El Queco como fiel gallo mañanero, era el que se encargaba de despertar a las señoritas de aquella pensión con sus ladridos, incluso los sábados y domingos que era cuando lo callaban con sus protestas, pero no aquel martes de Febrero, las 16 chicas se levantaron para alistarse para ocupar el baño, algunas por turnos porque 6 de las habitaciones tenían baño adentro, pero no tenían problemas porque Adelina se encargaba de supervisar muy bien los tiempos y de que todas estuvieran listas para cuando pasara el transporte por ellas, a algunas ella misma las llevaba, pero como Romaia y Érika tenían su propio auto, nada más se encargaban de pasar por Pamela para dirigirse al colegio, donde ya la noticia de la operación balcón había comenzado a correr, siendo confirmada por las chicas que orgullosas mostraban la foto de Gael Domínguez, su última víctima.
Las clases pasaron sin novedad como todos los días y cerca de las 2 de la tarde; Romaia ponía en el buzón de la oficina de correos la carta con las dos fotos, ya con sus debidos timbres y los datos de remitente y destinatario.
-¡De seguro va a tardar como un año en responder! –dice Érika.
-¿Si verdad? Ni las fotos que le mandamos, se van a desperdiciar. –contesta Romaia.
Y se dirigieron hacia la pensión como todos los días para hacer sus tareas, pero con la movilidad que les daba el auto decidieron darse una vuelta por la playa, no sin antes avisarle a Adelina por medio de un teléfono público, de que iban a llegar un par de horas tarde.
-Se me antoja una botella de Bacacho.
Dice Pamela refiriéndose a un vino blanco muy popular de la época.
-Ay Pomela, Pomela; ¡Espérate hasta el viernes! Acuérdate que el Queco es bien chismoso, y de volada le dice en ladridos clave a doña Adelina cuando nos detecta aliento alcohólico, y ya nos la sentenció. –dice Romaia.
-Ay Pomaia, Pomaia; Si nos la sentenció fue porque tú te pusiste hasta la madre de ebria, y le tumbaste sus macetas con la Caribe cuando entraste al garaje, no porque el Queco te haya delatado.
-Y Èbrika se vomitó. –dice Romaia apuntándola.
-Esa vez no sé si le molestó más lo de las macetas, o porque fuimos a la mansión de la condesa de Malibrán, pero si volvemos a llegar ebrias o por lo menos con aliento alcohólico, va a hablar con mis papás para que me quiten el carro, así que quítate de antojos y esperémonos hasta el viernes mejor.
Pasaron a dejar a Pamela y las chicas llegaron a la mansión Román sin novedad, ya pasadas las 5 de la tarde, como habían comido algo de cocos y piñas de las que vendían en los puestos de la playa, pues decidieron esperarse hasta la hora de la cena para volver a comer.
La cena era puntual de 8 a 9 de la noche, pero si alguien llegaba tarde pues se podía servir sin problema, pero tenía que lavar los platos de todas, y ya cuando estaban todas reunidas en el amplio comedor; Adelina les dijo.
-¡Espero que no hayan ido a la mansión de la Condesa de Malibrán otra vez! Ya que andaban por esos rumbos.
-¿Cómo cree doña Adelina? ¡Además esa mansión me da miedo! Dicen que usted se sabe muy bien su historia; ¿Podría contárnosla para que sepamos de una vez todas nosotras porque no quiere que vayamos?
-¡Claro que podría pero no! Además; ¿Para qué quieren saber la historia de esa mujer una bola de escuinclas idiotas como ustedes?
-¡Pues para ya no ir! Se cuentan cosas terribles de esa mansión pero nadie sabe la historia como usted. –dice Érika. -¡Ándele que nada le cuesta!
Adelina no tenía ni la más mínima intención de contarles la historia al grupo de colegialas que la escuchaban atentas y ansiosas, pero en ese momento un apagón muy común en aquella ciudad se suscitó, y en lo que encendía los lujosos candeleros con los que esperarían a que regresara la luz, les dijo, ante la insistencia de las colegialas que no tenían nada mejor que hacer en esa ocasión que escuchar un cuento de terror, en lo que se restablecía el servicio eléctrico.
-Si tanto insisten les voy a contar la leyenda, pero al rato no quiero que me estén tocando la puerta porque están oyendo o viendo cosas, me voy a encerrar y voy a hacer como si no existieran.
Las chicas se miraron sobrecogidas ante el macabro ambiente, creado por la luz de las velas en el amplio comedor con la decoración antigua.
-Se cuenta que a principios de siglo XIX, llegó a Veracruz una visitante muy singular que causó curiosidad y admiración; ella llegó acompañada de clase, belleza y lujo, se sabía que era esposa de un Conde español que frecuentemente se ausentaba de casa por prolongados viajes de negocios y asuntos de la corona española; su mansión era la más grande y lujosa del puerto y fue conocida como la mansión de Malibrán y su esposa que se llamaba Blanca Beatriz del Real y Herrera, como: La condesa de Malibrán.
El ambiente se había tornado macabro ante las penumbras de la luz de las velas, y más con los ladridos y aullidos del Queco, que parecía que disfrutaba haciendo más macabro el ambiente en aquella oscura noche, ideal para contar cuentos de terror.
-En ese tiempo al igual que ahora.
-A Veracruz llegaban continuamente embarcaciones de todas partes del mundo, y atraída por esta oportunidad, ante la soledad por la ausencia de su esposo, la condesa de Malibrán se dirigía en su lujoso carruaje hacia los muelles, para buscar en las tabernas a algún visitante que fuera de su agrado y así, invitarlo a su casa para departir con ella, algunas veces sola, y otras en alguna de las fiestas fastuosas que hacía en su mansión, cuando el Conde se encontraba fuera.
-Se dice que las fiestas eran muy animadas, que se invitaba a muchas de las personalidades de la élite de Veracruz y que comúnmente duraban hasta el amanecer, y ya con el Sol saliendo, la gente se retiraba a sus casas en sus lujosos carruajes y algunos eran invitados a sus lujosas habitaciones, así como los esclavos a sus barracas y así, la Condesa podía pasar un tiempo a solas con su acompañante en turno, sin embargo, esa era la última vez que se le volvía a ver al joven, pues pasados los días ya no se volvía a saber nada de él.
-En Veracruz, había una envidiable tranquilidad y sosiego y dentro de esa inmensa quietud, comenzaron los rumores entre la gente, que unas y otras se contaban cosas extrañas que pasaban en la casa de una mujer, que había llegado al puerto acompañada de mucha pompa, lujos, y un título nobiliario que nadie tenía en esos tiempos en la región, fueron los años que dieron principio al siglo XIX, cosas muy extrañas se murmuraban en torno de los habitantes de la población, se hablaba de una bruja que practicaba la magia negra y que habitaba en una humilde choza rodeada de pantanos donde abundaban los cocodrilos y arenales, al frente de aquella choza tenía un horno de tierra y encima una olla de barro que por el calor que recibía, emanaban olores nauseabundos, uno de ellos muy penetrante que al respirarlo causaba náuseas y vómito.
-En la fachada de aquella choza, una puerta construida con pedazos de tablas, ramas y cartones, donde la cabeza de una enorme águila disecada con ojos brillantes como si tuviera vida, la adornaba.
-De la misma puerta de aquella choza a la ventana, tenía enormes tarántulas que parecían juguetear entre sus propias telarañas, ahí mismo se podía ver la cara de un ídolo de tipo infernal con un solo ojo y en la boca, una argolla de oro que le adornaba parte de la barba, esa barba se constituía en una enorme maraña como si fuera una madeja de estambre negra y espesa, junto a ese gran ídolo, una repugnante calavera todavía con residuos de carne podrida y con una peste muy desagradable.
-Decían que aquella bruja siempre que daban las doce de la noche salía a la puerta de su casa, y con los brazos abiertos extendidos hacia el cielo, en la oscuridad más espantosa, con una voz cortada pedía a las fuerzas del mal para que la protegieran y le cumplieran sus peticiones; al mismo Satanás llamaba con gritos estridentes que iban perdiéndose en la espesura de los árboles y de los pinos de la pequeña villa que era Veracruz en esos tiempos.
-La existencia de aquella bruja que vivía en aquellos arenales, llegó a los oídos de la condesa de Malibrán que vestida de n***o, algunas veces y otras de blanco pero siempre con elegancia, comenzó a visitarla porque quería que le conjurara una maldición que decía que en tiempos pasados le había instalado otra bruja de la vieja España, aquella rara y elegante mujer sufría hasta lo increíble, porque aun casada con tiempo suficiente seguía sin poder tener hijos.
-Aunque algunas veces se llegó a pensar que asesinaba a los marineros esa misma noche y los echaba a un viejo pozo con cocodrilos, la verdad es que los mantenía encerrados en las mazmorras de los sótanos de la mansión, custodiados por esclavos de su entera confianza, a donde nadie más que ella podía acceder, donde se acostaba con ellos varias veces, manteniéndolos idiotizados y enamorados con brebajes mágicos que ella misma preparaba, porque su intención era embarazarse y por eso acudía con la bruja del arenal que le enseñó a prepararlos.
-Y al pasar los días y las noches sin lograr su objetivo, cuando le llegaba la fecha de su periodo menstrual y le bajaba la regla, los envenenaba, y era cuando los echaba al viejo pozo con los cocodrilos, para que nadie jamás encontrara ni el más mínimo rastro de los marineros.
Para esto ya las chicas estaban congeladas de miedo, y algo que se cayó en el segundo piso las hizo saltar y gritar.
-¡No yo ya me voy! –dice Belinda Castillo Ruiz, una de las pensionadas. –Ya me dio miedo.
-¡Nosotras vimos las mazmorras donde los encerraba! Tienen rejas y camastros, como si fueran las celdas de una cárcel. –dice Romaia, que aunque también sentía miedo, se veía tranquila.
Belinda intentó abandonar el comedor, pero ante la oscuridad de la mansión Román y los aullidos y ladridos del Queco que no se callaba, decidió volverse a sentar.
-Esa rara mujer nunca se supo de qué provincia de la vieja España llegó a Veracruz. –continuó platicando Adelina. –Sabia la gente que el esposo era un Conde de la corona española y el lugar en donde vivían era una inmensa mansión con tintes de palacio real, en esa vieja construcción, aparte de las lujosas y lúgubres habitaciones que tenía, existía un gigantesco pozo que albergaba en el fondo grandes lagartos que eran alimentados con perros y gatos vivos, carne de res y puerco, así como aves de corral, aquella elegante y hermosa mujer que visitaba a la bruja del arenal era nada menos que la condesa de Malibrán, era conocida así porque su matrimonio con el Conde le daba ese rango, ahí en ese pantanoso lugar rodeado de médanos y nopaleras, tenía su palacio la condesa de Malibrán ésta, repito, era una mujer bella y sumamente hermosa, su nacarada tez hacia contraste con su oscura cabellera, sus ojos del color del azabache despedían miradas desafiantes algunas veces y otras, tiernas y dulces que parecían pedir amor.
-Dándole un toque muy distinguido a su recia personalidad, y a su belleza de muñeca, la cual usaba para atraer a los marineros.
-El esposo por motivos de trabajo abandonaba el hogar por dos o tres meses, mismos que la Condesa aprovechaba para coquetear con los hombres de su agrado, mientras tanto seguía con su obsesión de embarazarse, acudiendo con la bruja del arenal por cada vez más pócimas y seguía llevando jóvenes apuestos a su mansión, se dice que en medio de su locura, llegó a tener a media docena de jóvenes enamorados en sus mazmorras, que gracias a su belleza y sus extrañas pociones de amor que preparaba por litros y litros, no tenían ojos más que para ella y sin intentar huir, ni pedir auxilio, se quedaban tan solo para hacerle el amor las veces que ella quisiera y los eligiera, sin embargo, cada vez que llegaba su periodo menstrual, consideraba que todos ellos eran unos inútiles, y todos juntos eran envenenados y tirados al pozo de los cocodrilos, siendo sustituidos por un nuevo marinero que ella reclutaba en los muelles fácilmente, gracias a su clase, riqueza, sensualidad y belleza.