VALERIA
Se vistió con lentitud deliberada, cada movimiento parecía una despedida. Cuando estuvo listo, no se dirigió a la puerta. Se quedó plantado en medio de la habitación, mirándome. Como un hombre que se aferraba con desesperación silenciosa al territorio recién conquistado.
—Val… —murmuró, y dio un paso hacia mí.
Lo vi venir. El último beso. No fue un movimiento, fue una necesidad magnética que tiró del espacio entre nosotros hasta hacerlo desaparecer. Me incliné y nuestros labios se encontraron en un beso cargado con todo el eco del sexo reciente, un beso que sabía a piel sudorosa y a promesas rotas. Mi lengua encontró la suya con un gemido ahogado, mis manos se aferraron a su cabello, tirando, reclamando. Un fuego desordenado y culpable me consumía por dentro. Él respondió con la misma urgencia, sus manos bajando por mi espalda, palmeando mis glúteos a través de la seda fina, apretándome contra la dura evidencia de que ya no era un niño, sino un hombre plenamente despierto y hambriento.
—Ya vete —logré jadear, rompiendo el beso con un esfuerzo sobrehumano. Mi voz sonaba ronca, usada. Lo empujé suavemente hacia la puerta, mis manos temblando contra su pecho.
Él se resistió, plantándose de nuevo como un muro de calor y testarudez juvenil.
—En verdad —murmuró, su aliento caliente en mi boca—, quisiera que el tiempo retrocediera y pudiéramos estar una vez más en esa cama otra y otra vez.
Un rubor, no de vergüenza sino de excitación pura, me incendió el rostro. Negué con la cabeza, pero mi sonrisa era un delator.
—Eso ya es pasado —logré decir, aunque mi cuerpo lo desmentía—. Y no volverá a pasar.
—Nunca digas nunca —susurró él de manera dulce.
Estaba a punto de contestar, de tal vez cerrar esa distancia de nuevo y rendirme al incendio, cuando la atmósfera cambió.
Una sombra se materializó al final del pasillo, era Damián.
No había ruido. Solo su presencia, fría y densa como el plomo. Estaba allí, apoyado contra el marco de la puerta de su estudio, observándonos. Su hijo, sin camisa, el pelo alborotado por mis manos. Yo, en mi bata de seda que sabía dejaba poco a la imaginación.
—¿Me pierdo de algo? —preguntó. Su voz era un hilo de acero y los músculos de su mandíbula estaban tan tensos que parecían de piedra.
La garganta de Samuel se cerró con un sonido audible. El miedo lo paralizó. Fue entonces cuando yo, alimentada por el fuego interno y por el desafío de esa mirada, di un paso al frente. Me coloqué ligeramente entre ellos, no para proteger a Samuel, sino para enfrentar a Damián.
—No tiene nada de malo conversar fuera de nuestras habitaciones cuando el sueño se niega —dije—. ¿O prefieres, Damián, que lo hagamos dentro de ellas? Sería más… privado.
Damián no apartó la mirada de mí. Un destello de algo salvaje, casi homicida, cruzó sus ojos.
—Voy a mi habitación —farfulló Samuel, rompiendo el hechizo. No nos miró a ninguno. Dio media vuelta y salió a toda prisa, como si el pasillo estuviera en llamas.
Damián lo siguió con la mirada hasta que la puerta de su hijo se cerró. Luego, lentamente, volvió a clavarme sus ojos. Sin una palabra, dio media vuelta y descendió las escaleras hacia el primer piso, su espalda rígida, cada paso resonando con una furia contenida que hacía vibrar los cristales.
Lo seguí. No podía evitarlo. El peligro que emanaba de él era un imán más poderoso que cualquier sensatez.
Se dirige a la cocina, se sirve un whisky, un trago generoso, y lo bebió de un solo golpe. El sonido del hielo al chocar contra el cristal fue violento.
—¿Es este tu juego, Valeria? —Su voz no era un gruñido ahora; era un rugido ahogado, cargado de veneno y de algo que sonaba a dolor—. ¿Jugar a la diosa con mi hijo? ¿Calentarlo, ponerlo en tus manos, solo para clavarme la daga más profunda y después retorcerla? No lo uses. No es un juguete en tu… —Hizo una pausa, tragando saliva como si las palabras le quemaran— …en este fuego enfermizo que estás avivando.
—No he hecho nada —mentí, sosteniendo su mirada, acercándome un paso—. Solo charlábamos, como amigos.
—¡Estabas coqueteando con él! —estalló, bajando la voz a un silbido feroz. Avanzó hacia mí—. Mi hijo, se está interesado en ti. ¿Eso te divierte? ¿Verlo saltar como un cachorro por un poco de tu atención?
—Y eso —dije, cerrando la distancia final hasta que solo centímetros nos separaban— no cambia en nada lo que yo siento por ti, Damián. —Alcé la mano y la deslicé por su pecho, sintiendo el latido desbocado bajo la camisa—. Te amo a ti. Me vuelves loca. Me enloqueces… —mi voz bajó a un susurro ronco— …me excitas como nadie lo ha hecho nunca. Y luego me dejas aquí, ardiendo por ti, mientras me das sermones sobre lo que debo o no hacer.
Él respiró hondo, su pecho se hinchó bajo mi mano.
—Entre nosotros no puede haber nada, Valeria, y lo sabes.
—Es absurdo —protesté. Mi mano subió a su cuello y mis dedos se enredaron en el pelo de su nuca—. El hecho de que te escondas detrás de tu amigo no apagará esto. Nada lo apagará.
—¿Te estás escuchando? —me apartó con brusquedad, pero su mano no se separó de mi brazo. Me tenía atrapada—. ¡Es mi hijo!
—Si tú nunca me vas a tocar —espeté, desafiante con mi cuerpo ardiendo de rabia y deseo—, entonces no debería importarte que Samuel tenga, al menos, la oportunidad de intentarlo.
Sus ojos se dilataron. Vi la lucha interna en ellos: el padre protector, el hombre herido, el animal celoso. Por un instante, creí que me golpearía.
—Te prohíbo que te acerques a él —dijo, y cada palabra era un decreto de hierro.
—Eso —sonreí— lo veremos.