Vanesa
✨✨“No existen las casualidades cuando tu destino está marcado. En esta vida todo tiene un por qué”.
Desperté en la mañana, en la habitación del hotel. ¡No puedo creer que haya dormido tanto! Dormí profundamente lo que quedaba de la noche. Bueno, de la madrugada, porque apenas fueron un par de horas.
Después de abrir los ojos y ver que me encuentro sola, me incorporo en la cama y busco con la vista a mi Dios griego. No lo veo, así que salto al piso, en un instante, cubriendo mi desnudez con la sábana, y miro en el baño pero tampoco está.
¡Rayos! Se largó y ni siquiera se despidió.
Busco en todos lados a ver si veo una señal, por lo menos una nota, pero nada. Quiero más que una noche. Ese hombre me vuelve completamente loca... Bueno más de lo que estoy. Con solo mirarme ya me siento excitada. Es una sensación un poco rara, pero es comprensible que sienta algo así por semejante hombre.
Termino de convencerme de que desapareció sin dejar rastro, así que no lo pienso más y me meto al baño. Esta habitación es gigante. Un poco más y es del tamaño de mi apartamento.
Cuando termino de ducharme me visto y me maquillo ligeramente. Siempre llevo cosas en mi cartera para situaciones de emergencia y, esta era una de ellas.
Uno nunca sabe cuando tendrá sexo casual y, por si las moscas, ando preparada. Siempre llevo también mis preservativos, aunque hace tanto tiempo no estaba con un hombre, que ya no sé ni para qué los llevo conmigo.
Ruedo los ojos, reacción que ha provocado mi pensamiento, y miro el reloj de mi muñeca que me muestra las 6:30 am.
¡Necesito apurarme! No puedo llegar tarde al despacho.
Termino lo más rápido que puedo, y salgo del hotel a toda prisa, bajo la mirada escudriñante de los empleados de la recepción.
Sé que andarán diciendo “una más de las tantas”, pero no me importa. Ninguno me da de comer. El taxi que tomo que me deja frente a mi apartamento y subo rápidamente las escaleras, no sin antes saludar a Alan, el portero del edificio, que por cierto está chulísimo.
Hace un tiempo anda echándome los perros pero no le presto atención. Por lo menos no la atención que él quisiera.
Tomo las llaves y abro lo más silenciosamente posible. Espero que mi madre no me ande cuestionando. Ya estoy bien crecidita y aún no deja de hostigarme. La siento trajinando en la cocina, así que aprovecho para meterme a mi habitación lo más rápido que puedo.
Al parecer me libré de las preguntas, aunque eso sería un milagro. Saco mi móvil en un santiamén, y le marco a mi mejor amiga, Alexandra. Necesito crear una cuartada por si mi madre me pregunta.
Escucho el tono del móvil y después de tres timbres responde:
—Buenos días, amiga.
—Buenos días hermosa de mi vida —le hablo casi en susurro. Ya estoy imaginando la expresión de su rostro, con el ceño fruncido.
—¿Qué te traes? ¿En qué andas metida ahora, Vanesa?
—¡En nada! Si soy un angelito —esa expresión la dije colocando cara de quien no rompe un plato, como si ella pudiera verme.
¡Ay, Vanesa Davies!
Sí que eres buena para actuar.
—Necesito que si mi madre te llama, para preguntar si pasé la noche contigo y me quedé a dormir en tu casa, le digas que sí.
—¿Qué fue lo que hiciste, Vanesa? —pregunta con tono inquisitivo.
—No he hecho nada. Solo tienes que decir eso. La culpa es tuya. Si hubieras ido conmigo al club, ahora no te estaría pidiendo esto.
—¡Oyeee, tranquila! Sabes que con gusto lo hago, pero tienes que contarme los detalles en cuanto llegues al despacho —mi amiga es una metiche de primera.
—OK, nos vemos.
Respondo, corto la llamada y me cambio de ropa, tan rápido como puedo. Recojo mi cabello en una cola alta. Tomo mis cosas, y salgo de la habitación disparada a la cocina, para saludar a mi mami, que anda canturreando como un pajarito.
—Buenos días, mami. ¿Cómo está la mami más bella del mundo?
Dejo un cálido beso en su frente y me siento a la mesa, para comer una tostada con mermelada y leche. Ya la tiene lista, como cada mañana, para papi y para mí.
—Buenos días, señorita —responde con un tono algo extraño—. La pregunta no es como estoy, si no, donde pasaste la noche.
—¡Mierda! —Ya había pasado por mi habitación. Pero estaba preparada para esto, así que respondo:
—Me quedé con Alexandra, mami —odio mentirle a mis padres, pero es que suelen ser muy intensos y es muy temprano para comenzar una querella.
—¿Segura de lo que estás diciendo, señorita? —entrecierra los ojos, como los gatos, y me asaltan las dudas.
¿Será que llamó a mi amiga antes que yo?
No es posible. Ella me hubiera dicho. Además, Alexandra no es ninguna estúpida. Esto nunca había pasado. Nunca desaparecí, pero sabíamos lo que teníamos que hacer cuando llegara a suceder, fuera ella o yo.
—Claro, mami. ¿Por qué te mentiría? —Trato de no atragantarme con la tostada—. Soy mayor de edad mamá. Basta de lo mismo. Ayer te llamé para decirte. Después de la fiesta fuimos directo a su casa.
No puedo decirle que andaba en un Club, sola sin la compañía de Alexandra, porque el infarto no se lo quita nadie y mi papá dejaría de hablarme por lo menos un mes.
¿Por qué serán tan exagerados?
—Eres mayor de edad, pero sigues siendo mi niña y lo sabes. Esto solo lo dejaré de hacer cuando muera.
—¡Mami calla la boca, por favor! Vas a durar doscientos años más —me pongo de pie—. Y ahora me voy que no puedo llegar tarde al despacho. Hay muchísimo trabajo por hacer.
—Cómete otra tostada, Vanesa. Por andar siempre corriendo es que estás así de flacucha.
—No estoy flacucha, mami —sonrío y me le acerco—. Tu hija es una mujer sexy y muy deseada. Despídeme de papi. Hoy no puedo esperarlo.
Le doy un beso y salgo, casi corriendo. En eso ella tiene razón, siempre ando a toda prisa, como los locos, pero soy así. Si fuera de otra manera dejaría de ser yo.
En cuanto a lo de flacucha no es cierto, pero ella quiere tenerme gorda como una puerca de ceba y si depende de mí no pasará. Ya sabemos como son las madres.
Tomo mi auto y después de unos minutos llego al despacho. Soy abogada egresada. Aunque ya había hecho algunas cosas para este despacho, que me ofreció trabajo mucho antes de terminar mis estudios en la universidad.
Soy muy buena en esto. No soy autosuficiente, pero es lo que dicen mis colegas y de tanto escucharlo, terminé creyéndolo.
Saludo a todos los que encuentro de paso a mi oficina. Cuando llego me encuentro a mi amiga. Se pone de pie en cuanto asomo por la puerta.
—Alexandra, ¿será posible que estés aquí por lo que te conté al teléfono?
—¿Eres adivina, amiga? —responde haciendo una mueca.
—Mujer, en vez de abogada deberías ser reportera para una televisora de chismes.
—¿Y acaso crees que siendo abogadas estamos muy lejos de serlo?
Nos carcajeamos tratando de hacer poco ruido, para no molestar a los demás compañeros. Nosotras pertenecemos a uno de los mejores despachos de abogados de todo Londres. Últimamente estamos a tope con tantos casos. Toda la gente con poder y dinero solicita nuestros servicios.
Terminamos sentándonos. No he terminado de plantar el tracero en la silla cuando asoma a la oficina Brad, el jefe del despacho.
—Buenos días, bellezas.
—Buenos días Jefe — respondemos a coro. No le gusta que le digamos jefe, así que lo hacemos para molestar.
—Basta de eso, nenas. Espero que hayan pasado una noche estupenda, y hoy tengan fuerzas renovadas para lo que tenemos en el día.
«No sé la de ellos, pero la mía mejor no pudo estar».
—Vanesa, acaban de llamar desde la empresa Scott Hotelʼs, solicitando tus servicios. Te recomiendo que salgas inmediatamente para allá.
«Oh my god!».
Es lo primero que viene a mi mente. No puedo creer que la mejor empresa de toda Inglaterra, en ese campo, esté solicitando precisamente mis servicios.
—El dueño es uno de los hijos de Adam Scott y es el que maneja la empresa aquí en Inglaterra. Hará la entrevista personalmente, cosa que no suele hacer, así que no lo hagas esperar —sus palabras casi me causan pánico. Lo próximo que hago es pasar saliva.
Y como si lo que dijo hubiera sido poco, acaba de poner la cereza al pastel.
—El joven es un maniático del control. Tiene fama de disfrutar haciendo a las personas sufrir y tartamudear frente a él.
¿Y por qué yo?
¿A mí me manda a ese lugar?
Ahora comienzo a dudar de si me gusta o no la idea.
—¿Y allí me mandas, Brad? ¿A la boca del lobo?
—No, cariño. Tampoco es que el hombre sea un ogro. Lo que sucede es que es muy estricto con las cuestiones de su empresa. Quiero evitarte incomodidades cuando estés frente a él.
—No estoy allí y ya siento temor.
—Tranquila, confía en ti. Tenía que advertirte para que estés prevenido. Hay tres candidatos, pero confío en que tú te llevarás el puesto. Si lo consigues será muy bueno para tu crecimiento profesional. No pierdas esta oportunidad, Vanesa.
—¿A qué hora comienza la entrevista?
—Ahora, en la mañana. Necesitan un abogado para liderar su equipo y el escogido estará firmando el contrato cuanto antes.
—¿Y por qué yo, Brad? —interrogo.
—Vanesa, no te escogimos nosotros. Se mandaron los mejores currículum y escogieron el tuyo —pongo los ojos en blanco—. No seas modesta, nena. Eres relativamente nueva en este mundo, pero eso no quita lo buena que eres. Al parecer les impresionó que a pesar de eso ya hayas conseguido tanto. Sencillamente eres la mejor, ¡después de mí, claro!
No podemos contener la risa, así que reímos.
Aún estoy perpleja por la noticia que me acaba de dar, pero lo intento. Ser escogida como candidata para ocupar ese puesto es lo más grande que podrá pasarme profesionalmente. Quizás en toda mi trayectoria como abogada no reciba una propuesta como esta.
No lo pienso más y salgo, en mi auto, rumbo a la sede principal de la multinacional. Piso el acelerador y, en poco tiempo, estoy frente al edificio.
La edificación solo tiene diez plantas, pero me recibe imponente e intimidante. Es la impresión que da a quienes tienen que someterse a una evaluación en estas instalaciones.
Y que Brad me haya hablado así de ese tal Scott, me tiene los pelos de punta. Es un edificio cubierto en su totalidad de vidrio y acero. En la entrada deja ver en letras grandes y doradas el nombre: “Scott Hotelʼs”.
Hasta el letrero me produce escalofríos.
«Contrólate, Vanesa. De lo contrario terminarás por joder tu entrevista».
Salgo de mi auto y después de pasar una de mis manos por mi cabello, tratando de acomodarlo un poco mientras respiro profundo, entro en el inmenso vestíbulo donde me recibe una chica, detrás de un mostrador.
Es una mujer joven. Me atrevería a afirmar que no sobrepasa los treinta años de edad. Está muy bien arreglada, como si fuera a una fiesta de alta sociedad. Soy una metiche como todo abogado y ando inspeccionando todo cuanto puedo. La chica lo nota y me sonríe, así que me dirijo a ella y le hablo:
—Buenos días, señorita. Vengo a ver al señor Scott. Soy Vanesa Davies y estoy aquí por la entrevista.
—Buenos días, señorita Davies. Disculpe un momento, por favor —habla alzando una ceja.
«Esta tipa comenzó a caerme mal», me grita mi perversa interior.
Estar aquí no es de mi total agrado. Las pocas personas que veo pasar, están meticulosamente vestidas. Esto no parece una empresa. Mas bien parece una pasarela, y no precisamente por la afluencia de personas, sino, por lo bien vestidas y arregladas que están.
A leguas se nota que desentono en este lugar y eso solo hace que aumente la ansiedad que ya tengo. La veo hacer una llamada y cuando termina, se dirige nuevamente a mí:
—Ya puede subir, señorita Davies. Tome el primer ascensor a la derecha. La están esperando en el décimo piso. Aquí tiene su tarjeta de identificación —la extiende y de inmediato la tomo.
Me pongo en movimiento y, en mi andar, puedo notar lo que parece ser un agente de seguridad, al final de uno de los tantos pasillos.
Las oficinas están cerradas con quienes estén trabajando dentro y sigo andando, hasta llegar al ascensor. Entro y cuando llego al décimo piso, me recibe la misma escena de cuando entré al edificio. Otro vestíbulo con otra chica detrás de un mostrador, vestida también impecablemente.
—Señorita Davies, puede esperar aquí, por favor.
Habla sonriente, señalando una especie de sala de estar.
Esta chica me agrada mucho más que la otra.
—En un momento la atenderán —añade.
Me siento en el área que me indicó. Como es mi costumbre, comienzo a detallar todo en aquel espacio perfectamente decorado. Cada detalle, cada objeto en este lugar parece estar puesto en su sitio por algún motivo.
Hay un ventanal inmenso con vista a la ciudad. Quisiera ponerme de pie para observar, pero suprimo las ganas. Una imprudencia y son muy capaces de ponerme de patitas en la calle.
Espero impaciente. Sigo detallando todo. Mientras lo hago, pienso en cómo es posible que tenga que esperar tanto para hablar con un simple hombre.
Bueno, tan simple no, porque es multimillonario y exitoso, pero en fin, es un simple mortal, solo que con mucho poder y dinero.
«¡Ahí tienes la respuesta!».
La inseguridad comienza a invadirme. No soy buena para las entrevistas y, a pesar de mi profesión, y de todo lo que implica, odio tener a una o varias personas frente a mí, interrogándome.
Ese rol debería asumirlo yo, no estar ahí, en el banquillo de los acusados.
Recuerdo que en la defensa de mi trabajo de tesis lo hice todo perfecto, hasta que uno de los viejos del jurado que yo odiaba en ese momento, se puso de pie y comenzó a cuestionarme.
Todo fue espectacular hasta que ese viejo indeseable, que tenía ganas de joder, porque al parecer nunca en su vida se folló un coño, comenzó a hacerme preguntas.
Claro que las sabía, pero siempre he tenido ese problema cuando soy yo la que está del otro lado. Ese día tuve que apretar con fuerza mi tablet entre mis manos, apretar muy bien el culo y controlar mis nervios. Creo que por eso escogí esta profesión.
En fin, que aquí estoy nuevamente, sintiéndome carnero que llevan al matadero.
No se nada de este hombre a no ser lo que Brad me dijo. Nunca lo he visto, a pesar de lo famoso que es en el mundo empresarial. Jamás me han interesado esas cosas de los famosos. Soy una mujer sencilla y ocupada en crecer profesionalmente, así que ocupo mi tiempo en cosas más productivas que andar viendo chismes de revistas.
Estoy absorta en mis pensamientos cuando la puerta que esta justo en frente se abre, y sale una chica de esas que parece de revista. Muy hermosa y sofisticada.
Cierra la puerta y sigue de largo en dirección al ascensor sin ni siquiera reparar en mí. La recepcionista y yo, al parecer, para ella somos invisibles.
Que mala educación la de ciertas personas.
También me estoy cuestionando el por qué un hombre querría una planta de un edificio como oficina para él solo. Es la única puerta que puedo ver y estoy segura de que también es la única oficina.
En fin, que es imposible comprender lo que piensa este tipo de personas de alta alcurnia. Las excentricidades en este tipo de personas es algo común.
Con esos pensamientos aprieto el agarre de mi cartera. Estoy más que anciosa con tanta espera y nuevamente voy a pensar tonterías, cuando justo en ese instante la recepcionosta habla:
—El señor Scott la recibirá ahora, señorita Davies. Ya puede pasar.
No digo ni media palabra y me levanto del asiento, intentando contener los nervios. Otro apretón a mi cartera y me dirijo a la puerta que se encuentra cerrada.
La empujo sutilmente y...
¡Dios!
Casi muero infartada al ver al hombre que se encuentra detrás del escritorio. Sus ojos azules, penetrantes, me observan con una frialdad que me cala hasta los huesos, y una sensación recurrente comienza a recorrer mi espina dorsal.
Creo que voy a desmayarme.
Mi pobre corazón no estaba preparado para tanto. Y menos, cuando ahora esos mismos ojos me observan como lo hace un depredador con su presa.