El resto del día transcurrió a paso de tortuga. Al terminar su última lección, Silvia salió corriendo por las puertas de hierro intrincadamente talladas de la Academia, agradecida de no encontrarse con ninguno de sus amigos por el camino. Se dirigió directamente al Hospital Central de Ciudad plata, donde hacía voluntariado tres horas y media al día, cuatro días a la semana. El paseo la ayudó a calmar su agitación; su ciudad natal era un lugar hermoso, lleno de exuberante vegetación y extensas colinas y montañas. El camino hacia el hospital la llevó por un largo sendero bordeado de árboles en flor en los alrededores. Apenas comenzaban a florecer a principios de la primavera. Desde pequeña, Silvia siempre se había sentido triste cuando los hermosos árboles rosados perdían sus pétalos en invierno. Era una de las muchas razones por las que detestaba la crudeza de la temporada, además de que su cuerpo no toleraba bien el frío.
Respiró hondo, inhalando el aroma terroso que la rodeaba. Siempre le había encantado la naturaleza, y en especial las flores. Los padres de Ingrid tenían una floristería que atendía a las altas esferas de la sociedad. A Silvia le encantaba visitarla los fines de semana, y ella e Ingrid habían confeccionado sus propios ramos exóticos en muchas ocasiones. Pensar en su mejor amiga la hizo entristecer de nuevo. A veces, la rubia podía ser tan desconsiderada y egoísta.
Silvia salió del sendero. El gran hospital se alzaba imponente al otro lado de la calle, frente a ella. Al cruzar las puertas giratorias, dejó atrás la universidad y sus amigos mandones. El mundo de la medicina era su mundo; el tiempo parecía volar cuando estaba en el hospital, ayudando a los pacientes a recuperar la salud. Le producía una alegría indescriptible presenciar la recuperación completa de un enfermo y una gran tristeza cuando no lo lograba. Pero la muerte, al igual que la vida, formaba parte integral de la profesión a la que deseaba dedicarse en el futuro. Solo esperaba que algún día pudiera endurecer su corazón.
Tras pasar su pase de visitante autorizado en la recepción y saludar a los recepcionistas, Silvia revisó la lista de voluntarios. Encontró su nombre en el Ala Amarilla, el Centro Gastrointestinal. Junto al ala estaba el nombre del m*****o del personal al que estaba siguiendo: un médico de pelo canoso y gafas llamado Kabuto Yakushi. Era solo siete años mayor que Silvia y más educado que todos los demás médicos a los que había seguido; al menos se tomaba el tiempo de explicarle las cosas. Pero también poseía un humor seco y le hacía muchas preguntas sobre sí misma, lo que a veces la hacía sentir incómoda en su presencia. Nunca lograba decidir si solo estaba siendo amable o entrometido. Esperaba que no se metiera demasiado ese día.
Mientras se dirigía a la sala, fue recibida por muchos rostros sonrientes. El personal y los pacientes del hospital la conocían. Después de todo, era hija de su madre. Hizo una breve parada en el vestuario femenino, donde se cambió los vaqueros y la camiseta roja por un uniforme médico verde menta, se recogió el pelo y guardó sus objetos de valor bajo llave, antes de salir para empezar a trabajar esa noche.
~*~
Llegó a casa exactamente a las nueve menos cuarto. Hacía rato que el sol se había puesto, y se sintió aliviada de salir de la oscuridad. Como siempre, estaba sola. Su madre trabajaba turnos desorbitados en el hospital; a veces Silvia no la veía durante días seguidos, salvo breves intercambios cuando ayudaba en el hospital. La echaba muchísimo de menos, y aunque hacían todo lo posible por charlar un rato por teléfono, no era lo mismo que pasar tiempo juntas. A Silvia le preocupaba a menudo que su madre se dejara la piel trabajando, que solo parara cuando enfermara y se desplomara. Por suerte, nada de eso había sucedido aún, y Silvia se maravillaba de la inagotable energía que parecía poseer su madre. Además, siempre lucía fabulosa. Era como si el cansancio de los turnos de veinticuatro horas nunca se reflejara en su hermoso rostro.
Silvia se dirigió directamente a la ducha, donde se detuvo a contemplar su reflejo en el espejo ovalado que había sobre el lavabo. Una joven de cabello pálido color rosa coral y grandes ojos verde manzana, enmarcados por largas pestañas oscuras, la observaba fijamente. No había heredado ni un solo rasgo de su madre. Eran completamente distintas. Silvia había tenido rasgos extraños de niña: una frente ancha que, afortunadamente, por gracia de la naturaleza, había desarrollado, y una nariz pequeña y respingada que seguía siendo prácticamente la misma. Se soltó el pelo de la goma, observando cómo caía en cascada hasta sus codos en suaves y sedosas ondas, y se preguntó si sería guapa. Un pensamiento que cualquier chica tenía al examinarse escrupulosamente en el espejo.
Ciertamente nunca había visto a nadie con su color de pelo —un milagro de la naturaleza, decía siempre su madre—, pero ¿era atractiva? Sabía que no era deslumbrante como Ingrid. Todavía se sentía como una niña pequeña cuando caminaba a la sombra de su mejor amiga. Ingrid era una sirena sensual y seductora. Los chicos se habían peleado y habían salido heridos por ella antes, incluso algunos que eran varios años mayores. Ingrid se deleitaba con la atención y el poder que sus encantos femeninos exigían, y Silvia lo encontraba demasiado deprimente para presenciarlo. Su madre sobreprotectora había ahuyentado a los pocos chicos que se habían presentado en su puerta con flores e invitaciones al cine. Silvia arrugó la nariz con tristeza, y la chica al otro lado del cristal hizo lo mismo. No podía ser ni de lejos lo suficientemente bonita si nadie más que Roberto la había invitado a acompañarlos al Festival de Primavera.
Se apartó de su reflejo con un suspiro de descontento, se quitó la ropa y se metió en la relajante ducha caliente.
~*~
Una hora después, con el pelo seco, el cuerpo hidratado y completamente llena gracias a la comida que su madre le había dejado en la nevera la noche anterior, Silvia estaba sentada en el escritorio de su habitación, reescribiendo sus apuntes de Química. Su dormitorio siempre había sido un refugio: el elegante papel pintado era lavanda y crema, y los muebles y la decoración habían sido seleccionados especialmente para complementar la bonita paleta de colores. Ositos de peluche que nunca se había atrevido a tirar desde la infancia estaban despatarrados sobre la cama. Sus cortinas lavanda estaban corridas sobre una ventana abierta; la única fuente de luz provenía de la lámpara de escritorio de vitral de aspecto antiguo a su derecha. La música fluía de su portátil, distrayéndola de las angustiosas escenas que había presenciado en el hospital.
El crescendo del coro fue interrumpido por el timbre de su celular. Silvia buscó su teléfono sin apartar la vista de la frase que estaba terminando, y logró agarrarlo al tercer intento. Se lo llevó a los ojos y frunció el ceño ligeramente. Ingrid. Esperaba otra llamada, pero no estaba segura de querer contestar. Si no lo hacía, Ingrid la molestaría todo el día siguiente. Suspirando derrotada, aceptó la llamada, llevándose el teléfono a la oreja derecha.
—¿Sí?
—¿Cuál es tu problema? —preguntó la voz de Ingrid desde el otro lado de la línea—. ¿Maté a alguno de tus pacientes o algo así? ¿Por qué no has contestado mis llamadas?
—Estaba en el hospital —respondió Silvia, tragando saliva con dificultad. Como si fuera una reflexión posterior, añadió lo que tanto se había esforzado por no pensar—: —Y uno de mis pacientes se está muriendo.
—Tú... ah... —Ingrid se detuvo bruscamente. Luego dijo, mucho más bajo—: —Lo siento.