*NARRA ALISSA* Entramos en la sala de cine y, para nuestra sorpresa, estaba completamente vacía. El aire olía a palomitas recién hechas y alfombra vieja, típico de un cine que lleva años sin renovar nada, pero que conserva cierto encanto nostálgico. Las luces estaban tenues, proyectando sombras largas entre las filas de butacas rojas. Nos acomodamos justo en el centro, la mejor vista. Airan se sentó entre Kenia y yo, como si el asiento le perteneciera por derecho propio. Durante toda la película, su brazo descansó en mi espalda, sus dedos jugando con un mechón de mi cabello, como si no hubiera nadie más en el mundo. Y aunque intentaba concentrarme en la película, cada vez que aparecía un susto yo terminaba apretando su mano con tanta fuerza que probablemente perdiera la circulación. «Pe

