La mañana llegó con un aire pesado. Michell apenas había dormido. Cada vez que cerraba los ojos volvía a ver el auto acelerando hacia ella. El sonido del motor. Los faros. El golpe que casi ocurre. Se levantó antes de que saliera el sol. La casa aún estaba en silencio. Bajó lentamente las escaleras, tratando de no despertar a los niños. Pero cuando llegó a la cocina encontró a alguien más allí. Octavio. Estaba apoyado en el mesón, revisando unos documentos mientras bebía café. —Buenos días —dijo con voz tranquila. Michell lo miró sorprendida. —¿No dormiste? Octavio levantó la vista. —Un poco. —Pareces alguien que pasó la noche trabajando. —Porque lo hice. Michell se acercó lentamente. —¿Descubriste algo? Octavio cerró la carpeta. —Sí. La palabra hizo que el corazón d

