Raffael. —Todos los preparativos están en orden y cada pieza del rompecabezas está en su lugar, jefe. Debo decir que la señorita Agnese hizo un trabajo impecable con la logística —informó Mario, mi jefe de seguridad, mientras ajustaba su auricular. —Por supuesto que lo hizo —respondí, sin apartar la mirada del gran salón—. Por algo es una de mis mujeres. Tiene un instinto natural para el orden, incluso en el caos de este negocio. —Desde luego. Enhorabuena, jefe. Es una mujer excepcional. —Quiero que reúnas a todos los operativos que están de guardia esta noche —ordené con tono gélido y autoritario—. Es momento de presentarles formalmente a las dueñas de esta mansión. Deben entender que, a partir de hoy, ellas son las jefas. Cualquier orden que salga de sus bocas debe ser ejecutada con

