—Esto es genial —murmuró Silvia con sarcasmo. ¡Qué va! Estaba medio apoyada, medio sentada, contra el capó del coche de Ingrid. Había vuelto a llamar a su madre para contarle su nueva y desafortunada noticia, y esta vez su madre se había puesto furiosa. —Dame la dirección —le había gritado por teléfono. Silvia estaba a punto de llorar cuando Ingrid le arrebató el móvil y se disculpó efusivamente, diciendo que todo era culpa suya y que no estaban seguras de dónde estaban, pero que no importaba porque había llamado a su padre, que ya venía de camino y que no iba a perderla de vista. Silvia frunció el ceño al oír eso. Ya era bastante malo que Ingrid las hubiera dejado varadas sin que su amiga se refiriera a ella como si fuera una niña desobediente. Ahora se quedaron esperando a que el padre

