CALEB Volví a la habitación 402 con el cuerpo adolorido y el orgullo herido, pero con la mente más clara que nunca, me detuve un momento frente a la puerta cerrada para limpiarme la sangre del labio con un pañuelo, no quería asustarla más de lo necesario. Al entrar la encontré sentada en la cama, abrazándose las rodillas, temblando, sus ojos, esos ojos color miel que me habían cautivado desde el primer día que la vi en el huerto de mi abuela estaban fijos en la ventana, perdidos en la oscuridad de Nueva York. - Caleb... —susurró al verme, su mirada recorrió mi camisa manchada, mi pómulo hinchado—. Dios mío... ¿qué te hizo? Me acerqué y me senté en la silla al lado de la cama, tomando sus manos heladas entre las mías. - Estoy bien, Meg... —no fue nada, él ya se fue, la seguri

