El trayecto fue silencioso. Raquel despertó a medias dentro de la camioneta, con la cabeza pesada y la boca seca. Intentó moverse, pero sus manos estaban atadas y una capucha negra le cubría el rostro, robándole cualquier noción de tiempo o espacio. El motor rugía bajo sus pies y cada giro le provocaba una náusea fría que le recorría el estómago. No sabía cuánto tiempo pasó hasta que el vehículo se detuvo. La puerta se abrió y el aire cambió. Era más denso, más frío, como si el lugar mismo advirtiera que no había vuelta atrás. Carter la tomó del brazo sin decir una palabra y la obligó a bajar. Raquel tropezó, desorientada, y apenas logró mantenerse en pie. —Camina —ordenó una voz grave. Bajaron muchas escaleras y el eco de sus pasos resonaba como golpes secos contra las paredes de con

