Capítulo 14 POV Ares

879 Words
Lo sentí como un relámpago desgarrando mi alma. Cuando adquirió su forma de loba sin mí, sacudió el vínculo con una fuerza que me cortó la respiración. La marca ardió, como si alguien la estuviera reescribiendo con fuego. El lazo vibró. La conexión viva, palpitante, dolía como una herida abierta en mitad del pecho. No fue una aparición suave. No fue un impulso inocente. Fue una decisión. Un corte. Una fuga. Una traición disfrazada de libertad. Jessica. Despertó a su loba en mitad de la noche y se adentró en el bosque como si no perteneciera a nada. Como si no me debiera ni una mirada. Al principio, me forcé a creer que solo necesitaba espacio. Que quizás su loba simplemente quería sentir el rocío sobre el pelaje, correr sin reglas, fundirse con la noche. Me mentí. A mí mismo. Como tantas otras veces desde que mi amada renació. Pero cuando se acercó al límite de la propiedad y vi las chispas mágicas crepitar en la línea de protección, como un último susurro de advertencia, lo entendí. Estaba huyendo. Intentaba escapar de mí. De nosotros. Del destino que se había escrito sobre nuestras almas mucho antes de que el tiempo tuviera nombre. La bestia dentro de mí rugió. No por rabia. No esta vez. Rugió por traición. Por vacío. Por desesperación. ¿Cómo se puede huir de lo que vive bajo la piel? ¿De aquello que late al unísono con tu corazón? ¿Cómo puede alguien pretender olvidar lo que fue tatuado con sangre, sudor y eternidad? No lo entendía. Y no quería entenderlo. Corrí tras ella como una tormenta viva. Mis zancadas destrozaban el suelo. Las raíces temblaban bajo mis pies. El barro se aferraba a mis piernas como si el bosque intentara frenarme, como si supiera que lo que estaba a punto de hacerme era irreversible. El viento traía su aroma. Ese perfume a luna, a magia antigua, a algo perdido que creí enterrado siglos atrás. Y que ahora volvía no como una promesa... sino como una condena. Cada zancada era un grito. Cada rama rota bajo mis botas, una súplica muda. No por perdón. Nunca he pedido perdón. No por redención. Ya no creo en ella. Solo por verla una vez más. Jessica no era Eleanor. Y sin embargo… lo era. Porque yo lo recordaba todo. Cómo la sujeté por última vez mientras su cuerpo se deshacía entre mis brazos. Cómo prometí que la encontraría. Cómo vi los siglos devorar reinos, cómo el mundo giró sobre sí mismo una y otra vez… mientras yo seguía inmóvil, petrificado, esperando una chispa de ella. Y ahora que volvió a mí, ahora que el universo me la devolvía con un nuevo rostro y otro nombre, ella se atrevía a huir. A negarme. A fingir que no éramos destino, que no éramos sangre compartida a través de vidas distintas. La vi a lo lejos, entre los árboles, bajo la lluvia que caía como cuchillas. Su figura recortada por el fulgor de un relámpago. Su cuerpo tembloroso, su pelaje empapado, su energía palpitando como un eco desbocado bajo la carne. No miraba atrás. No se detenía. Y yo tampoco grité su nombre. No merecía que lo hiciera. Mi pecho se llenaba de un dolor ancestral, tan antiguo como la primera vez que la perdí. No era dolor del presente. Era el eco de todos los siglos que viví sin ella. ¿Qué derecho tengo yo a reclamarla? ¿Qué derecho me queda para pedirle que recuerde? Quizá ninguno. Porque nunca fui justo. Nunca fui noble. Nunca fui bueno. Soy un monstruo. Uno forjado en guerras, en pactos rotos, en manos ensangrentadas. Uno que aprendió a sobrevivir sin alma, solo por la promesa de volver a verla algún día. Ella fue mi única redención. Mi único silencio. Mi única paz. Y ahora su rechazo me devolvía al abismo del que creí haber escapado. A la oscuridad. A la bestia sin nombre. Al lobo que no protege… sino que devora. Jessica cruzó la línea del territorio sin mirar atrás. La magia se rompió con su paso. Y mi lobo enloqueció. Se lanzó contra la barrera como un demente, aullando de rabia. De pérdida. De hambre. Arañó la tierra. Mordió el aire. Gimió como si le arrancaran la mitad del alma. Y yo… Yo no crucé. No aún. Mis garras se clavaron en el barro, mis hombros temblaban por todo lo que no podía gritarle. Por todo lo que no podía forzar a recordar. Porque aunque la necesitaba más que al aire… no podía imponerle el pasado. No podía hacerla amarme como una vez lo hizo. No cuando ni siquiera sé si aún soy digno de su amor. Allí, en la lluvia, bajo un cielo desgarrado por relámpagos, la vi desaparecer entre la niebla. Y lo supe. Si no la traía de vuelta… esta sería la segunda vez que perdía a mi compañera. Jessica aún no recordaba lo que fuimos. Pero su alma… me pertenece. Y tarde o temprano, el pasado la alcanzará. El dolor. El deseo. La eternidad. Yo la alcanzaré. Y cuando la abrace de nuevo… ni los dioses, ni el tiempo, ni la muerte osarán separarnos. Porque esta vez… no pienso soltarla. Aunque tenga que arder el mundo para retenerla.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD