Silvia Sepúlveda lanzó una mirada de sorpresa por encima del hombro al irrumpir en el gran vestíbulo. Él no la seguía. No sabía si sentirse aliviada o aprensiva. —No pienses en él —una vocecita racional irrumpió de repente en el caos de sus pensamientos—. Solo encuentra una salida. Obedeció. Corriendo hacia las puertas gigantescas, las empujó desesperadamente con las palmas, sabiendo que su única esperanza de escape residía más allá del poderoso obstáculo que representaban. Para su asombro, se abrieron silenciosamente y sin esfuerzo, como si pesaran poco más que una pluma. Silvia las observó abrirse un instante, y luego se precipitó por la abertura. Se encontró de pie en una estructura similar a un pórtico construida con el mismo mármol n***o que el interior del palacio, encerrada en un

