FLEURVILLE. Darko giró la moneda de oro en sus manos. Sentado aquella madrugada en el sofá del estudio, dejó que el pasado le atormentara el orgullo y su ego. Las palabras de aquel curandero llegaban a sus oídos como una burla errante de su presuntuosa soberbia. Pudo haber dejado a Derick morir aquel dia, pero no lo hizo. Estaba dispuesto a doblar sus rodillas delante de cualquier salvaje inmundo con tal de que su sangre prevaleciera. Era su único hijo y ver morir a su dinastía era un castigo grande para un hombre de una casa tan poderosa como la Edevane. Cualquiera pudo haber dicho que suplicó por su hijo para salvaguardar su propia imagen y permitirle llegar al futuro, pero la realidad era que hubiera cambiado de lugar con su hijo o dado todos sus bienes con tal de evitarle las penas

