SAMUEL Miro su mano con el anillo y lo miró con la delicadeza que contrastaba con la furia de hace un instante. Lo miró un segundo, y en sus ojos vi cómo se rompía algo que nunca podría repararse. —Lo compraste para ella. Es mas su estilo. Lo dejó caer. El metal golpeó el suelo con un sonido seco, pequeño, definitivo. —Siempre fue ella. Y yo tan estúpida, tan enamorada, tan desesperada por que me quisieras, que me conformé con las migajas que me dabas. —No fue así... —¡Claro que fue así! —gritó, y su voz se rompió del todo—¡Yo solo fui un consuelo! ¡Un premio de consolación porque no podías tener a la que realmente querías! Por eso no querías tocarme. Por eso te costaba tan siquiera mirarme a los ojos. Porque cada vez que me veías, veías lo que no podías tener. Y yo, como una idiota,

