VALERIA El aeropuerto está lleno de gente que va y viene, cada uno con su propia historia, su propio destino. Yo tengo el mío: Cartagena, cuatro meses, un proyecto de restauración que cualquier arquitecto mataría por tener. Y a Damián. —Hija… ¿estás bien? —pregunta papá, que me acompañó a despedirme. —Un poco nerviosa —admito, apretando el pasaporte entre las manos. —Entonces van a casarse —sonríe, con ese humor suyo que siempre intenta aliviar las tensiones. —Tal vez. —Hago una pausa, buscando las palabras correctas—. ¿Sabes? Fui sincera con él. Vamos a empezar de cero, sin apresurarnos. —Es la mejor noticia que he escuchado —dice papá, y sus ojos se humedecen un poco—. Me quedo más tranquilo. —Damián es un hombre bueno, comprensivo… y es muy cariñoso. Papá asiente, pero hay algo

