De otro lado, su acción de acudir a prevenirle era tan extraordinaria, tan valerosa, que el asombro le privó del habla. En ese momento, y mientras ambos permanecían muy quietos, se escuchó un leve ruido en el dormitorio. Minerva como el Conde supieron de inmediato que se trataba de la puerta, que se estaba abriendo, e instintivamente se quedaron rígidos. El Conde entreabrió las cortinas sólo lo suficiente para poder mirar hacia el interior de la habitación. Entonces vio que de la puerta abierta se había desprendido la sombra de un hombre que avanzaba hacia la cama. Soltó el brazo de Minerva, que permaneció inmóvil, como si fuera de piedra. Minerva sabía que el intruso podía poner fin a la vida del Conde si cualquiera de los dos producía el menor mido. Si les escuchaba, pensó con des

