Y así fue, logré quedarme con el puesto, no supe cómo, pero lo hice.
Han pasado dos años desde ese día y sigo trabajando en algo que realmente me gusta; obtuve un salario digno que me permitió dejar aquel horrible departamento frente a las vías del tren. Así que dejé de despertarme con el ruido de los vagones chirriantes y lo sustituí con uno más simbólico de Nueva York, el arrullador sonido de las sirenas de patrullas, ambulancias y camiones de bomberos transitando cada hora por la avenida cercana.
Logré mudarme al maravilloso Carrol Gardens que siempre admiré, y ahora vivo en un modesto apartamento de sesenta metros cuadrados. Y tan solo un año después de ser contratada, logré ascender a supervisora del equipo de mercadeo, ¿pueden creerlo? Yo, una perdedora de Rhode Island, con un cargo de supervisora en una prometedora empresa de moda en Manhattan.
Y ustedes se preguntarán por qué me considero una perdedora si al final logré conseguir todo lo que quería, y de paso con un sexi, ardiente y estúpidamente apuesto jefe como plus extra.
Pues… Prepárense, porque es aquí donde los pongo en contexto.
Con el tiempo había notado que los últimos días de noviembre siempre fueron fechas claves en la oficina, no solo porque se hacían los ajustes finales para las campañas para Navidad, que junto con las de verano eran las más movidas y caóticas, sino que en esas fechas nos olvidábamos del pavo y todo el asunto de Acción de Gracias y le dábamos la bienvenida a las celebraciones navideñas, que no eran cosa de pasar bajo la mesa ahí en C-Styles, pues mi sexi, ardiente y apuesto jefe era... para decirlo en términos sencillos, un maldito loco de la Navidad, pero algún defecto debía tener el hombre, ¿no?
Y no era que yo odiara la Navidad, por supuesto que no, pero el amor que le tenía Alexander... era un poco extremista. Vamos, que solo le faltaba disfrazarse de duende y obligarnos a alimentarnos de cocoa y galletas de jengibre durante todo el mes.
Era jueves... Treinta de noviembre. Diciembre ya acechaba tras la puerta y todos lo sabíamos; empezaría el mes más largo para algunos de nosotros, y cuando el reloj principal marcó las siete y cuarenta y las puertas del elevador se abrieron... Los vientos de invierno entraron con el sonriente hombre.
—¿Huelen eso, señores? —Todos giramos para ver a Alexander entrar al salón principal con una sonrisa entusiasmada en el rostro—. Ese es el olor de las jugosas ganancias que se nos vienen, gracias a la fantástica campaña navideña que tendremos en Times Square dos noches por semana. —Hizo un gesto victorioso mientras todos los demás rompíamos en aplausos.
—¿En serio conseguimos el espacio? —preguntó Peters, el chico de administración.
—¿Acaso dudas de mis capacidades de negociación, Peter? —le cuestionó Alexander y este negó sonriendo—. Les dije que lo conseguiríamos, así que espero que todos se hayan puesto a trabajar en esas propuestas. —Miró directamente al equipo de marketing, que le dimos un saludo militar como hacíamos usualmente—. ¡Vamos, chicos! Que este será un gran inicio de campaña.
Aplaudió con energía un par de veces antes de desaparecer en su oficina, seguido por Rachel, su asistente.
Se veía feliz, y no era para menos. Tener tan siquiera diez minutos de exposición en Times Square era una locura; que fuesen dos noches por semana, era casi un sueño húmedo y salvaje, aunque no tan húmedo como los que yo solía tener con él, claro.
Alexander Clark se había convertido en el protagonista de todas mis fantasías, no había semana que no soñara con él, y por encima de eso… estaba enamorada de él, casi llegando al patético punto de recortar su cara de las fotografías y hacer fotomontajes de nuestra boda imaginaria.
Descubrí que del imbécil sexista que había creído no había nada; en cambio, era un sujeto carismático y encantador, y me gustaba que no era el típico CEO con aire dominante y mirada penetrante, no… Era como si Nate Sawyer de “Calle Jamaica” cobrara vida y se paseara frente a mi escritorio cada mañana, con algún bonito outfit, deleitándome con esa sonrisa torcida que encendía fuego bajo la lluvia.
—Toc, toc… Tierra llamando a Savannah —sacudí la cabeza y dejé mis ensoñaciones al oír la voz de Larry, el simpático asistente de Emilia, en Recursos Humanos.
—Lo siento, estaba pensando en eso de la campaña en Times Square.
—Seguro —agregó en un bajo tono burlón Mónica, mi compañera de equipo desde el cubículo continuo.
Le lancé una mirada asesina para que se callara y giré otra vez hacia Larry.
—¿Qué se te ofrece?
—Necesito que llenen este volante y lo depositen en la caja sellada que estará junto a la puerta. Aquí tienen que escribir un deseo de Navidad, alguno que les gustaría cumplir este año.
—¿Y esta pendejada para qué es? —preguntó Mónica, haciéndome reír; la chica solía ser demasiado tosca para el look de princesita que tenía.
—¡Mónica! —le reprochó Larry, que era pudoroso en extremo—. Esta es una dinámica que propuso Alexander… Ya saben, para motivarlos en Navidad… Se comprometió a costear lo que pidiera el ganador.
—¿Incluso si pido un viaje a las Bahamas? —Mónica vio el papel incrédula.
—Incluso así… Pero no abusen, y recuerden ponerlo en la caja esta tarde.
El hombre se marchó mientras yo miraba el trozo de papel con atención, preguntándome qué podía pedir.
—Pues creo que yo pediré mi fin de semana en Las Vegas —murmuró ella, inclinándose para escribir.
—Qué afortunada eres. Al menos puedes pedir algo que de verdad quieres. Yo no puedo escribir aquí lo que realmente quiero —me quejé haciendo un puchero.
—¿Y por qué diablos no? Larry dijo que podía ser cualquier cosa, que Alexander lo pagaría.
—Sí, pero el gran deseo que yo quiero que Alexander me cumpla es que me tenga aprisionada contra el colchón, mientras la cabecera de la cama golpea una y otra vez contra la pared, y que me haga gritar tanto que no dejemos dormir a mis vecinos en toda la noche. ¿Cuánto crees que pagará Alexander por eso?
Suspiré de frustración y me dejé caer contra el espaldar de la silla mientras el rostro de Mónica palidecía y sonreía nerviosa.
—Dios, Savannah… Deja de jugar.
—No, pero es que si no juego, sabes que no. Aunque sí dejaría que él jugara conmigo, nada más de imaginarme las cosas que podría hacerme. —Sonreí, risueña, dejando que mi mente se perdiera un rato en aquellas fantasías.
—¡Maldición! —Resopló la mujer—. Savannah… Ya basta.
—¿Pero qué te pasa hoy? Sabes que cuando empiezo a hablar de Alexander, se me nubla todo —dije tras otro suspiro—. ¿Por qué estás tan rara hoy?
—Quizás le incomode hablarlo frente a mí.
Me incorporé de un salto y me quedé de piedra al escuchar la voz grave y burlona de mi jefe a mi espalda. Miré a Mónica, que lucía avergonzada y se cubría la boca con una mano.
Al girarme, me topé con los mismos ojos claros que me hacían suspirar todos los días, pero que hoy no estaban generando más que pánico.
—Alexander… —Me aclaré la garganta al encontrarme afónica—. Hola.
—¿Qué tal, Savannah? —saludó con una mueca divertida—. Venía a traerte estos archivos; son esquemas y propuestas para la campaña de Times Square, quizás te dé algo de inspiración.
—Sí, por supuesto… Gracias. —Tomé la carpeta que me entregaba, sudando un poco al verle acercarse más.
Bajé la cabeza, completamente abochornada, pues aunque él no parecía estar enfadado, y por eso a su espalda estaba Rachel, que no dejaba de mirarme con burla.
—Bueno… ¿No van a ir a la junta?
—Sí, Alexander, ya nos íbamos —aseguró Mónica, poniéndose en movimiento.
Yo le seguí los pasos en silencio y no dejé de morderme las uñas durante toda la junta, siendo apenas consciente de los puntos que se trataron, pero sí llamó mi atención que uno de los anuncios fue que Rachel se retiraba de la empresa por motivos personales, dejando la vacante abierta para su puesto. En otras circunstancias me hubiese postulado sin pensarlo, pero… ¿Cómo podía después del incidente previo a la junta?
Cuando regresé a mi escritorio, aún no salía de mi bochorno. ¿Cómo se suponía que iba a superar algo así? El hombre se estaría riendo de mí cada vez que me viera, o peor aún… ¡Me despediría! Iba a perder el empleo de mis sueños por culpa de mi libido calenturienta y mi lengua sin gobierno.
Bajé la mirada cuando Alexander se acercaba, de camino a su oficina, en un intento de aprovechar su descuido por estar hablando por teléfono y hacerme invisible para que se olvidara de mí lo más rápido posible, pero para mi mala suerte, sin detenerse, Alexander pasó frente a mi escritorio y golpeteó con sus dedos un par de veces. Cuando alcé la mirada, solo pude verle señalar hacia su oficina y seguir caminando.
—¡Maldición! Me echará a la calle.
—Tú pide disculpas, Savannah. Discúlpate y di que solo estabas bromeando. —Me aconsejó Mónica, que lo había visto todo—. Mira, diciembre ya pesa sobre nosotros; él no te va a despedir hoy, pero sí puede hacerlo después, así que asegura tu empleo para el próximo año.
Me levanté y, como si mis pies pesaran toneladas, los arrastré hasta la puerta de su oficina. Me alisé el cabello, acomodé mi chaqueta y entré. Él seguía hablando por teléfono, pero me indicó que me sentara y así estuve por un rato hasta que cortó la llamada. Cuando le vi abrir la boca, levanté una mano e hice un gesto suplicante para que me dejara hablar primero.
—De verdad, lo lamento. Sé que lo que dije fue inapropiado y te juro que no volverá a pasar. Por favor, por favor, por favor... No me despidas.
—No pretendía hacerlo; no serías tú si no dijeras cosas inapropiadas que nos avergüencen a todos. Pero no, no fue para eso para lo que te llamé, Savannah —aseguró él con sonrisa burlona.
—Entonces… ¿Para qué…?
—Quiero que te postules para la vacante que dejará Rachel... Quiero que trabajes junto a mí —anunció dejándome con la mandíbula caída.