Elara apenas tuvo tiempo de reaccionar cuando Darius le levantó la voz. Ella retrocedió de inmediato, como si hubiese recibido un golpe, aunque él no la había tocado. La dureza en su mirada, la frialdad de su voz y el desprecio con el que había pronunciado sus palabras fueron suficientes para quebrarla.
Intentó disculparse por los de su propia especie y eso fue aún peor para Darius. Definitivamente fue la respuesta errónea.
—Vuelve a tu habitación —ordenó él—. No quiero verte esta noche.
Las palabras quedaron suspendidas en el aire como una sentencia. Elara asintió, incapaz de hablar, y salió casi corriendo de la oficina. Las lágrimas que había estado conteniendo comenzaron a acumularse peligrosamente en sus ojos mientras caminaba por el largo pasillo hasta las escaleras. Sentía el pecho arder, una presión dolorosa en la garganta y ese temblor que anunciaba que estaba a punto de romperse. Intentaba contenerlo lo más posible, pero estaba ahí a punto de salir como una explosión.
No debería afectarme tanto… pensó… No debería llorar aquí… donde todos podrían verme.
Eso iba a ser aún peor, ya tenía bien ganado el odio de todos los vampiros, pero si la veían hacer una escena, un escándalo definitivamente terminaría peor y es posible que el camino fuera el mismo que en la manada.
Encerrada en una habitación estrecha sin ventanas. Sin volver a nadie y aquí, ni siquiera estaba Mara.
Intentaba no pensar en nada, solo en centrarse hasta llegar a su habitación, aunque era inútil, recordaba el encierro, el miedo constante, la autoexigencia de no fallar o sería castigada, las miradas de los demás como si fuera un error. De esa misma forma la veía Darius, un error, un peligro, una intrusa.
Y ahora tenía un sentimiento peor… la culpa.
Él se lo había dicho de frente. Que por culpa de lobos como ella, familias vampiras habían perdido sus hogares. Que él ahora tenía que reparar lo que los suyos habían destruido.
Elara finalmente llegó a las escaleras y empezó a subir, pero la vista la tenía nublada por las lágrimas que intentaba contener.
Entonces tuvo que detenerse porque no veía bien, tenía que tranquilizarse, aún le faltaba medio camino para llegar a su dormitorio.
Estaba por seguir cuando Steven apareció,
Ahí, a medio camino de las escaleras, se topó con Steven. Se acercó apenas un paso, lo suficiente para verla bien, pero manteniendo la distancia prudente porque sabía que ella era una híbrida y la sangre humana en sus venas seguía causando cierto efecto en los vampiros, así que tenía cuidado de no estar muy cerca.
—Elara —dijo con voz baja pero firme—. ¿Qué ocurre?
Ella negó con la cabeza, incapaz de responder. Intentó rodearlo, pero Steven extendió un brazo para bloquear el paso, sin tocarla.
—Dime quién te hizo llorar.
La pregunta, pronunciada con calma, fue la gota que derramó el vaso. Las lágrimas que había estado conteniendo comenzaron a deslizarse por sus mejillas. Ella llevó una mano a su rostro, tratando de ocultarse, pero Steven la vio temblar.
Sacó un pañuelo de su bolsillo y se lo ofreció.
—Tómalo —pidió suavemente—. Nadie más te verá así, te lo prometo.
Elara lo tomó con manos temblorosas. Lloraba en silencio, con pequeños sollozos que parecían más profundos por su intento desesperado de no hacer ruido.
Steven miró hacia ambos lados del pasillo. Si un vampiro del palacio los veía así, podría malinterpretarlo. Aunque fuera un simple sirviente podría extender rumores sobre la nueva Reina. Empezar a rumorar debilidad, humanidad… o algo peor.
—Acompáñame —Le tocó el hombro pero manteniendo su distancia —. Hay un salón cerca. Estará vacío a estas horas.
Ella dudó por unos segundos, pero terminó asintiendo.
Steven caminó hacía un pasillo, Elara caminó a su lado, entendió que él no quería que se le acercará, seguramente la veía igual de mal que los demás, pero al menos le ofrecía un poco de consuelo con su pañuelo y dándole un poco de tiempo para calmarse. Seguramente él la odiaba igual que Darius.
Entraron al gran salón del ala este: un lugar silencioso, iluminado solo por la luz tenue de los candelabros altos. Los ventanales dejaban entrar un rastro de la luna.
Elara se sentó en un sofá, abrazando el pañuelo como si fuese una armadura frágil. Steven permaneció de pie, cruzado de brazos, observándola con preocupación genuina.
—Voy a preguntarte algo —comenzó midiendo cada palabra—. Contéstame con un gesto si no puedes hablar. ¿Está bien?
Ella asintió, respirando entrecortadamente.
—¿Te lastimó algún sirviente?
Negó con la cabeza.
—¿Fue alguien de afuera? ¿Entraron a tu dormitorio? ¿Alguien te asustó?
Otra negación.
Steven entrecerró los ojos.
—¿Un invitado?
Elara volvió a negar… pero su respiración se aceleró. Volvían esos pensamientos terribles y empezando a alterarse otra vez.
Hubo un silencio pesado.
—¿Fue…? —Steven tragó saliva—. ¿Fue Darius?
Elara bajó la mirada. Sus dedos apretaron el pañuelo con fuerza. No emitió sonido alguno… pero todo su cuerpo tembló.
Eso fue suficiente para confirmar lo que Steven pensaba.
Sintió un nudo subirle por la garganta. Estaba acostumbrado a lidiar con decisiones políticas, protocolos, negociaciones. Pero que su hermano hubiera lastimado a alguien, especialmente a Elara que ahora estaba llorando en el sofá, prácticamente destrozada y desconsolada, no lo podía controlar, estaba molesto.
Darius… ¿Qué hiciste? Se suponía que íbamos a protegerla, no asustarla, pensó.
Dio dos pasos hacia ella, pero se detuvo de golpe. Cualquier contacto, incluso estar demasiado cerca podía empezar a sentir su sangre, había visto a su hermano como se puso al estar demasiado cerca, apenas le dio tiempo mantener la cordura y solo fue porque odiaba a los lobos.
Así que, Steven simplemente se inclinó un poco.
—No debiste pasar por eso —murmuró—. Lo resolveré.
Elara intentó responder, pero las palabras no le salieron. En vez de eso, ya se encontraba recostada sobre el sofá, sus ojos se cerraron lentamente. El cansancio, la emoción acumulada y el estrés comenzaron a pasar factura.
Steven notó cómo su respiración se hacía más lenta. En cuestión de segundos, Elara se quedó profundamente dormida soltando un profundo suspiro.
—Estabas agotada… —susurró él.
La cubrió con una manta ligera que estaba doblada en el siguiente sofá, intentó acomodarla sin acercarse demasiado. Elara era un poco extraña cuando dormía, Steven podía escuchar a su corazón que seguía latiendo demasiado rápido, la vio abrir un poco los labios y soltar suspiros de la nada. No pasó mucho tiempo antes de que saliera del salón y empezar a cerrar la puerta para dejarla descansar en ese lugar.
Justo entonces, Damon apareció en el pasillo.
El niño ladeó la cabeza, sorprendido al verlo ahí.
—Tío… ¿has visto a Elara? —preguntó —No está en su dormitorio y seguí su aroma hasta aquí.
Steven dudó por un instante. No debería involucrarlo… Darius había sido claro. Pero Damon era diferente, noble, respetuoso, tan parecido a su madre.
—Sí —respondió finalmente—. Se sintió mal y está descansando en el salón.
Damon frunció el ceño. Comenzó a caminar sin esperar permiso, y Steven lo siguió. Al entrar, ambos vieron a Elara dormida, con el rostro aún húmedo por las lágrimas.
Damon se quedó completamente quieto. Sus ojos verdes se agrandaron, se veía tan diferente dormida, no había conocido a nadie como Elara y cada vez le parecía tan interesante.
Entonces él y Steven dieron un leve salto cuando escucharon a Elara dejar escapar un sonido lastimero, casi como un gemido ahogado, se movió un poco, pensaron que se había despertado, pero no era así. Ella seguía durmiendo.
Se relajaron al ver que no volvió a moverse.
—¿Qué… fue eso? —dudó Damon.
—No lo sé —respondió Steven, sin apartar la vista de Elara—. Ella se sentía mal, seguro se sigue sintiendo así… solo que… en sus sueños.
Ni él comprendía exactamente lo que sucedía, había conocido a algunos lobos y las otras especies, pero no había convivido lo suficiente con ellos como para saber lo que sucedía.
Damon caminó lentamente hacia ella. No la tocó; solo observó la forma en que dormía, la tensión en su mandíbula, el ceño fruncido incluso en sueños.
—Debemos irnos —mencionó su tío observando que se estaba acercando demasiado.
—Quiero quedarme —respondió el niño.
Steven abrió los ojos con incredulidad.
—Damon, no es necesario. Podemos cerrar la puerta, ella estará bien aquí.
—Se la pueden llevar, justo como pasó con mi madre —interrumpió el príncipe, con una voz dura, cargada de recuerdos—. No voy a permitir que suceda lo mismo con ella.
Steven lo observó durante un largo rato. Había una determinación inquebrantable en él. Y una sombra profunda, la marca de un trauma que nunca había sanado.
Finalmente, asintió.
—Está bien. Quédate. Yo hablaré con tu padre.
Cuando salió del salón, cerró la puerta con suavidad. El sonido resonó en el pasillo silencioso mientras avanzaba directo a la oficina de Darius.
Steven no planeaba hablar calmado. Sentía la molestia agitando sus entrañas y no pensaba mantener la calma antes de llegar. Su hermano no se merecía una benevolencia.
Golpeó la puerta con fuerza. No espero a que Darius abiera, él mismo lo hizo. Darius se encontraba moviendo unos libros cuando vio a su hermano entrar.
—¿Qué quieres ahora?
—¿Qué hiciste? —espetó Steven.
Darius entornó los ojos sabiendo perfectamente que se refería a Elara, esa maldita loba había ido a quejarse con su hermano. No esperaba menos de alguien tan infantil.
—No hice nada. Solo le dije la verdad.
—¿La verdad? —Steven casi rió—. Se supone que tienes un plan, que debemos le íbamos a enseñar y proteger hasta la presentación del consejo y ahora que vengo está llorando y temblando en las escaleras.
Darius cruzó los brazos.
—No estoy aquí para consolarla. Es una mentirosa, dijo que era una Luna hija del Alfa y que había tenido la mejor educación cuando solo es una híbrida. Así que le dije lo que los lobos han hecho, ni siquiera fue para tanto.
—¡Darius! —Steven dio un paso adelante—. Se supone que haríamos una fachada de cooperación. Que la trataríamos como reina hasta la reunión ancestral. Eres tú quien dijo que si la gente piensa que es débil, podríamos perder la guerra antes de tiempo. Necesitas recordar ese plan o vas a perderlo todo.
El rey apretó la mandíbula irritado.
—No tienes idea… Steven. Por supuesto que quiero llevar el plan a cabo, pero esa hibrida es una mentirosa y si es capaz de mentirnos, también puede traicionarnos y jodernos la existencia.
—Aunque mienta, ¡No tenemos opción! ¡No puedes tratarla como un animal! —Steven respiró hondo—. Mira está bien que no te lleves con ella, pero tampoco le grites, lo vamos a arreglar, ayer hable con Claire sobre lo que sucede. Ella quiere ayudarla. Así que vine a pedirte permiso para que entre al palacio y pueda apoyar a Elara, tal vez una amiga le vendría bien y Sally no está así que al menos Claire puede apoyarla.
Darius cerró los ojos por un instante, cansado.
—¿Claire? —preguntó, como si no terminara de creerlo—. ¿Y qué haría aquí exactamente?
—Lo que tú dijiste que necesitábamos: cercanía, apariencia de paz, una figura amable para que el consejo y los lobos principalmente no sospechen nada.
Hubo un silencio tenso. Darius finalmente suspiró. Su hermana seguramente estaría encantada con la llegada de Elara a la casa, ella se llevaba bien con todas las especies, por eso era la principal mediadora y ahora se encontraba en el territorio de los Elfos, pero no llegaría en varios días, así que su siguiente opción es su cuñada que tampoco le ha terminado de caer bien.
—Está bien. Que entre. Haz lo que quieras.
Steven parpadeó, sorprendido por lo rápido que había cedido.
Darius no sonaba amable, ni convencido. Más bien quería que la discusión terminara. Y lo antes posible.
—Gracias, hermano —expresó Steven, aunque no sonó del todo satisfecho.
—Y tú —añadió Darius, acercándose a él con el ceño fruncido—. No vuelvas a cuestionarme frente a nadie. Mantén tus emociones bajo control. Tenemos un plan que seguir.
Steven asintió. Pero al alejarse, no pudo evitar pensar:
¿Qué plan seguiremos, si ni tú mismo puedes controlar lo que sientes por ella… aunque sea odio?