—¡El alfa y la luna han vuelto! —escuché gritar a alguien en cuanto bajamos del coche, ya en el territorio de la manada. Las voces emocionadas se alzaban como una oleada. El ambiente olía a hogar, a tierra húmeda y a brasas recién apagadas. No sabía cuánto había echado de menos ese aroma hasta que lo volví a respirar. Y, sin embargo, sentía que ya no era la misma que se había marchado. Había dejado partes de mí atrás. Partes rotas. —¿Estás bien? —susurró Thiago a mi oído mientras caminábamos juntos, su brazo firmemente rodeando mi cintura como si necesitara tenerme pegada para asegurarse de que no desaparecía. —Estoy bien —respondí en un murmullo, esbozando una pequeña sonrisa que sabía que no le engañaría. No del todo. —¿Segura? —insistió él, con ese tono protector que podía derretir

