Capitulo 19

1258 Words
SAMUEL Lucas me mira con una mezcla de admiración y ternura. —Sin duda es amor, hermano. —Ojalá ella también lo viera así. —¿Y sabes quién es el otro? —pregunta Lucas, y la pregunta me golpea como un balde de agua fría. —No —respondo, y mi voz se vuelve más grave—. Nunca la he visto con alguien de manera formal. Conozco a sus amigos, a sus colegas del trabajo, y no tengo ni puta idea de quién es el maldito que la tiene loca. —Conocer a tu rival es el primer paso para empezar la lucha —dice Lucas, con una sabiduría que no esperaba—. Debes saber todo de él para poder contraatacar. El timbre suena y lucas va a abrir. —Prepárate Romeo, ya llega tu Julieta. Después de uno minutos la puerta de abre y ahí está ella, con el cabello revuelto por el viento, los ojos llenos de angustia, el pecho subiendo y bajando por la carrera. Simplemente hermosa. —Samuel —dice, y da un paso adelante. Yo no puedo hablar, solo me acerco y la abrazo con todas mis fuerzas, como si ella fuera el último trozo de tierra firme en medio del naufragio. Ella me abraza de vuelta. Fuerte, sin dudar. —Ya estoy aquí—susurra contra mi pecho. Y yo, envuelto en su abrazo, en su calor, en su presencia, rompo a llorar otra vez. Pero esta vez, las lágrimas saben diferente. —Los dejo solo para q hablen— Dice Lucas retirándose. Nos sentamos en el borde de la cama. Tan cerca que puedo sentir el calor de su cuerpo. —Samuel —dice—. Háblame. ¿Qué pasó con tu papá? Y entonces se lo cuento todo. Las palabras salen como un río desbordado, sin orden, sin filtro. Lo del desayuno. Lo de sus preguntas sobre ella. Lo de mis respuestas. Lo de la discusión. Lo de "mediocre", lo de "perdedor", lo de "nunca permitiré que estés con ella". Ella escucha en silencio. Sus ojos se humedecen y sus manos aprietan las mías sin darse cuenta. —Samuel… —susurra cuando termino—.Tú eres increíble, dulce, talentoso, eres de las personas más hermosas que conozco. Lo de tu papá… eso es problema de él. De sus miedos, de sus propias miserias. No tuyo. —Lo que siendo por ti no es error. Te amo Val. Ella calla. Solo un segundo. Pero ese segundo pesa como una tonelada. —Samuel, yo… Corto su palabras con un acercamiento inesperado. —Por favor, no digas nada. Su rostro está a centímetros del mío. Puedo ver cada detalle: la pequeña cicatriz en su ceja, el lunar junto a su labio, la humedad en sus ojos, la forma en que su respiración se agita, acaricio su mejilla. —Samuel… —repite, pero esta vez su voz es diferente. Más débil. Más temblorosa. Busco sus labios con los míos, nuestros labios se encuentran. El beso es suave al principio. Luego, sus labios responden al movimiento de los míos, se vuelve más profundo. Más urgente, más desesperado. Mis manos encuentran su cintura. Las suyas se enredan en mi cabello. El mundo desaparece, solo estamos nosotros navegando en ese mar prohibido. De repente Valeria me aparta y veo a Lucas en el marco de la puerta de la habitación, con dos vasos de limonada en las manos, completamente inmóvil. Sus ojos van de mí a Valeria, de Valeria a mí. Una sonrisa empieza a formarse en sus labios, lenta, pícara, cómplice. —Sigan, sigan —dice, levantando los vasos como si brindara—. Yo solo traía estas limonadas para ofrecerles. Pero ya veo que tienen otras cosas que tomar. —Lucas… —empiezo, sintiendo el calor subirme a las mejillas. Valeria se cubre el rostro con las manos, muerta de vergüenza. —No, no, tranquilos —se ríe, entrando sin prisa y dejando los vasos en la pequeña mesa junto a la cama—. No interrumpan su momento por mí. De verdad, sigan, sigan. —Lucas, por favor —dice Valeria entre risas nerviosas—. Esto es incómodo. —¿Incómodo? —finge sorpresa—. Para nada. Esto es hermoso. Mi mejor amigo, besándose con una mujer hermosa, en mi propia casa. ¿Saben lo que eso significa? —¿Qué? —pregunto, desconfiado. —Que soy como un cupido, pero con mejor estilo —suelta una carcajada—. Ah, y ya que están aquí, y viendo que las cosas se están poniendo interesantes —camina hacia el pequeño armario, abre el cajón de la mesita de noche y saca una cajita que deja sobre la mesa—, aquí hay condones. De varios sabores y diferentes texturas. Por si acaso. La casa es de ustedes. Valeria abre la boca, sin saber qué decir. Yo entierro la cara en mi mano. —Lucas… —¿Qué? —se encoge de hombros, con una sonrisa de oreja a oreja—. Yo soy un amigo responsable, precavido y generoso. Ahora, si me disculpan, voy a desaparecer en mi habitación, voy a poner música bien alta para no escuchar absolutamente nada, y voy a rezar porque esto que está pasando sea tan bonito como parece. —Me guiña un ojo—. Disfruten, hermano. Te lo mereces. —Eres un desgraciado —le digo, pero sonrío. No puedo evitarlo. —Un desgraciado que te quiere —responde desde la puerta—. Y que está feliz de verte feliz. —Mira a Valeria—. Cuídalo, ¿sí? Este corazón es más frágil de lo que aparenta. Y usted —me señala—, pórtese bien. O mal. Como sea, pero con responsabilidad. Y antes de que podamos responder, desaparece por el pasillo. Segundos después, escuchamos el golpe de su puerta y, efectivamente, la música empieza a sonar. Alta. Muy alta. Nos quedamos en silencio, nos miramos y de repente, las dos estallamos en risas. —¡Dios mío! —exclama ella, cubriéndose la cara otra vez—. No puedo creer que nos dejó… —Condones —completo, riendo. Ella sonríe. Y es esa sonrisa suya, la que me mata lentamente, la que me hace olvidar por qué debería ser prudente, por qué debería tener cuidado. La que me recuerda que llevo siete años esperando este momento. De pronto, mis ojos se fijan en la cajita sobre la mesa. Esa maldita cajita que Lucas dejó con toda su intención. —Samuel… —dice ella, siguiendo mi mirada. —¿Qué? —respondo, riendo como un niño descubierto. —Ni lo pienses. —Solo quería saber si tiene tu sabor favorito —me encojo de hombros, fingiendo inocencia. Ella entrecierra los ojos, pero la sonrisa no se borra de su rostro. —¿Y sabes cuál es? —Por supuesto —me acerco lentamente, mi rostro a centímetros del suyo—. Es el chocolate. Sus labios se separan apenas, la respiración se agita. —Luego sigue el fresa —continúo, mi voz bajando a un susurro—. La vainilla… y finalmente los frutales… Termino la frase con mis labios sobre los suyos. El beso es corto pero intenso. Segundos después, me aparta. —Samuel, no me beses así, por favor… —No podemos negar que nos deseamos, Val. Eso es evidente. —No es correcto —murmura, y baja la mirada—. Yo… —Tienes sentimientos por otro —repito, asintiendo—. Pero no lo amas.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD