Joaco estalló de felicidad cuando finalmente, después que todos se fueran y quedamos solos, pude darle su regalo. Su expresión al mirar la remera autografiada por su cantante favorito, era como la de nene chiquito, desde la sonrisa extensa hasta los ojos luminosos y el agradecimiento excesivo de abrazos y besos que me dejaron tan excitada, que lo tuve que persuadir para que esperara, ya que quería cumplir con su último deseo de ponerme el conjunto de lencería que compramos en Miami. Estaba cansada y conmocionada, pero desbordada por la alegría de que todo saliera bien, su familia y amigos no dejaron de decirme que todo estaba buenísimo, desde la comida hasta la torta que encargué para que cantarle el feliz cumpleaños, y lo principal es que se sintieron cómodos como yo con ellos, al punto

