Capítulo 16 POV Jessica

1148 Words
Todo era blanco. Un blanco absoluto, insoportable. No había suelo, ni cielo, ni sombra que ofreciera descanso a la vista. Solo esa luz omnipresente, infinita, como si el mundo hubiera sido tragado por una nada radiante y cruel. Estaba de pie. O al menos eso creía. Porque no sentía el suelo bajo mis pies, ni el peso real de mi cuerpo. Solo el vacío. Y a mi lado, Ares. Tenía los ojos cerrados, las cejas fruncidas y los brazos extendidos hacia los lados como si sostuviera un peso invisible. De sus palmas brotaba una energía oscura, espesa como humo, que giraba lentamente a su alrededor formando una cúpula apenas perceptible. —¿Qué estás haciendo? —pregunté con voz apenas audible. —Sosteniendo una barrera —respondió sin mirarme—. Si la bajo... este lugar nos destruira. Me quedé en silencio. Porque, aunque mi mente aún intentaba entender dónde estábamos, mi instinto ya conocía la respuesta: estábamos atrapados. —¿Qué es este lugar? Ares respiró hondo. Abrió los ojos y me miró, como si le doliera tener que responder. —Lo llaman el Círculo del Dolor Eterno. El nombre cayó como plomo. Lo sentí hundirse en mi estómago. —¿Eso es... el infierno? Él negó, despacio. —No. Este lugar es más artificial pero aun así terrible. Está hecho para contener almas. Criaturas sobrenaturales demasiado peligrosas para ser destruidas, pero que no pueden ser liberadas. La luz se me volvió más insoportable. Di un paso atrás. —¿Quién construiría algo así? —El Príncipe Oscuro. Hijo de los reyes vampiros. Hace más de tres mil años. —¿Para qué construí un infierno artificial? —Para encerrar a una bruja maldita. Una sola. Pero con el tiempo... se volvió prisión para muchos. Lo llaman el basurero de las criaturas sobrenaturales. Su voz no tembló, pero percibí una sombra en su mirada. Ares no estaba solo hablando de historia. Había estado cerca de esto antes. —¿Y cómo salimos? —pregunté con un nudo en la garganta. —Estoy pensando. Lo miré, incrédula. —¿"Pensando"? ¿Estamos atrapados en una prisión infernal para seres sobrenaturales y tú estás pensando? —Estoy protegiéndonos —me respondió con frialdad, los ojos brillando oscuros—. No me desafíes, Jessica. Apreté los labios. Quise decir algo, pero me contuve. El silencio cayó de nuevo. Tenso. Doloroso. Hasta que él lo rompió, con una pregunta que no esperaba. —¿Te acostaste con Derek? Me giré hacia él, con furia. —¿Qué? —Derek. El alfa de tu antigua manada el que nos tendió una trampa y nos mandó a este lugar. ¿Te acostaste con él? —¿Por qué me estás preguntando eso ahora? No respondió. Solo me miró, como si la respuesta fuera lo único que importara. —¡Claro que no! —espeté—. ¿De verdad piensas eso de mí? ¡Somos compañeros predestinados por la Diosa! —Entonces, ¿por qué te ayudó? —Porque quería impedir que tú trajeras de vuelta mis recuerdos —dije entre dientes—. ¿No era evidente? Él avanzó un paso. —¿Te tocó? —¡Lo sabrías si lo hubiera hecho, me marcaste lo recuerdas! —grité, y mi voz rebotó en la nada blanca como un eco sin fin. Me di la vuelta. No podía soportar esa mirada más. Esa mezcla de celos, posesión y... algo más oscuro. No me habló durante varios minutos. Luego escuché su voz, baja, pero firme. —Vamos. Debemos recorrer este lugar. —Dijiste que no tiene salida. —Se rumora que una vez existió una fisura. La sellaron con magia oscura. Si la encuentro, podré intentar romperla. No dije nada. Solo comencé a caminar a su lado. Y entonces entendí lo que significaba estar en el Círculo del Dolor Eterno. Pasamos por celdas blancas. No había barrotes, ni puertas, solo hendiduras en la luz. Y dentro, horrores. Un lobo sin rostro que intentaba aullar sin voz. Un vampiro con la piel fundida a su esqueleto, sangrando eternamente por la boca. Espíritus que flotaban en círculos, atrapados en sí mismos. Ninguno nos veía. Tal vez por la barrera. O tal vez porque ya no eran conscientes. Y entonces llegamos a ellas. Tres figuras flotaban en una celda más grande. Brujas. Cubiertas por gasas blancas, sus cabellos largos y sueltos, sus ojos vendados. Sus cuerpos no tocaban el suelo. No se movían... pero respiraban. No sé por qué, pero el terror me invadió. Un miedo ancestral, frío, húmedo. Me paralizó. Ares lo sintió. Me rodeó con su brazo, atrayéndome hacia él. —Te protegeré —dijo suavemente—. No temas. He encontrado el lugar. Sus palabras no calmaron al cien mi corazón, pero me obligaron a seguir caminando. Hasta que nos detuvimos frente a una pared que era igual a todas las demás. Blanca. Lisa. Infinita. —Aquí fue —murmuró. —¿Cómo lo sabes? —La magia oscura deja cicatrices. Puedo sentirlas. Ares colocó la mano sobre la pared y empezó a recitar en una lengua que jamás había oído. Símbolos comenzaron a flotar en el aire. Letras negras, que se contorsionaban como gusanos. El muro vibró. Y luego... se rasgó. Grietas oscuras emergieron, abriéndose como heridas sangrantes. —¡Ares! —grité al ver cómo sus ojos comenzaban a sangrar. De sus oídos también brotaban hilos negros. Su cuerpo temblaba. Cayó de rodillas, pero no dejó de conjurar. Su voz era ahora un rugido gutural que parecía venir desde sus entrañas. Me arrodillé junto a él. —¡Basta! ¡Detente! ¡Te estás destruyendo! No me escuchaba. Y entonces... la sentí. Una de las brujas. Su cabeza giró levemente. Aunque sus ojos seguían vendados, yo sabía que me estaba mirando. Sentí que algo me tocaba por dentro, una garra helada que apretaba mi pecho. —¡Ares! Él reaccionó. Me sujetó con fuerza. Su agarre era desesperado, como si pudiera perderme en un parpadeo. —¡No la mires! ¡Agárrate de mí! Una luz emergió de la grieta. No era blanca. Era... abrumadora. Era una implosión. Un grito. Un lamento milenario atrapado en el tiempo que, al liberarse, desgarraba el aire mismo. Nos envolvió. El calor golpeó primero. Después el silencio. No uno cualquiera, sino uno que pesaba, que aplastaba los sentidos. Sentí que el cuerpo de Ares me cubría, su brazo rodeándome, su magia envolviéndonos como un último escudo, vibrando con cada segundo que pasaba, debilitándose, pero aun resistiendo. —Estamos juntos —murmuró con la voz quebrada—. No temas. Sus palabras eran un ancla. Cerré los ojos, temblando. Me aferré a él como si pudiera hundirme en su pecho y desaparecer del mundo. Y el Círculo del Dolor Eterno desapareció en un destello. Un estallido sin sonido. Un adiós sin aviso. Y luego… nada.
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