Mientras tanto en un apartamento a las afueras de Miami la paz se hacía presente pero no tardaría mucho, ya que una llamada terminaría con esa tranquilidad que Raquel tenía, el teléfono sonó de manera desesperante y al ver el número, Raquel supo que estaba muerta antes de que la noticia fuera pronunciada. Lo supo por el temblor en la respiración del hombre al otro lado de la línea cuando contestó la llamada, por ese silencio previo que no anunciaba negociación sino desastre. —Salió mal —dijo él al fin— demasiado mal. Raquel apretó el teléfono con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos mientras caminaba de un lado a otro del departamento sin notar el lujo que la rodeaba porque en su cabeza solo había una imagen fija la de Victtorio encontrándola. —Explícate —exigió con la

