PVO Alicia. Mi garganta ardía y respirar se me hacía cada vez más difícil. No sólo era por el humo que no dejaba de entrar, sino por los alaridos de auxilio que dí para que alguien de buen corazón se detuviera a ayudarme, pero fue en vano. Nadie vino en mi auxilio, nadie. Me quedé en la cama, atada con unos malditos grilletes de metal, que por más que intenté safarme de ellos, haciéndome heridas incluso, no pude. Estos estaban atados a la cama, imposibilitando mi escape y condenándome a morir quemada en soledad. En ese momento de angustia y ya rendida, recordé momentos nostálgicos en la mansión de los Coleman. Sí, no tenía muchos pero los tenía. Alguna vez, ahí también vivió el hijo de un empleado que tuvo la bendición de obtener una beca de estudios en el extranjero. Aldric. Nunca su

