—¡Dios mío, Elizabeth! ¿¡Te iban a atropellar!? —chilla mi hermana cuando le he contado lo que pasó cuando salí de casa.
—Pero no fue así —digo—, El chico que te dije, me salvó.
—¿Cómo dijiste que se llama?
—Evan.
Mi hermana me dirige hacia un lugar y yo voy tanteando el camino con mi mano derecha, hasta que choca con algo duro, y luego de examinarla me doy cuenta que es una silla. Carol me ayuda a sentarme para que no ponga mi trasero en otra parte y caiga sentada en el suelo.
—¿En qué estabas pensando cuando saliste de la casa? —escucho los pasos de mi hermano acercándose.
—¿Dónde están mis padres? —trato de esquivar la pregunta de Sebastián.
—No me cambies el tema, Elizabeth —dice con voz firme—, ¿Por qué saliste sin avisarnos?
—Quería despegar mi mente —digo después de un rato—, no soportaba estar allí entre esas cuatro paredes.
—Eso no es excusa, Elizabeth. Pudiste avisarnos.
—No quiera hablar con nadie, ni estar con nadie, por eso salí sin avisar.
—Y por tu imprudencia casi te arrolla un auto.
—Sebastián... —la voz de mi hermana Carol llega a mis oídos, y suena como una advertencia hacia Sebastián.
—¿Qué tal si ese chico no hubiese llegado? ¿Qué tal si nadie te hubiera salvado? —la voz de Sebastián sube más y más de tono con cada palabra que dice—, ¡¿Qué tal que ahora en lugar de estar aquí sentada estuvieras en una cama de un hospital?!
—Sebastián, basta... —dice Carol, pero él no se detiene y prosigue.
—¡¿Qué tal si ahora estuviéramos llorando por ti porque tu vida estuviera en peligro?!
—¡Sebastián para ya!
—¡¿Qué tal si hubiera pasado como la vez que tenias esos tumores en la cabeza y por eso quedaste ciega?!
Y la palabra que tanto estaba evitando decir y escuchar parece hacer eco en mi cabeza. Esa palabra que quería alejar muy lejos de mí, aunque con solo verme todo de mí grita esa palabra; ciega.
Y es que parece que con solo mencionarla, toda mi miseria parece volver, y lo peor de todo era que mi hermano era el que me había llamado ciega. Y no lo niego, lo soy, pero todos en esta casa saben lo mucho que a veces me cuesta admitirlo por muy idiota que suena, y también saben que no me gusta escuchar dicha palabra.
Y que mi hermano me llame así, duele más que cualquier cosa, y puedo creer que jamás superaré estar en una inmensa oscuridad, que no sepa la diferencia si es de día o es de noche. Y me da miedo, que pueda olvidar muchas cosas, como los colores, los objetos, o el rostro de mis padres...
—Elizabeth...
Pero sé que debo estar agradecida con la vida por dejarme vivir, y estar aquí presente aún. Y que aunque haya perdido la vista estoy viva, y eso debería ser suficiente para mí. Pero como me gustaría que las cosas hubieran sido de otra manera.
—Elizabeth yo...
Me pongo de pie.
No tengo ganas de llorar, y es lo más raro el día de hoy. Ya que desde que salí del hospital con la noticia desgarradora de que no volvería a ver jamás, había llorado desde ese entonces, claro que nadie puede llorar un día completo sin parar, así que solo eran en pequeños episodios. Ya no comía, y mucho menos me importaba dormir porque, ¿Cuál es la diferencia? Todo lo veía n***o.
Y desde ese día apenas han pasado tres meses.
Comienzo a caminar directo a mi habitación, supongo, por que la verdad no tengo ni la menor idea de a donde me dirijo. Con mi mano voy tanteando el camino, ya qué no sé donde dejé mi bastón, y con cada paso que doy choco con algo hasta que el sonido de algo estrellándose en el suelo y rompiéndose al mismo tiempo en demasiados fragmentos inunda mis oídos.
—¡Oh, no! —exclama Carol—, El jarrón favorito de mamá.
«Mierda.»
Y sin pensarlo tanto me agacho inútilmente para tratar de recoger los pedazos del jarrón y limpiar mi desastre. Arrastro mi mano por el suelo y un ardor se hace presente en mi palma, y luego pequeñas punzadas en mis dedos para sentir un liquido caliente recorriendo mi mano.
—No —una mano toma la mía—, deja eso, yo lo hago.
La voz masculina de mi hermano es la que me habla, y yo no protesto en su respuesta. Luego unas manos más pequeñas y delgadas son posas en ambos lados de mis hombros para levantarme del suelo.
—Ven, Eli —dice Carol con voz dulce— Te voy a curar la mano mientras Sebastián recoge los pedazos del jarrón.
—Mamá va a matarme —digo en cuanto comenzamos a caminar y ella me guía sin alejar sus manos de mis hombros. Una risa corta sale de la garganta de ella.
—No. Hay muchos jarrones iguales. Puede comprar otro.
—No querrá otro igual, ella le tenía un valor sentimental a ese.
—No te preocupes por eso, fue un accidente.
Luego me sienta en una silla para comenzar a trabajar en mi herida, y protesto cuando un liquido —que creo es alcohol— hace contacto con mi herida, luego de limpiarla y poner una crema sobre ella, Carol pone una tela alrededor de esta y dar por terminado la curación de mi mano.
—Listo —dice—, no te preocupes por mojar el vendaje, puedo cambiarlo solo tienes que recordármelo —puedo imaginarla sonriendo.
—Gracias —digo, y una sonrisa amable se dibuja en mis labios.
—¿Qué te parece si salimos al parque? —propone después de un rato—, y así no te sientes tan encerrada aquí.
Asiento.
—¿Donde están nuestros padres? —pregunto.
—Cuando no te encontramos en tu habitación, y ni por ningún lado de la casa salieron a buscarte, pero no te preocupes. Cuando llegaste, inmediatamente les avisamos así que no deben estar lejos de llegar.
No digo nada y solo me limito a asentir aliviada con sus palabras. Y sin más, tira de mi brazo para levantarme de la silla e ir al lugar a donde ella había propuesto hace un momento.
[...]
El sabor cremoso y frío de mi helado de chocolate es bien recibido por mi boca en este instante. Mi hermana Carol guía mi camino sujetándome del brazo izquierdo, y yo por otro lado voy sujetando mi bastón en mi mano derecha tanteando el camino frente a mí.
Hace un rato que estamos sumidas en un silencio desde que salimos de la heladería, pero no es incómodo ni tenso, es más bien relajante. Y me encanta la sensación de la brisa del viento recorrer mi cuerpo.
Por lo que sé, es que ahora Carol y yo nos dirigimos hacia el parque central, hasta que de pronto un cuerpo es impactado contra mi hombro derecho.
—¡Oye, fíjate! —grita mi hermana a la persona que chocó conmigo.
—L-Lo siento —digo en un susurro tímido y avergonzado. Y casi por instinto alzó mi mirada donde creo que está la persona, aunque seguramente ni se encuentre en esa dirección.
—Fíjate tú por donde vas... —y de pronto reconozco esa voz—, Oh, lo siento... —ahora la ironía tiñe su voz—. Olvidé que eres una ciega —trata de resaltar lo más que puede la ultima palabra, y sé, que su intención es tratar de herirme.
—Solo fue un accidente, Alanis —mi hermana trata de sonar tranquila, pero puedo sentir todo su odio hacia ella.
Alanis es una chica que se cree superior a los demás, y no cabe decir que era la popular del antiguo instituto al que yo asistía hace unos meses antes de mi accidente.
Y esta chica comenzó a odiarme cuando unos de los chicos populares, James —Que se supone era su ex— me habló e invitó a salir. Y desde ese momento ella trató de hacerme la vida imposible en el instituto junto a sus amigos, y de seguro el saber que no puedo ver más, solo la pone más feliz que nunca, eso es seguro.
—¿Y cómo va tu vida de ciega, Elizabeth? —ignora el comentario de mi hermana—, ¿Cómo se siente estarlo?
—Alanis... —la voz de mi hermana es una advertencia, que si Alanis no se calla posiblemente vaya a callarla por las malas.
—Puedes tomarle el lado bueno —dice Alanis—, así ya no tienes que ver tu horrible cara de venado aplastado.
—¡Si no te callas de una vez voy a deformar tu cara de mala imitación de barbie dejándola como la de Sherk! —chilla Carol con furia.
—No te tengo miedo —Alanis reta a mi hermana.
—Carol —trato de interponerme entre ellas, pero unas manos se apoyan en mi brazo izquierdo —que mi hermana soltó hace un momento— y me empujan con fuerza lejos de la pelea, y en el acto choco con algo duro pero blando a la vez.
—¡No empujes a mi hermana! —chilla Carol. Y puedo escuchar como comienza Alanis a quejarse por algo, y luego un golpe seco se escucha en el suelo. Trato inútilmente de ir hacia donde seguramente ya se inició una pelea, pero una voz masculina y ronca me interrumpe.
—Elizabeth —la reconozco de inmediato—. ¿Te encuentras bien?
—¿Evan?
—Sí, soy yo —responde en tono cálido y dulce, que casi puedo imaginarlo sonreirme... quizás.
Luego sus grandes manos se posan sobre mis hombros, y siento que comienza a examinarme para asegurarse de que realmente estoy bien.
Y es cierto lo que pensé cuando lo conocí, es como un ángel porque llega en mis momentos difíciles para salvarme.