Silvia abrió los ojos de golpe mientras respiraba con dificultad. Le tomó unos instantes acostumbrarse, y cuando lo hizo, estuvo segura de que, de alguna manera, se había perdido en las garras de la imaginación. Porque su mente no reconocía la imagen que tenía ante sí. Miraba fijamente un pesado dosel, elaborado con remolinos de hilo dorado. Silvia entonces se dio cuenta de que yacía sobre algo fresco y suntuosamente suave. Cerró los dedos —pues parecía poseerlos de nuevo— y reconoció la sensación de seda bajo su tacto. Parpadeando rápidamente, Silvia permaneció inmóvil, esperando que la desconocida vista se desvaneciera en cualquier momento. Cuando no lo hizo, y percibió claramente un extraño crujido que emanaba de algún lugar a su alrededor, se incorporó de golpe, tan rápido que la cab

