Adelaide se siente en el mismo paraíso cuando Benedict se posiciona en su entrepierna y su lengua, lisa y mojada, empieza a moverse entre sus pliegues, estimulando su parte más sensible. Si sigue así por un momento más va a correrse muy pronto. Los gemidos de la joven se vuelven más intensos y llenan la pequeña finca donde se encuentran los amantes. Benedict no está dispuesto a soltarla hasta haberse saciado de ella y así lo hace. Adelaide explota en un profundo éxtasis que la deja temblando incontrolablemente. Él la observa hasta el final sin desacelerar su labor. Ama lo que ve de ella, la manera en que se sacude en sus brazos y se deja llevar por el placer, sus gestos, su boca, sus gemidos, su piel brillante por el sudor, su sabor inundando su boca. Sin poder soportarlo más y antes d

