El sol de la mañana se colaba por los amplios ventanales, pero dentro del ático, el ambiente ya estaba cargado. Aria se había levantado con una meta clara: reafirmar su victoria de la noche anterior. Fue directamente a la habitación de su hermana. —Sofía, ¿estás lista? Vamos a desayunar— dijo Aria, sonando más imponente que jovial. Sofía, de veintidós años, la miró con una sonrisa dulce y un poco ingenua. —Casi. No sé si debo usar este vestido, es muy... ¿casual?— Aria la tomó del brazo. —Relájate. Hoy eres la distracción perfecta.— Aria, sin embargo, no había dejado nada al azar. Se había puesto un vestido de seda de un profundo color zafiro, de corte midi, que se ceñía a su cintura como una segunda piel antes de caer en una falda lápiz con una discreta abertura lateral. El escote era

