Elara tardó más de lo habitual en sentirse tranquila dentro de aquella habitación nueva. Era demasiado amplia, ostentosa y lujosa. Además, tenía una ventana al exterior donde podía ver todo cómodamente, no tenía que subirse a ningún lugar para apenas ver el cielo. Está vez era diferente.
Se había preparado para dormir casi por inercia. Trenzó su cabello, dejó doblado el vestido que le habían dado y se puso el camisón blanco, sencillo, de tela suave. Después se sentó en el borde de la cama, mirando hacia la ventana. La luna estaba alta, luminosa, casi como una hermana que intentara acompañarla en esa noche extraña.
Esa tarde, Darius había llegado a la sala donde estaba comiendo, la sacó tan rápido causándole todas esas emociones que fue hasta dos horas después que estaba en su dormitorio que se dio cuenta que no se había traído el cesto de comida.
Suspiró dejandose caer en la cama con los brazos extendidos.
—Solo espero que mañana me traigan un poco más —se quejó.
Elara se sintió tonta por no haberse llevado la cesta, pero era demasiado tarde para salir a buscarla. Y aunque hubiese sido temprano… jamás se atrevería a caminar sola en un palacio de vampiros. Ya se había dado cuenta que no era bienvenida.
Se acercó a la ventana. El cielo estaba completamente oscuro. Las estrellas parecían clavadas con agujas sobre un terciopelo n***o. Durante años, mientras estuvo encerrada, aprendió a deducir la hora según la posición de la luna, el grosor de su luz, el ángulo en el que entraba por la r*****a de su prisión.
—Es hora de dormir —susurró, más para sí misma que para convencerse.
Estaba acomodando las almohadas sintiendo su suavidad y disfrutando de ese leve aroma cuando escuchó un golpe en la puerta.
Se quedó inmóvil. Nadie debería buscarla a esas horas.
Debe ser Damon… quizá se equivocó de habitación, pensó.
Pero los golpes se repitieron, esta vez más firmes y seguros. Siguió inmovil unos segundos más, antes de respirar hondo. Su corazón se aceleró como si todavía viviera en la manada, donde abrir una puerta en el momento equivocado podía costarle un grito, un castigo o algo peor. Caminó despacio, con el estómago encogido, y abrió apenas un poco.
Y entonces lo vio.
Los ojos verdes de Darius fueron lo primero que devoró su atención. Fríos, intentos e impacientes, aún así tenían la habilidad de robarle todo su mundo en un instante.
Abrió más la puerta sin querer. Él la recorrió con la mirada de arriba a abajo. Como inspeccionando y evaluando, un leve oscurecimiento se vio en ese verde intenso. Y eso la puso más nerviosa todavía. El camisón no era revelador, pero no dejaba espacio para demasiadas capas. Era lo más vulnerable que había estado frente a él.
Entonces, Darius frunció el ceño con molestia evidente.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó con su voz baja y cortante.
—Voy a… dormir —contestó confundida.
Él inhaló hondo por la nariz, como si contara hasta tres para no perder la paciencia.
—Ya deberías saber que los vampiros no dormimos durante la noche —señaló—. Y si vas a vivir en este reino, tendrás que acostumbrarte. Cámbiate.
Elara abrió los labios, queriendo preguntar cambiarme para qué, pero la mirada de él fue suficiente para recordarle que las preguntas nunca la habían llevado a buenos lugares.
—¿A… a dónde vamos? —se atrevió a decir en voz baja.
Darius la sostuvo en un silencio que pesó como mármol.
—No es de tu incumbencia —respondió finalmente—. Solo hazlo. Te espero aquí.
Eso la sorprendió. ¿Aquí? ¿Fuera de su puerta? ¿No tenía cosas más importantes que hacer que vigilarla mientras se cambiaba?
Elara asintió y cerró despacio.
Ya sola, apoyó la espalda contra la puerta y soltó un suspiro tembloroso. No quería desobedecer. No podía. Si algo le había enseñado su vida en la manada era que la sumisión aseguraba la supervivencia. Aunque ahora no estuviera segura de qué reglas regían en este nuevo mundo, obedecer siempre era la opción más segura.
Cuando abrió la puerta, Darius seguía allí, esperándola con la misma postura rígida y dominante.
Su mirada bajó por ella, se detuvo en el delantal, subió otra vez… y se endureció.
—¿Por qué llevas eso? —preguntó sin ocultar su desaprobación.
—Es cómoda —respondió Elara, intentando que su voz no temblara.
Darius apretó la mandíbula. A él no le gustaba estar cerca de ella. Eso era evidente. Su presencia lo irritaba, lo confundía, casi como si su sola existencia le causara un hormigueo incómodo bajo la piel. Pero aun así, habló con voz firme.
—Ven conmigo.
Y Elara lo siguió.
Cruzaron pasillos largos y silenciosos, iluminados por aquellas lámparas frías y silenciosas, el palacio se veía más escalofriante por la noche. Caminaron un buen rato, y en ningún momento ella se atrevió a decir nada.
Finalmente llegaron a una sala con dos puertas altas y pesadas. Darius las abrió, y dentro había un espacio amplio, organizado y elegante. Un escritorio enorme de madera oscura, estanterías llenas de documentos, mapas, pergaminos, instrumentos que ella no reconocía.
—Esta es mi oficina —anunció él, caminando hacia el escritorio—. Aquí trabajo. Aquí tomo decisiones. Aquí mantengo este reino en pie.
Elara se quedó cerca de la puerta, sin saber si podía acercarse.
Darius se giró hacia ella, cruzando los brazos.
—Dime —empezó—. ¿Sabes leer y escribir?
Elara tragó saliva. Sí, claro que sabía. Le habían enseñado a leer libros viejos, a copiar frases, a imaginar mundos para no volverse loca. Pero nunca lo hizo como una noble, y mucho menos como una Luna.
—Sí —respondió con firmeza controlada—. Sé leer y escribir. Mi institutriz me enseñó desde pequeña. Mi padre insistía en darme la mejor educación.
Una mentira con pedazos de verdad mezclados. Recordó a Mara y lo mucho que le había enseñado, había sido como una madre para ella y ahora la extrañaba tanto.
Darius frunció el ceño.
—¿Tuviste una institutriz? ¿Dónde estudiaste?
—Estudié en casa, siempre supervisada. Cenas familiares, paseos por el territorio… —inventó lo necesario—. Mi padre es muy estricto, pero siempre quiso formarme bien.
—¿Tu padre? —preguntó Darius, ladeando la cabeza—. ¿El Alfa Alaric?
—Sí —respondió rápido, y repitió, más segura—. Es mi padre.
La palabra padre era lo único que no dolía al decirla. Porque esa sí era verdad, aunque él nunca la hubiera tratado como una hija.
Darius no respondió. La miró como si intentara encontrar una g****a en su historia, un lugar donde hundir el colmillo.
—Muy bien —dijo al fin, su voz más afilada—. Ya que tu padre te educó tan bien… vamos a comprobarlo.
Tomó un montón de papeles y se los extendió.
—Esto —explicó—. Es un proyecto de reubicación para varias familias vampíricas. Si sabes tanto sobre liderazgo en manadas, podrás ayudar en algo tan sencillo como esto.
Elara se acercó. Sus manos temblaron al tomar los papeles.
Eran números. Muchos números. Cálculos de costos. Materiales. Ubicaciones señaladas en un mapa. Líneas rectas que no entendía. Notas sobre la disponibilidad del terreno. Tipos de piedra. Medidas exactas.
Darius fue a su asiento, con los brazos cruzados y una sonrisa burlona apenas perceptible. Le daba tiempo… pero no paciencia.
Ella se dio cuenta enseguida, era muy notable y pensó…
Él quiere verme fallar. Quiere ver que no sé nada. Quiere descubrir que soy una estorbo, o algo peor. Me odia, de eso estoy segura.
Elara respiró hondo. Miró los papeles otra vez. Se obligó a recordar todo lo que había leído en su encierro, libros sobre geografía, novelas donde las princesas debían tomar decisiones sobre castillos y ciudades, textos sobre arquitectura rudimentaria… cualquier cosa. Todo servía.
El tiempo pasó.
Minutos primero. Luego media hora. Una hora y dos horas.
Darius no dijo nada. Solo la observó. Era inquietante sentir su mirada clavada en ella, como si fuera un experimento.
Pasada casi las tres horas, Elara exhaló lentamente y apoyó un dedo sobre el mapa.
—Aquí —dijo con voz suave pero firme—. No pueden ubicarlos aquí.
Darius arqueó una ceja.
—¿Ah, no?
Elara negó.
—El sol sale por este lado —señaló el extremo del mapa—. Y aunque usen cortinas gruesas y paredes reforzadas, la luz podría filtrarse al amanecer. Los vampiros no deberían estar expuestos, ¿verdad?
Darius entrecerró los ojos.
Ella continuó.
—El río está aquí —tocó la parte inferior del mapa—. Si construyen cerca del cauce, pueden usar la humedad para mantener la zona fresca y oscura. En invierno, el agua subirá, pero si refuerzan estas partes con piedra y las ventanas van al norte, podrían evitar cualquier filtración de luz.
Se detuvo, insegura.
—Además… —tomó aire— los costos no varían tanto si reciclan parte de este material. —Señaló los precios—. Podrían mover parte del presupuesto aquí… y compensarlo aquí.
La voz comenzó a temblarle. No sabía si había dicho algo coherente. Pero sí sabía que había intentado.
Darius tomó el mapa bruscamente. Lo miró. Analizó cada punto que ella había señalado.
Y su rostro se endureció.
Porque tenía razón.
Y él lo detestó.
—Interesante —murmuró, golpeando el escritorio con un dedo—. Muy interesante.
Elara bajó la mirada. No sabía si eso era bueno o malo.
—Así que sabes más de lo que aparentas —añadió Darius, con un tono que no era un elogio.
Ella no respondió. Su silencio lo irritó aún más.
—Dime algo, Elara —su voz bajó—. ¿Sabes por qué tenemos que reubicar a estas familias?
Ella negó con la cabeza.
Darius respiró hondo, y cuando habló, cada palabra parecía cargada de veneno antiguo.
—Porque los lobos destruyeron sus hogares — gruñó —. Porque tu gente atacó nuestro territorio, quemó casas, mató inocentes. Y ahora soy yo quien debe reparar lo que ellos arruinaron.
Elara sintió que el aire se le escapaba del pecho.
Había visto a los lobos atacar. Sabía lo crueles que podían ser. Había sufrido su desprecio toda su vida. No le sorprendía que hubieran provocado daño.
Pero igual… dolía.
—Yo… lo lamento —susurró.
No era su culpa. Lo sabía. Pero aun así lo dijo.