Darius tardó varios minutos en recuperar el control.
Seguía de pie en medio del salón, los dedos clavados en el borde de la mesa, como si solo la madera pudiera contener la violencia que le rugía bajo la piel. Aún sentía el eco de esa sensación, ese tirón primitivo que lo había golpeado cuando la loba estuvo demasiado cerca. Un impulso que no podía permitirse sentir. No con ella.
Respiró hondo, obligando a su cuerpo a obedecer, a relajarse, a ser el rey que debía ser.
Pero sus colmillos todavía ardían.
Finalmente se dejó caer en el sofá de cuero oscuro, hundiendo la cabeza en el respaldo con un suspiro que casi sonó a rabia contenida. Se llevó una mano al rostro, presionando los ojos.
Steven lo observó en silencio, prudente, fue hacía la puerta y verificó que no hubiera nadie antes de cerrarla para tener un poco de privacidad.
—¿Estás bien? —preguntó.
Darius soltó una carcajada seca, sin humor.
—Maldita loba.
Steven se acercó, manteniéndose a una distancia segura. Ya lo conocía demasiado bien.
—Ya te diste cuenta, ¿verdad?
Darius bajó lentamente la mano, revelando sus ojos verdes, aún oscuros por el impulso de hace unos minutos.
—Tú sabías esto y no me lo dijiste — lo señalo.
—De que esa loba es distinta —Steven intentó evadir la acusación.
Darius apretó la mandíbula.
—Obvio que es distinta. Tiene sangre humana. Se siente a metros de distancia. No tiene la energía de una Luna. No es de sangre pura.
Steven negó con la cabeza.
—No hablo de que sea o no de sangre pura. Sí me di cuenta, pero también es diferente. Cuando la vi por primera vez, sentí su aura. Tú también lo sentiste, aunque no quieras admitirlo.
Darius soltó un siseo.
—Lo único que sentí fue el impulso de alimentarme. Como si alguien hubiera puesto un postre frente a mí. Nada más.
Steven lo observó en silencio unos segundos.
—Darius estás exagerando. No pudiste sentirlo tan fuerte.
El rey lo fulminó con la mirada. Steven lo ignoró como suele hacerlo, es el único en el reino que no le temía, ni lo adulaba por cosas sin sentido, Darius sabía que su hermano era él único que era honesto con él.
—Supongo que Damón la sigue a todos lados —comentó —. Puede ser peligroso.
—Es un niño —respondió Steven.
—Un niño vampiro. No seguiría a una loba común. Su aroma le causaría nauseas, no tendría que atraerlo —mencionó —. Damon no tiene interés en nadie, tú lo sabes. Pero ella… algo lo atrae. Y yo lo sentí al estar cerca, es su sangre humana, es una hibrida.
Darius se veía furioso, Steven intentó mantener la calma.
—Es la querida hija del Alfa, tiene que ser una loba.
—Tiene sangre humana, Steven. No es una Luna. Una Luna jamás tendría sangre humana.
—Si es híbrida, Darius… —Steven eligió cuidadosamente sus palabras —. Pero también es una loba, no se puede detectar su mitad humana hasta que estás muy cerca, así que solo tenemos que asegurarnos de que esté a salvo dentro del palacio y que mantenga la distancia de los demás.
—Ella será un problema —murmuró Darius parecía estar en sus propios pensamientos.
—Sí, es un problema, ella no es lo que todos creen y eso complica el trato con los lobos, nos entregaron a una híbrida que podría estar en peligro, hay que pensarlo bien como lo vamos a manejar.
Darius rió de forma oscura.
—Oh, sí. Créeme que ya pensé en eso.
Se enderezó, los ojos encendiéndose con esa chispa peligrosa que Steven recordaba de su adolescencia, la misma chispa que siempre anunciaba problemas.
—Cuando me la entregaron —continuó— dijeron que era “el lobo más preciado de la manada Norte”. El Alfa daría a su propia hija. Pero ahora resulta que ella… tiene sangre humana. ¿Qué clase de Alfa permitiría eso? ¿Qué trato sucio hicieron? ¿Intentan engañarme?
Steven lo estudió con atención.
—Crees que… ¿Podrían haberte entregado a alguien que no es su hija? ¿Crees que todo es una farsa?
—No creo —respondió Darius con voz grave—. Lo sé.
Steven inhaló.
—Darius, los lobos no se arriesgarían así. Entregar a una impostora sería romper la alianza. Tendrían que estar desesperados para algo así.
—¿Y acaso no lo están? —Darius sonrió frío—. Vieron la oportunidad de sobrevivir. Creyeron que podían engañar al Rey. Pensaron que aceptaría cualquier cosa que me entregaran.
Steven se frotó la frente. Algo no encajaba.
—Pero Elara… no parece peligrosa. Ni manipuladora. Ni siquiera lista para un engaño de ese nivel. Es… extraña. Nunca había visto a una loba así. Es amable, humana, sencilla. No parece tener malicia.
—Eso la hace peor —dijo Darius, poniéndose de pie con un movimiento brusco—. Porque me confunde. Porque hace que otros bajen la guardia. Vi a Damon… sonriendo.
Steven alzó las cejas.
—Damon nunca sonríe.
—Exacto.
Darius empezó a caminar de un lado a otro. Su mente no se detenía, funcionando con la precisión afilada con la que había mantenido a los vampiros vivos, con la misma que había ganado muchas batallas y mantenido su reino en lo alto.
—Si es híbrida —continuó— entonces no puede ser hija del Alfa. Y si no es hija del Alfa, entonces todo el pacto es inválido. Y si el pacto es inválido… los lobos han cometido una ofensa directa contra el Reino y no solo nosotros, también contra el consejo principal.
—Darius, deberías calmarte y pensar bien lo que significa esto.
—Ya lo pensé —gruñó, acercándose a Steven—. Y sé exactamente lo que voy a hacer.
El silencio se volvió pesado. Steven sintió cómo la temperatura de la sala bajaba, como siempre que Darius llegaba a una decisión peligrosa.
—¿Qué planeas? —preguntó, con cautela.
Darius sonrió. Una sonrisa lenta, oscura, calculada.
—Vamos a tratar a Elara como lo que todos creen que es, la reina de los vampiros.
Steven parpadeó.
—¿Perdón?
—La entrenaremos. La educaremos. La presentaremos al reino. La llenaremos de atención, de regalos, de respeto. Estaremos cerca de ella día y noche. Que crean que la acepto.
—¿Por qué?
—Porque así nadie podrá decir que fui injusto. Nadie podrá acusarme de no darle un trato digno. Y cuando llegue la reunión con el Consejo en el próximo trimestre… —Sus ojos brillaron con un tono amenazante. —La expondremos frente a todos. Les mostraremos la verdad, que es una impostora. Que los lobos entregaron a una híbrida en lugar de a la hija del Alfa. Y entonces…
Steven palideció.
—La condenarán.
—La ejecutarán —corrigió Darius suavemente—. Y esa ejecución será el detonante perfecto para la guerra. Al final… podré destruirlos. A todos.
Steven se quedó inmóvil. Ese plan encajaba demasiado bien. Pero Darios era así, todos sus planes estaban fríamente calculados, eran perfectos.
Y no podía evitar ver el trasfondo, el odio que Darius seguía cargando.
—Darius… —dijo con un tono suave pero firme—. Esto no revivirá a Zhara.
Darius giró lentamente hacia él. Su expresión se transformó. No en ira… sino en algo más profundo y devastado.
—No digas su nombre.
—Tienes que escucharlo —insistió Steven, avanzando un paso—. Zhara no querría…
—¡Cállate! —Darius rugió, y por un instante la habitación entera vibró con el poder de su voz.
Steven tragó saliva, pero no retrocedió.
El rey apretó los puños, temblando. Sus ojos, verdes y feroces, se llenaron de una oscuridad que solo Steven conocía, la que nació el día que encontró a Zhara moribunda, su vestido cubierto de sangre, su cuello destrozado por colmillos que no eran vampiros.
—La sostuve en mis brazos —susurró Darius, la voz quebrándose en una ira profunda —. La escuché intentar hablar. La vi intentar tomar mi mano. Y la vi morir. Morir porque esos malditos lobos nos odiaban.
Steven bajó la mirada, apretando los dientes.
—Zhara era inocente.
—Por eso voy a vengarla —dijo Darius—. Y Elara… será la llave.
El silencio se alargó. Steven pensó en hablar, en intentar convencerlo otra vez, pero ya conocía esa mirada. Esa determinación no sería movida ni por él ni por nadie.
Finalmente suspiró, resignado.
—Entonces seguiré tu plan.
Darius asintió, volviendo a sentarse. Recuperó su compostura, cruzando una pierna sobre la otra como si no acabara de decidir la muerte de una chica que apenas conocían.
—Perfecto. Empezaremos mañana. Ella no sospechará nada.
Steven respiró hondo y se dirigió hacia la puerta.
Pero se detuvo un segundo antes de salir.
—Darius ¿estás seguro de que la llevarás por ese camino? Ella no parece culpable.
El rey no dudó.
—Todos los lobos lo son.
Steven salió, cerrando la puerta. Y por primera vez en mucho tiempo… le temió a su propio hermano.