Después del caos de la piscina.
Matt se frotó el cabello aún húmedo, tratando de quitarse el sonido del agua, las risas de Eva, la mirada punzante de Kendall, las palabras del patriarca que habían caído sobre él como una sentencia.
Al fin estaba solo.
O al menos, eso pensaba.
Mientras esperaba que Eva terminara de ducharse, se quitó la camiseta buscando un respiro… cuando algo mínimo, casi imperceptible, cambió el aire.
Un movimiento bajo la puerta.
Un sobre n***o.
Metido con una precisión quirúrgica.
Perfectamente alineado, como si quien lo dejó hubiera calculado incluso la inclinación de la madera.
Matt parpadeó, incrédulo.
Se agachó para tomarlo… pero justo al rozar el papel escuchó un sonido en el pasillo.
Abrió la puerta de inmediato.
Al fondo del corredor, una sombra.
Alta, rápida, yendo en dirección contraria.
Matt salió casi corriendo, pero la figura se esfumó entre las esquinas y las incontables puertas de la mansión.
Era como perseguir humo, absurdo, inútil, desesperante.
No había forma de saber quién era ni hacia dónde había ido.
Con el corazón acelerado, regresó a la habitación.
Cerró la puerta.
Miró el sobre como si ardiera.
El estómago se le encogió.
Sabía que no era casualidad.
La nota estaba escrita a mano, y al verlo algo en él se quebró por dentro.
¿Qué clase de enfermedad es esta? ¿Por qué me arrastran a su juego? ¿Qué quieren de mí? ¿Por qué no me dejan en paz? pensó con una mezcla brutal de ira y miedo que le apretó el pecho.
“Ve al salón este.
Tercer piso.
Habitación 22.
Entra y métete en el armario.
No preguntes. Obedece.
O el video de Kendall y tú rodará como pelota en la cancha.”
Matt sintió cómo se le helaban las manos.
Un sudor frío recorrió su espalda.
¿Qué carajo quieren ahora? pensó, tragando saliva.
El pulso le martillaba en las sienes.
No tuvo opción.
O, más bien, tenía una sola.
Metió la hoja en el bolsillo y salió al pasillo, cuidando cada paso como si el suelo pudiera delatarlo.
Pasó frente a cuadros antiguos, lámparas de cristal, alfombras gruesas donde cada paso quedaba sofocado. Le pareció que las paredes respiraban. Que los espejos lo observaban.
Tercer piso.
Habitación 22.
El corazón le latía en la garganta.
Cuando llegó, la puerta estaba entreabierta.
Como si lo esperaran.
Entró.
El olor a incienso suave llenaba el aire.
La habitación era amplia, con muebles antiguos, tonos carmesíes, cortinas pesadas, lámparas con luz ámbar, todo era demasiado teatral, demasiado preparado.
Y en la esquina…
Un armario de madera oscura.
Con rendijas verticales.
Perfectas para mirar sin ser visto.
La orden retumbó en su mente.
Métete dentro.
Respiró profundo.
Abrió la puerta del armario.
Había suficiente espacio para él… apenas.
La madera vibró levemente al contacto, como si el armario respirara con él. El espacio era tan estrecho que sus hombros rozaban los paneles laterales.
El aire estaba caliente, aplastado, viciado.
Sintió una gota de sudor recorrerle la espalda y quedarse atrapada entre la piel y la madera fría.
¿Qué demonios es esto? ¿Quién está detrás?
Pensamientos atropellados, como un enjambre dentro del cráneo.
Pasaron unos segundos que parecieron minutos.
Y entonces…
La puerta de la habitación se abrió.
Matt contuvo el aire.
Entró una mujer.
Antes incluso de que su figura se definiera por completo, una risa suave casi un susurro con perfume llenó el aire, seguida de un movimiento lento de su mano acomodándose el cabello detrás de la oreja, como si se preparara para un espectáculo que solo ella conocía.
Olivia.
Con una bata de seda blanca, suelta, casi flotando tras ella.
El cabello recogido en un moño imperfecto, húmedo por la piscina.
Su piel brillaba como si la luz la favoreciera por deporte.
Cerró la puerta.
Se dirigió al tocador.
Dejó la copa de vino que llevaba en la mano.
Se sirvió otra.
Música suave comenzó a sonar desde un antiguo parlante escondido entre los muebles.
Y luego…
Soltó la bata.
La seda cayó al suelo como un susurro.
Matt sintió un golpe en el pecho.
Era imposible no reaccionar.
Imposible no mirar.
Olivia estaba desnuda bajo la luz cálida, su piel aceitosa, su respiración lenta. Se estiró como una criatura que se sabe observada, aunque no lo sepa.
Se recostó en un diván.
Alzó una pierna y cerró los ojos.
El aire se volvió más pesado.
Más íntimo y por supuesto más prohibido.
Matt sintió cómo su cuerpo respondía contra su propia voluntad. Intentó controlar la respiración, pero cada movimiento de ella era un incendio silencioso.
¿Por qué aquí? ¿Por qué yo?
Olivia mojó la yema de los dedos en la champaña, los levantó como si bendijera el aire, y luego los deslizó por sus pezones hasta endurecerlos.
Cerró los ojos.
Su espalda se arqueó y su mano descendió entre sus muslos con la seguridad de quien sabe exactamente cómo provocarse.
Comenzó a acariciarse el clítoris en círculos suaves, cargados de intención.
Un suspiro escapó de sus labios, cálido, lento, como un himno profano.
Matt, desde el armario, sintió cómo su erección palpitaba con fuerza.
La necesidad de entrar en aquella humedad visible lo dejó sin aire.
Pero algo lo detenía. ¿Y si Olivia no era cómplice, sino rehén? ¿Otra marioneta en el juego?
Se obligó a no moverse.
A no pensar.
Solo a mirar.
Olivia subió la apuesta.
Introdujo dos dedos dentro de sí con naturalidad casi obscena.
Primero lento.
Luego rápido.
Luego más.
La música suave disimulaba el jadeo, el roce y la brutalidad deliciosa de su entrega.
Mordiéndose el bikini para ahogar un grito, su cuerpo entero se sacudió en espasmos.
Se retorció.
Los ojos en blanco.
Los pies enredados.
Un orgasmo como latigazo le cruzó el alma y el vientre.
Matt estaba al borde.
A punto de irrumpir, de mostrarle su cuerpo erecto, de rogarle que lo ayudara, que lo salvara, que lo incendiara.
Pero justo cuando la idea se volvía impulso…
La puerta volvió a abrirse. De golpe.
Alexandra irrumpió como una tormenta, empujando la puerta con tanta fuerza que golpeó la pared detrás de ella. Su tacón resonó contra el piso como un disparo de advertencia, y su mirada helada cortó la habitación en dos.