguel.
—Tienes razón, Javier—, interrumpió Igor, mirándome con complicidad. —Algunos de nosotros preferimos mantenernos fieles a nuestras parejas—. Sus palabras resonaron en el ambiente cargado de humo y alcohol, y su mirada se desvió hacia donde habían desaparecido los gemelos con la joven castaña. —Parece que los gemelos se recuperaron rápidamente de su decepción amorosa—, comentó, dando un largo sorbo a su vodka. No hacía falta aclarar, que los gemelos habían quedado devastados por la desaparición de Mei Lin, aunque luego de ver cómo aceptaron la invitación de la joven, entiendo que su recuperación ha sido rápida.
La noche había avanzado rápidamente, entre risas y brindis, el ambiente se tornaba cada vez más relajado. Sin embargo, justo cuando pensábamos que la diversión continuaría hasta altas horas de la madrugada, un m*****o del equipo de seguridad se acerca con urgencia.
—Señores, disculpen la interrupción— se acerca el jefe de seguridad con urgencia. —Hemos recibido información de Grecia. Fenix ha sido avistado en Atenas—, informó con seriedad.
La noticia cayó como un balde de agua fría sobre nuestra euforia, recordándonos las responsabilidades y los peligros que enfrentábamos. En un instante, la atmósfera festiva se disipó, y nos dimos cuenta de que debíamos actuar con prontitud.
—Algo lo hizo salir de su escondite por fin— sonríe Rafael con satisfacción. —me temía que no íbamos a saber de él otra vez.—
—Ve a buscar a los gemelos. Se terminó la fiesta. — Le digo al de seguridad, que partió a cumplir la orden. —Es tiempo de exterminar cucarachas. —
Con un gesto de entendimiento entre nosotros, nos levantamos de nuestros asientos y nos preparamos para partir de inmediato hacia Grecia. La noche de diversión había llegado a su fin, y ahora nos esperaba un desafío mucho más serio y definitivo.