Capítulo Tres
El sonido de un niño gritando atravesó la noche.
Antes de que William Jefferson tuviera la oportunidad de moverse, su mujer le dio una fuerte palmada en el hombro. "Will, es una de las niñas, ¡oh Dios mío!"
William se cayó de la cama en su prisa por reaccionar a la angustia de su hijo. Se levantó del suelo y, sin molestarse en buscar sus zapatillas o su bata, salió corriendo de la habitación y recorrió el pasillo en dirección a la habitación de su hija.
Al llegar a la puerta, Mitzi apareció desde dentro, frotándose los ojos.
"¿Estás bien, cariño?", le preguntó compasivamente, poniendo las manos sobre sus estrechos hombros.
La chica asintió. "Creo que Jennifer está teniendo una pesadilla; sus gritos me han despertado".
William le revolvió el cabello y se dirigió al final del pasillo, hacia la escalera que llevaba a las habitaciones del ático.
Subió las escaleras de dos en dos, equivocando el paso en la oscuridad y casi cayendo hacia atrás. Alcanzó a agarrarse a la barandilla para sostenerse.
Una vez en el rellano superior, William agarró el picaporte de la habitación de su hija menor y, retorciéndolo, golpeó el hombro contra la madera.
La puerta se negó a ceder.
Confundido, comprobó la cerradura en busca de una llave, pero no había ninguna.
Estaba seguro de que había comprobado antes, por la noche, si había cerraduras que funcionaran en el interior de las habitaciones de las chicas, y no había ninguna. Entonces, ¿qué le impedía entrar?
Golpeó la puerta. "¡Jennifer, soy papá, abre la puerta de inmediato!"
Colocando su oído contra la madera, pudo escuchar el sonido de alguien acercándose a la puerta desde el otro lado. Se retiró un poco, esperando el sonido de una cerradura siendo liberada, o una silla siendo removida contra la manija.
Pero el único sonido que escuchó fue el de su hija menor girando el picaporte y abriendo la puerta.
Sin esperar una explicación, William se apresuró a pasar junto a ella e irrumpió en la habitación, medio esperando ver a alguien más esperando dentro.
Encendió la luz del techo. La habitación estaba vacía. Buscó en los armarios y debajo de la cama, pero no había señales de un intruso. William comprobó el pestillo de la ventana y descubrió que seguía asegurado.
Se volvió hacia la puerta y vio a su mujer consolando a su hija pequeña y a su hija mayor justo detrás de ella.
William volvió a la puerta y se agachó frente a Jennifer.
Aunque se había calmado un poco desde que descubrió que nadie había entrado en la habitación de su hija, su corazón seguía acelerado.
Miró a los ojos de su hija. "Querida, ¿por qué estaba cerrada tu puerta? Papá estaba intentando entrar, ¿no me has oído?".
La niña asintió.
"Entonces, ¿por qué estaba cerrada la puerta?", insistió él.
La niña se encogió de hombros.
"¿De qué estás hablando?" exigió Celia desde atrás. "¿Cómo podía estar cerrada la puerta?". Entró en la habitación y comprobó el interior de la puerta. "No hay cerradura ni llave". Anunció, señalando hacia el picaporte.
"Lo sé", contestó William, desesperado por mantener la ira en su tono. "Pero cuando llegué, no logré conseguir que la puerta se abriera, y tenía todo mi peso contra ella".
Celia comprobó la manilla, moviéndola de un lado a otro como para demostrar que funcionaba correctamente.
Volvió a mirar a su marido. "Bueno, espero que no estés sugiriendo que tu hija de ocho años te estaba impidiendo abrirla con su fuerza superior".
"Por supuesto que no", contestó William, ya sin poder contener su fastidio. "Pero algo había en este lado, debía haber. Si no, ¿por qué no se abriría la estúpida cosa?".
Celia volvió a rodear la puerta.
Mitzi estaba abrazando a su hermana pequeña y meciéndola suavemente de un lado a otro.
Celia se agachó junto a su marido. "Jennifer, querida", comenzó, "¿qué te hizo gritar así? ¿Has visto a alguien en tu habitación?".
La niña miró de un padre a otro y luego asintió.
"¡Oh, Dios mío!", gritó Celia, poniéndose en pie y llevando a su marido con ella. "Había alguien en su habitación. Tenemos que llamar a la policía de inmediato".
"Espera un momento", insistió William. "Si había alguien más aquí, ¿dónde está ahora?"
Celia recorrió la habitación y señaló el gran armario del fondo.
"Lo he comprobado", le aseguró William. "He mirado debajo de la cama, en todos los armarios, y la ventana está cerrada y con pestillo. No había nadie más aquí con ella, debe haber tenido un mal sueño".
Celia se quedó pensando un momento. "Entonces, ¿por qué no pudo abrir la puerta cuando llegó? No hay cerraduras - alguien debe haber estado empujando desde el otro lado".
William le puso una mano en el hombro y la miró a los ojos. "Eso es lo que pensé, por eso le preguntaba por qué no se abría la puerta, porque si alguien había estado aquí dentro, ¿dónde desapareció?".
Celia esperó un momento más. "¿Seguro que has comprobado todos los escondites?".
William soltó un suspiro. "Lo haré todo de nuevo, tú mírame".
Mientras él se dedicaba a su tarea, Celia volvió a prestar atención a su hija menor.
La niña no parecía tener miedo. Al menos, no había signos externos de ello. Sus ojos parecían claros y vivos, sin bordes rojos ni vetas de lágrimas en las mejillas.
Celia decidió intentar otro enfoque. "Jennifer, ¿por qué gritaste tan fuerte? ¿Qué te ha molestado?"
La niña se apoyó en su hermana mayor para obtener respaldo. "Cuando me desperté, la anciana estaba de pie sobre mi cama y me asusté".
William escuchó la explicación de su hija y, tras terminar su última búsqueda en la habitación, se acercó a ellas. "¿Qué es lo que ha dicho?", le preguntó a su mujer.
Celia se volvió hacia él, con profundas líneas de preocupación grabadas en su rostro. "Dijo que había visto a una anciana de pie sobre su cama", repitió.
William se estremeció. "¿Qué?"
Celia le ignoró y volvió a dirigirse a Jennifer. "¿Qué anciana, cariño?", preguntó suavemente. "¿A dónde se fue después de que te despertaras?"
La niña avanzó, acercándose a Celia. Reconfortada por el tono de su madre que mostraba que no estaba en problemas, respondió: "Me dijo que solía vivir aquí, hace mucho tiempo, y que no tenía nada de qué preocuparme: ella iba a mantenerme a salvo".
Celia llevó una de sus manos al pecho.
Respiró profundamente varias veces antes de responder. "¿Y a dónde fue cuando llegó papá?"
Jennifer miró a través de la habitación y señaló hacia la ventana.
William negó con la cabeza. "¿Quieres decir que salió por la ventana?"
Jennifer soltó una risita. "No, papá, ella se acercó a la ventana, luego te oí fuera, y la siguiente vez que miré, ella se había ido".
Celia y William intercambiaron miradas. Ninguno de los dos se sentía cómodo con la explicación de la niña de ocho años, pero, como no había pruebas de que hubiera un intruso, ambos suponían que su hija había sido víctima de una pesadilla, nada más.
Finalmente, Celia sugirió: "Ya sé, ¿por qué no pasas el resto de la noche con Mitzi, ¿eh?". Miró a su hija mayor en busca de confirmación, y ésta sonrió y asintió. Celia se relajó. "Bien, ahora id corriendo las dos, y yo subiré en un momento con un chocolate caliente, para ayudaros a las dos a volver a dormir".
Las dos niñas se abrazaron emocionadas y Mitzi tomó la mano de su hermana pequeña y la condujo de nuevo hacia la escalera, bajando a su habitación.
Una vez que estuvieron fuera del alcance del oído, Celia se volvió hacia su marido. "Esto no presagia nada bueno, ¿verdad? La primera noche en la nueva casa y las niñas ya tienen pesadillas".
William le dedicó una sonrisa tranquilizadora. "Deberíamos haberlo esperado, ahora que lo pienso".
Celia frunció el ceño. "¿Qué quieres decir?"
"Bueno, la primera noche en una casa grande y antigua como ésta. Por no hablar de que es la primera vez que las chicas pasan la noche separadas. Yo mismo no estaba muy seguro de que Jennifer estuviera preparada".
"Bueno, yo tampoco lo estaba", respondió Celia a la defensiva. "Pero ya viste lo emocionadas que estaban las dos cuando llegamos, firmes en que querían sus propias habitaciones. ¿Qué deberíamos haber dicho?"
"Será mejor cuando les dejemos elegir su propia decoración. Las dos son un poco lúgubres, especialmente la habitación de Jennifer".
Celia asintió. "Sospecho que tienes razón. Será mejor que nos ocupemos de eso primero, no quiero más noches como ésta, si puedo evitarlo".
"Una vez que las niñas empiecen el colegio y hagan nuevos amigos, podemos organizar algunas fiestas de pijamas. Todo irá bien", le aseguró.
Al bajar las escaleras, William se sorprendió a sí mismo mordiéndose el labio. Era un hábito molesto al que se entregaba desde la infancia cada vez que estaba nervioso o molesto.
Las cosas no habían salido como él esperaba.
La aparición del espíritu fantasmal al poco tiempo de mudarse le había puesto en una situación muy incómoda. Conociendo a su mujer como la conocía, estaba seguro de que ella no descansaría ahora hasta averiguar qué estaba pasando.
Consideró la posibilidad de confesarle todo a Celia, sólo para terminar con el asunto. Pero entonces supo que ella exigiría saber por qué los había arrastrado a todos a vivir en ese lugar sin al menos divulgar lo que sabía al respecto.
La verdad era que el negocio no era tan estable como él había hecho creer, y la hipoteca de su nueva casa era mucho menor que el alquiler que pagaban en Londres. Por no hablar de que las tasas del nuevo colegio de sus hijas eran una fracción de las que habían pagado hasta ahora.
Pero, ¿cómo podía explicarle a Celia que tenían que apretarse el cinturón?
Ella no se había casado con él precisamente por su dinero, pero esperaba un cierto nivel de vida, que él había prometido proporcionarle.
William oyó el sonido de los pasos de su mujer en el rellano de su habitación.
Cerró los ojos cuando oyó abrirse la puerta y se hizo el dormido.