Capítulo 13

2105 Words
Elara sintió una mano fría en su mejilla que la hizo despertar enseguida. Abrió los ojos y se levantó de golpe, se enredó entre la sábana que tenía en el cuerpo, su corazón palpitaba muy rápido y vio alrededor. No sabía dónde se encontraba, ni qué era lo que estaba sucediendo. —Lo siento —murmuró Damon. Fue cuando ella se dio cuenta que él se encontraba en el suelo a su lado, miró alrededor, la mesa, los sillones, la decoración gótica. —¿Dónde estamos? —preguntó Elara. Pensó que probablemente los vampiros ya la habían llevado a un calabozo y peor aún, llevaron a Damon con ella. Elara estaba acostumbrada a esa vida, así que no le importaba mucho, pero que Damon tuviera el mismo destino, sería devastador. —En la segunda sala del palacio —contestó Damon —. El tío Steven mencionó que te quedaste dormida aquí y me quedé a cuidarte. Es peligroso no dormir en tu habitación, no deberías hacerlo —mencionó —. Lamento haberte tocado, solo quería saber si estabas bien. Elara relajó su cuerpo mientras recordaba lo que había sucedido. Estaba en su habitación cuando Darius llegó, la llevó a su oficina para probar si sabía de reinos hasta que le gritó que los lobos eran asesinos despiadados, Elara iba hacia su habitación cuando se encontró con Steven y fue así como terminó en esta sala. —Está bien —contestó a Damon —. Pero tienes la mano muy fría. ¿Es normal? —Tú eres muy cálida —comentó el niño —. Podía ver algo de humo salir de tu boca, por eso me preocupé y quise saber si estabas bien. Elara miró alrededor, ahora que lo sentía el lugar estaba muy frío. —Es que este lugar es muy frío y seguramente es mi temperatura corporal, aunque no creo que haya sido tanto —mencionó. Incluso ella misma se sorprendió que estuviera sacando aire caliente de su cuerpo, no era una loba como para tener altas temperaturas, aunque ella apenas tenía conocimiento de la mitad de su sangre, los lobos. —Eso yo no lo sé —encogió los hombros despreocupado. —¿No sientes frío? —dudó Elara. —No lo siento porque mi cuerpo no funciona a base de la termorregulación biológica como un ser humano, según mi maestro de ciencias. —No necesitas el calor, ¿por qué? —Somos seres sobrenaturales —intentó explicar para que Elara lo comprendiera —. Mira, somos como un cuerpo conservado, somos no vivos, por eso necesitamos la sangre que ingerimos en nuestra energía vital. No vivos… eso sonaba desconcertantes para Elara. Tenía muchas preguntas sobre eso, pero se dio cuenta que para Damon era un tema incómodo, seguramente no le gustaba que le dijeran que era un No vivo, hasta ella estaba ofendida por el término, así que decidió dejarlo. —Sabes, creo que debería ir a mi habitación. —¿No tienes hambre? —preguntó Damon —. Te guarde la comida de ayer. —¿Qué? —Después de que papá saliera, regresé a la sala y vi la comida, una de las sirvientas estaba a punto de tirarla así que tomé la cesta y la lleve a mi dormitorio, la tengo por allá. Si tienes hambre te la puedo dar, yo no puedo comerlo, sabes. —Lo sé —sonrió Elara. —Está bien, voy contigo. A diferencia de su padre, Damon era un niño bueno y amable. Elara se preguntó si Darius en algún momento llegó a ser así. Damon caminó delante de ella por el pasillo iluminado tenuemente. Aunque era de día, el castillo estaba vestido de sombras; las gruesas cortinas negras impedían que la luz dañina del sol entrara. Solo lámparas antiguas marcaban el camino con un brillo amarillento. Elara lo observaba avanzar con pasos ligeros, casi silenciosos, como si flotara. Aún sentía algo de frío, pero ya no sentía miedo. Damon, a pesar de ser vampiro, irradiaba una calidez emocional que ella no había conocido jamás entre los de su especie. Está vez, Elara prestó más atención a los detalles, a las cosas sobre la mesa, a la pared oscura con estrellas, no era casualidad cada dibujo. Ella había leído sobre las constelaciones y astros, así que conocía un poco del tema, lo que más llamó su atención fue la cama. —¿No duermes… aquí? —preguntó con curiosidad. Damon negó con la cabeza. —No duermo en ninguna parte. Los vampiros no dormimos. — respondió tranquilo, pero al ver su reacción, añadió—. Pero no te preocupes. Estoy acostumbrado. Elara apretó los labios. No sabía por qué, pero esa frase le dolió. Damon caminó hacia un armario, lo abrió y sacó una cesta cubierta con una manta. —Aquí está —anunció con orgullo—. Es lo que dejaste sobre la mesa. Elara destapó la cesta. Había pan, un trozo de carne fría y una fruta que apenas se había marchitado. Nada de eso le importó. El gesto que Damon había tenido hacia ella, valía más que cualquier banquete. —Gracias, Damon. Esto… esto es muy amable. Él bajó la mirada, algo avergonzado. —No quería que te quedaras sin comer. Y como los vampiros no necesitamos comida, pensé que tal vez… tú sí. Ella tomó el pan y dio un pequeño bocado. Se sentía incómoda de comer frente a él, pero él la observaba con una fascinación inocente, como si verla comer fuera un evento extraordinario. —¿No tienes sueño después de estar despierto toda la noche? —preguntó Elara mientras masticaba. —No —respondió el niño con naturalidad—. Nunca tengo sueño. Mi cuerpo no funciona así. Pero tú sí lo tienes, deberías descansar más. Elara sonrió con suavidad. —Lo siento. —¿Por qué pides perdón? —frunció el ceño, confundido—. Es raro disculparse por ser como eres. Ella se quedó en silencio. La frase la atravesó como una flecha. Ser como era… algo que toda su vida había sido un inconveniente para los demás. Damon se sentó en el suelo frente a ella, cruzando las piernas. —¿Qué se siente dormir? —preguntó de repente, con los ojos verdes muy abiertos—. Siempre lo he querido imaginar. Elara dejó el pan y pensó un momento. —Pues… es como… cerrar los ojos y dejar que el cuerpo descanse. Como si te desconectaras un poco del mundo. A veces sueñas cosas bonitas, otras veces no recuerdas nada. Pero cuando despiertas, te sientes… ligero, como si recargaras tus energías. Damon la escuchaba con fascinación absoluta. —Debe ser bonito. —Lo es —asintió ella—. Es como tener un pequeño refugio. —Un refugio —repitió él —. No me gustan los refugios —confesó —. Como este palacio, es grande pero nunca he podido salir. —¿Por qué no sales? —Papá dice que afuera es peligroso por tantos lobos, por eso no puedo salir, pero dime, ¿Cómo es afuera? —¿Afuera? —repitio Elara sorprendida por su pregunta. —Sí —Damon apretó las manos—. Nunca he salido del castillo. Solo veo lo que hay entre estas paredes. ¿Cómo es el bosque? ¿Cómo es el viento? ¿Cómo es el sol cuando no hace daño? Elara tragó saliva. ¿Qué se supone que debería responder? Ella tampoco sabía como era afuera, había pasado su vida en esa habitación, solo rodeada de cuatro paredes, un poco de comida de vez en cuando y un libro. No podía mentirle, no a él. —Damon… —suspiró —. Si te cuento algo, ¿prometes guardarlo en secreto? Los ojos del niño brillaron. —Lo prometo. —Alzó la mano como si hiciera un juramento solemne—. No le diré a nadie. Ni a papá. Ni al tío Steven. Elara lo miró. Él era un niño, pero era un niño con honor. Lo sabía. —Está bien, gracias. —Tomó un poco de aire para seguir adelante —. Mi vida allá afuera… no es como todos creen. Yo no… —Agachó la cabeza, luchando por encontrar palabras—. Yo no crecí en una gran casa ni libre en la manada. No tuve privilegios. Ni paseos. Ni educación como dije. Damon abrió los ojos sorprendido. —¿Entonces…? —Mi padre se enamoró de una sirvienta —confesó Elara, con la voz temblorosa—. Y nací yo. Pero las leyes de los lobos no permiten que un alfa tenga un hijo con alguien inferior. Mi madre… fue castigada. —Se detuvo, respirando con dificultad—. Y yo fui encerrada. En una habitación. Toda mi vida. Damon no movió un solo músculo. —¿Encerrada? —susurró. —Sí. Estuve rodeada de cuatro paredes por casi veinte años. Nunca fui parte de la manada. Nunca fui libre. Solo tenía una ventana pequeña por donde podía ver un pedacito del cielo y escuchar un poco los sonidos del exterior . —Sus ojos comenzaron a llenarse de lágrimas que intentó reprimir —. Mara, una sirvienta, me ayudaba cuando podía. Ella me cuidaba, me llevaba la comida y a veces entre su falda escondía un libro, es así como sé tanto, pero… No terminó. No podía. Damon parecía procesar cada palabra, había algo nuevo en su interior que aún no comprendía y aunque no entendiera del todo las cosas, sabía que lo que estaba contando Elara no era correcto. —Elara… —murmuró—. Eso es… eso es horrible. Ella negó con suavidad. —No lo digas. Yo acepté mi vida porque no conocía otra cosa. Y a veces pienso que estaba mejor en esa habitación porque al menos ahí era solo yo. Pero ahora… ahora tengo miedo de todo esto. De no saber cómo comportarme. De ser un problema. Damon tragó saliva, profundamente afectado. Luego, con una voz apenas audible comentó. —Creo que… tú y yo somos parecidos. Elara lo miró, confundida. —¿Parecidos? —No puedo salir del castillo —explicó él, bajando la vista—. No puedo ver el bosque ni el sol ni el mundo. Mi madre… —su voz se quebró—. Bueno, yo sí tenía a mi mamá, hasta hace unos años, aún la recuerdo, sabes —comentó —. Aunque a papá no le gusta que la mencione mucho, se molesta desde esa noche, cuando se la llevaron. —Se la llevaron. —Sí, fue en un día muy soleado, normalmente nos quedamos en las casas cuando el sol está demasiado alto, mi padre había salido por unos asuntos y mi madre me dejó en mi dormitorio, luego se fue a la sala a tejer. La sala donde tú dormiste ayer, ahí fue la última vez que la vimos antes de que se la llevarán. Elara lo observó con atención mientras el niño describía la escena. Él lo contaba con una tranquilidad, pero ella sentía el pecho apretado. —Ese día —continuó el niño—. Ella estaba ahí. Yo no la vi salir. Escuché ruido y luego todos los sirvientes gritaron. Me fui con ella porque sabía dónde estaba, pero cuando corrí… ella ya no estaba. Un lobo la había tomado y se la llevó. Nunca la volvimos a ver. Elara sintió que el corazón se le hacía pedazos. —Damon… —Por eso me quedé contigo ayer —dijo él en un murmullo—. No quería que… que tú también desaparecieras. Elara sintió dolor profundo, aunque Damon parecía realmente tranquilo contando esa historia como si fuera de alguien más, ella se sintió demasiado identificada. Tuvo la necesidad de abrazarlo, tocarlo y hacerle saber que ella estaría ahí para ella. Pero no sabía si era lo correcto. Decidió tomarle la mano, era fría o tal vez la de ella demasiado cálida, pero fue suave, cuidadosa y respetando su espacio. —Damon, yo no voy a irme sin avisarte. No voy a desaparecer. Te lo prometo. Los ojos del niño fueron directo a sus manos, su madre, solía tomarlo en brazos y estaba claro que eso ya no volvería a pasar, podía sentirlo en su interior, habia tristeza aunque no pudiera demostrarla. —¿Lo juras? —preguntó él. —Lo juro. Siempre estaré para ti cuando me necesites. Damon asintió, respirando hondo. Por primera vez, Elara vio algo en él que no tenía que ver con la sangre ni con la naturaleza vampírica. Era solo un niño herido… como ella lo había sido.
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