Oliver. Me recosté en la cama, observando a Ágata que estaba profundamente sumergida en el sueño. Quería poder grabarme en la memoria cada rasgo de su rostro, cada curva de su cuerpo, antes de que se marchara por un mes entero. La idea de pasar treinta días sin su presencia física era un aguijón constante en mi pecho. Solo nos quedaría su voz por llamadas y su imagen por videollamada; un sustituto frío para el calor que ella emanaba. Habíamos aprovechado hasta el último minuto. Éramos los cinco que nos quedábamos con Agnese —Arturo, Ángelo, Richard, Raffael y yo—, mientras que los otros hermanos estaban en la suite contigua despidiéndose de Agnese. Nuestras chicas se habían asegurado de que todos tuviéramos nuestro tiempo a solas. Ágata se movió ligeramente, y sus hermosos ojos verdes

