Catalina se ocultó en el baño, encerrándose en uno de los cubículos intentando inútilmente de arreglar su zapato. Frustrada por no lograrlo, terminó arrancado el tacón del zapato bueno. Al menos, así ambos zapatos se verían igual. Avergonzada por la situación, salió del cubículo y se lavó la cara. —No puedo permitirme unos zapatos nuevos en este momento...—, susurró mientras observaba su propio reflejo. Un suspiro resignado escapó de sus labios y tragándose la vergüenza salió del baño. Grande fue su sorpresa al llegar a su sección de trabajo y encontrar varias cajas con llamativos listones rojos. Caminó lentamente hasta su escritorio, contando las cajas de regalo. ¿Quién había mandado todo eso? Quizás había sido una confusión, pero antes de que pudiera hacer nada, Antonio, el guardaes

