—¿A dónde crees que me llevas? —Le pregunta Scarlette a gritos mientras intenta llevarle el ritmo.
El hombre la arrastra sin piedad, como si quisiera acabar con ella al caminar. Scarlette no comprende su reacción, en la habitación parecía estar tan complacido con la situación en la que se encuentran que ahora esta nueva reacción la confunde.
Siente que las piernas débiles ante el esfuerzo que viene haciendo por no caer. Es alta pero no tanto como él, así como tampoco tiene la determinación que evidentemente él tiene para querer comerse el camino que los llevará a donde quiera decidió obligarla a acompañarlo.
De pronto se sintió fatigada, la respiración le faltó, entre el calor sofocante y la prisa que su acompañante lleva no le ayuda.
Al no sentirse con fuerzas para avanzar, las piernas de Scarlette perdieron fuerza y casi se desvanece sobre la arena de no ser porque él en seguida percibió que ya no opone resistencia a ser arrastrada, mientras avanza con la mirada al frente siente un peso diferente, y al girar la cabeza comprueba que más bien el peso que ahora siente es porque la chica dejó que su cuerpo sea llevado.
—¿Qué te sucede? —Le pregunta él mientras la toma en brazos para evitar que caiga—. Te dije anoche que no tomarás mas y mira ahora el resultado.
Scarlette aturdida lo observa con la mirada borrosa, se había mareado y solo hasta ahora seda cuneta de ello. La sensación de vértigo fue precedida por un leve dolor de cabeza que quiso ignorar y que ahora la atormenta, así como los rayos del sol la martirizan pese a llevar lentes de sol.
—No…, no…, no es eso —Aduce Adolorida—. Es, es…
Iba a delatarse al confesarle que este malestar no es más que un síntoma de su enfermedad, un aviso a la sentencia que marcó su destino. Scarlette asume que este dolor solo es la forma en la que la vida le recuerda no solo la presencia del maligno en su cerebro, sino también que si bien desea vivir lo que no ha hecho en sus veinticinco años, sí quiere llegar al final de eso dos meses debe tratar de cuidarse. Recuerda que casi es mediodía y no ha probado comida desde la tarde del día anterior. Ni siquiera ha tomado las vitaminas que le prescribió el doctor.
—¿Qué? —Le pregunta el hombre cuyo rostro está a escasos centímetros del de ella mirándola con atención, preocupado y a al esperade que le de una razón que justifique su palidez en medio de tanto sol, cuando mínimo debería estar roja por el pegajoso calor que hace.
—Nada —Le contesta ella, negada a seguir hablando más de lo que se propuso—. Sí e sueltas iré de regreso al hotel.
—¿Sí te suelto? —Cuestiona con la mirada punzante, pero de la preocupación.
La apariencia que Scarlette le muestra es totalmente distinta a la de mujer llena de energía que estuvo en sus brazos la noche anterior, parece enferma, ojerosa, pálida.
—Sííí, que me sueltes te dije —Responde ella sintiéndose agobiada porque en este momento él no la mira con deseo, no con las ganas de devorársela como la noche anterior o como bien quería hacerlo en la mañana.
La expresión de Maxwell es de lastima. Así la percibe ella, y es el efecto que desea causar en las personas cuando la observen. Por esa razón decidió no contarle a más nadie que a Cinthya sobre su enfermedad. Ya bastante tiene con el pesar de restarle de manera consciente días a su vida para tener que lidiar con la compasión de quienes ni se imaginan el infierno que es saberse muerta antes de la llegada de ese momento.
Scarlette advierte que pese a su petición firme, Maxwell hace caso omiso a ello, y en su lugar la toma en brazos como si de una pluma se tratara y comienza avanzar a grandes pasos por la playa hasta llegar a la entrada del hotel donde disminuyó el paso.
—¿Vamos al restaurante o pedimos servicio a la habitación? —Pregunta sin mirarla mientras avanza a la recepción donde está la intercepción hacia los ascensores y hacia el restaurante.
—¿Quién te dijo que quiero comer? Solo deseo que me sueltes —Le pide ella en una actitud que bien sabe la hace pasar por malcriada, sin embargo, al ver herido su orgullo porque él hace caso omiso a su petición poco le importa lo que pueda pensar—. ¿No tenías que irte? Supongo que tus socios o Juliet te están esperando —Le dice ella con intención de recordarle sus obligaciones, pues pareciera que de momento se le olvidó su vida real.
—Ellos pueden esperar —Contesta con apatía intencional.
Sin darle mayor importancia a que la chica se remueve en sus brazos buscando zafarse de su agarre o que él se fastidie por el molesto peso de su cuerpo, apenas las puertas el ascensor se abrieron frente a ellos y el resto de las personas que están esperando, Scarlette advierte que Maxwell con el apoyo de un hombre que presiona el botón de parada del ascensor y le hace seña paraque aborde en tranquilidad, ingresa al interior e indica el piso al que se dirigen, que no es precisamente el de la habitación que ella viene ocupando.
—¿A dónde crees que me llevas? —Le pregunta Scarlette en un susurro al oído y aprieta en su pecho su bolso.
Sí bien desea que la libere, tampoco quiere exponerlo de forma tal que parezca un secuestrador. Él no lo es; al contrario, Maxwell en este momento para la Scarlette paliducha y débil que yace en sus brazos, es el sueño hecho realidad, es la manifestación perfecta de un deseo reprimido. Ver lo preocupado que aparenta estar por ella, no le permite comenzar a gritar como la loca que pudiera ser si de verdad su cuerpo se negara a ser llevado por estos brazos fuertes.
Nada de eso. Siente rabia consigo misma por no sentirse con las fuerzas suficientes para responderle como él bien lo espera, como ella imagina él espera.
Quisiera convertirse en esa mujer hambrienta de deseo que hay en su interior y que no puede sacar pues realmente se siente mal, tanto que después de hacerle la pregunta se vio recostando la cabeza en su hombro.
—A donde debes estar, está visto que no sabes cuidar de ti, parece que te quieres matar —Le responde en el mismo tono de voz que ella le dirigió.
En ese instante se volvieron a abrir las puertas del ascensor y él luego de dar las gracias avanzó por el largo pasillo hasta llegar a la puerta de una habitación. Con manos hábiles sin soltarla tomó la llave magnética de su bolsillo y abrió en cuestión de segundos la puerta, ingresó al interior y luego de cerrar la puerta con uno de sus pies caminó hasta la cama para dejar a Scarlette en el centro de esta y como si esto fuese algo normal, le dio la espalda para tomar el teléfono local y marcar un número. Ella, aturdida, lo observa de reojo mientras él se quita la camisa para quedarse con el torso desnudo mientras ordena una serie de comidas que ella si bien escucha no le presta atención. Débil como se siente, decidió recostarse sobre la almohada para dejar que el aire acondicionado le devuelva parte de la vitalidad que perdió bajo el sol y en los brazos de su cuñado, hoy su amante.
De haberse negado a admitir este último atributo a la extraña relación que ambos tienen, no le queda duda alguna pues en seguida el hombre imponente de metro ochenta e altura se inclinó sobre ella dejándola sorprendida al no solo darle un beso profundo en los labios mientras la toma por las caderas en peso para acostarse en el lugar que ella viene ocupando y acostarla sobre él.
Scarlette con esto volvió a quedarse sin respiración, no por la enfermedad sino por esta forma tan impulsiva e inesperada de actuar de su cuñado.
«¿Qué le sucede?», Pregunta en su mente, pero sin dejar de sentir la deliciosa sensación que provocó en su cuerpo el beso y al percibir la calidez de su cuerpo pegado al de ella que ahora está friolento.
Él, lo percibió y en seguida tomó la cobija que está al lado de ellos y la puso sobre el cuerpo de Scarlette.
—De no haber visto como tomaste anoche todos esos cocteles, pensaría que esta reacción es porque estás enferma —Manifiesta él mientras acaricia su espalda por encima de la cobija.
Un escalofrío estremeció el cuerpo de Scarlette, cerró los ojos ante la sensación, y así se mantuvo por un rato hasta que se escucho un leve toque en la puerta.
Con lentitud, él la hace un lado para dejarla nuevamente en el centro de la cama. Scarlette no se molesta en abrir los ojos para mirarlo, el malestar que siente no le da las fuerzas suficientes para hacerlo. Por ahora prefiere abandonarse en la mullida cama. Rueda su cuerpo para quedar de lado en posición fetal, supone ella dándole la espalda a la puerta y a él mismo.
Ella no percibió en que momento, el recibió l comida, solo supo de ello cuando él se sentó a su lado y la tocó en el abdomen.
—Ven, vamos para que comas algo —Le pide en voz baja.
Hasta este instante es que Scarlette se decide a abrir los ojos, mira al frente y se encuentra con el buró y la única ventana inmensa que hay en la habitación.
—Vamos, no aceptaré una negativa, sé que no has comido nada hoy —Aduce con firmeza, y al ver que la chica no le responde la vuelve a tomar en brazos y como si fuese una muñeca la obliga a sentarse a su lado en el borde de la cama, no sin antes quitarle las sandalias que aun mantiene puestas.
—¿Qué te pasas? No soy de tu propiedad, en casa hay quien si te pertenece, quien te espera, te recuerdo a tu esposa, mi hermana, Juliet —Expresa ella buscando hacerlo entrar en razón.
Pese a sentir tanto deseo de estar con él siempre en este plan de protector y ella la protegida, la mujer que finalmente recibe el cariño y la atención del hombre que siempre ha amado, para sentirse segura de que esto no es un sueño o un engaño de él, decide recordarle el lugar que en realidad, que fuera de esas paredes, incluso de esta isla, ocupan cada uno.
Scarlette advierte que Maxwell la mira frunciendo el ceño y aprieta los labios, como si quisiera decirle algo, lo hace, pero no lo que ella tal vez hubiera esperado al ver la expresión de su rostro cuando le nombró a Juliet.
—Deja de ser tan quisquillosa, vamos a comer —Le dice y como cual niña la voltea hacia él—. Ven, abre la boca, veo que no tienes intención de comer sino morir hoy mismo —Le ordena tajante—. No te quiero muerta, no ahora. Te necesito viva, más vida que anoche. Quiero ver a la Scarlette de anoche, pero sobria.
El brillo verde de sus ojos le demuestra a Scarlette que está disfrutando la situación, soltó una sonrisa pícara para confirmárselo, y alza una cuchara para darle un bocado de la sopa que ella ve está contenida en el plato que reposa en el carrito que ambos tienen al frente.
—Yo no me voy a comer… —Ella comenzaba a protestar y él al interrumpe de repente.
—Te vas a comer todo lo que te dé, aquí no tienes opción de elegir —Declara decidido mirándola directamente a los ojos.
Dado que colocó la cuchara en el borde de su labio, no le quedó si no abrir la boca para recibir la sopa que cuando el líquido hizo contacto con su paladar, Scarlette sintió una explosión no solo ante el sabor, sino que le demostró que Maxwell tenía razón, necesitaba comer y la batalla interna que la acompaña no le permitía tomar en consideración este gran detalle.
Sorbo a sorbo continuó degustando la sopa que él con dedicación se ha encargado de irle dando mientras al observa con atención, mira en sus ojos como si buscara alguna respuesta, algún tesoro oculto.
—¿Viste que necesitabas comer? —Cuestiona él mirándola con regocijo—. El color volvió a tus mejillas —Aduce y le da un pequeño piquete con la yema de sus dedos en la mejilla derecha.
Scarlette extasiada por su sonrisa y la alegría que se desprende de su mirada no puede dejar de mirarlo, no le responde, solo lo mira una y otra vez, deseosa de saber por que razón se mantiene aquí, cuidando de ella que a simple vista para él y cualquier otra persona que no sabe de su enfermedad no es más que una ebria en recuperación.
—¿Por qué haces esto? —Le inquiere ella intrigada—. ¿Por qué mejor no te vas? Lo que tenía que suceder ya pasó. Olvidemos todo y continuemos cada cual por su camino —Le dice ella intentando ser racional mientras él solo la observa comuna sonrisa burlona—. No te burles, créeme, no diré nada de esto. No creo tener tiempo para eso. Con suerte no vivimos en la misma ciudad, eso facilitará las cosas.
—¿Tu crees que la distancia sea suficiente para olvidar lo que aquí ha pasado y lo que está por suceder? —La interpela con mirada acuciosa.
—¿Co…, co…, cómo así? —Cuestiona ella confundida por sus palabras.
Él disfruta de acorralarla, la pone a tartamudear, lo que le indica que la pone nerviosa, y que la entrega de la noche anterior no fue efecto del alcohol, sino de un deseo reprimido. Estira su mano para acariciar el rostro de Scarlette
—Ambos sabemos esto no acaba aquí, y yo no tengo deseos de huir en seguida, ¿Tú sí? —Le pregunta y para dificultarle aun más la respuesta se inclina y le da un lujurioso beso en los labios.
—Yo…, yo…, yo… —Guarda silencio al ver que su forma de actuar le esta dificultando su deseo de salir huyendo, suspira—. De la isla no me voy sino en unos días, estoy de vacaciones.
—No te irás de la isla ni de mí entonces —Asienta firme mientras le levanta los brazos y comienza a quitarle el vestido.
—¿Qué haces? —Pregunta la chica.
—Lo evidente —Responde mientras se inclina para darle besos Enel cuello y en el centro de sus pechos—. Cuidar de ti, agarraste color, pero aun pareces enferma. Creo que te hace falta un toque especial.
—¿Toque especial? —Pregunta ella confundida mientras lucha por no dejarle ver el efecto de sus besos en su piel desnuda.
—Sí —Afirma con voz enronquecida—. Este —Le dice y luego la toma en peso para sentarla sobre sus piernas a modo de dejarla sentir su virilidad punzante mientras besa sus labios con hambre.