Horas más tarde...
El auto seguía rugiendo entre las sombras de la ciudad, con Cataleya mirando por la ventanilla, los ojos fijos en un punto que no existía. Su respiración seguía siendo un caos, una mezcla de miedo, rabia, atracción... y algo más. Algo que nacía en su pecho y se deslizaba por todo su cuerpo como un veneno lento y ardiente. Su mente era una tormenta de imágenes inconexas, de frases rotas, de recuerdos que no sabía si eran suyos o inventados. Tenía miedo, sí, pero no del hombre a su lado. Lo que la aterraba era la sensación de que ya lo conocía, de que en algún rincón de su alma, él había estado antes.
Killian conducía con una sola mano, la otra descansando sobre su muslo con una calma peligrosa. Sus ojos se mantenían en la carretera, pero su mente parecía estar en otra parte.
—Te llevaremos a un lugar seguro —dijo, sin mirarla.
—¿Y qué significa "seguro" para ti? ¿Una cueva? ¿Un laboratorio abandonado? ¿Otra mentira más?
Killian soltó una risa breve, seca. Como si se riera de su propio dolor.
—Un lugar donde no te encuentren... aún.
Cataleya cerró los ojos. Sabía que no tenía opción. Todo lo que conocía, lo que creía cierto, había comenzado a tambalear. Y, por alguna razón que no podía entender, ese hombre oscuro, arrogante y salvajemente atractivo, era su único ancla. El silencio en el auto no era incómodo. Era tenso, como si cada respiración pudiera prender fuego a algo no dicho.
Cuando llegaron, estaban fuera de la ciudad. Una cabaña en mitad del bosque. Techos altos, paredes de madera oscura, ventanas selladas. Se veía cálida... pero olía a secretos. El viento susurraba entre los árboles como si murmurara advertencias en lenguas olvidadas. La puerta chirrió al abrirse, revelando un interior cuidadosamente protegido: cerraduras electrónicas, cámaras ocultas, sensores de movimiento. La cabaña no era un refugio, era un búnker disfrazado de hogar.
Cataleya entró sin hablar. Cada paso dentro de la casa se sentía como una invasión, como si el pasado estuviera atrapado en las paredes. Killian cerró la puerta con doble traba. Había cámaras en las esquinas y un sistema de alarma que solo él parecía entender.
—No estás prisionera —dijo, al notar su mirada.
—No. Solo encerrada.
Killian se acercó y tomó su barbilla entre dos dedos. La obligó a mirarlo.
—Podrías haberte ido. Pero no lo hiciste.
—Porque me secuestraste.
—Porque quieres respuestas.
Ella se soltó bruscamente y fue hacia el ventanal. Afuera, los árboles parecían inclinarse, como si escucharan. Como si esperaran algo.
—¿Qué eras tú en ese lugar, Killian? ¿Un médico? ¿Un experimento? ¿Un carcelero?
Él se sentó en el sillón como si el tiempo no existiera. Como si ya lo hubieran vivido todo. Su espalda recta, sus manos entrelazadas sobre las rodillas. Era la calma antes de la tormenta.
—Fui el hijo del creador del proyecto. El hijo del hombre que jugó a ser Dios con tus recuerdos. Y con los de muchos otros.
Cataleya se giró de golpe. Sintiendo el mundo temblar bajo sus pies. Su garganta se cerró. Su piel se erizó.
—¡No estás diciendo la verdad!
Killian la miró, pero esta vez sin arrogancia. Solo con un vacío doloroso en la mirada. El tipo de mirada que uno lleva cuando ha cargado cadáveres y secretos.
—Quiero que sepas la verdad, Cata. Aunque me odies. Aunque me dispares en el pecho. Aunque te vayas y no vuelvas.
Cataleya temblaba. Por dentro y por fuera.
—Dime todo...
Killian respiró hondo. Cerró los ojos. Su mandíbula se tensó. El silencio que siguió fue denso, pesado. Como si el aire se resistiera a dejar salir las palabras. Y entonces comenzó a hablar.
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Años atrás, un programa secreto conocido como "Proyecto B-0319" recogió niñas huérfanas o robadas de orfanatos, de hospitales... de sus propias casas. El experimento: borrar recuerdos traumáticos y reprogramar personalidades. Crear sujetos "puros". Obedientes. Fácilmente moldeables.
Pero a Cataleya no pudieron borrarla. Había algo en ella que resistía. Algo salvaje. Algo hermoso y peligroso. Y eso la convirtió en una amenaza para el proyecto. Su memoria fue bloqueada, pero nunca destruida.
El laboratorio cayó hace diez años. Se incendió. Algunos escaparon. Otros murieron. Y Cataleya... fue sacada por él.
Por Killian.
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—¡Mentira! ¡Eso no puede ser verdad!
—Estabas ahí, Cata. Te saqué con mis propias manos. Te cargué entre cenizas y huesos.
Ella lo miró con horror.
—¡Entonces lo recuerdas todo! ¡Y me dejaste vivir sin saber quién era!
Killian asintió.
—Porque eras libre. Por primera vez. Y no quería que volvieras a atarte al pasado.
Cataleya sintió que el suelo se abría bajo sus pies. Y entonces, algo más ocurrió. Un dolor agudo en su cabeza. Un flash. Una habitación blanca. Un bisturí. Una mujer gritando su nombre.
Y el nombre que no debía recordar...
—Ayla...
Killian palideció.
—¡Tú nombre real! ¡Lo recordaste!
Cataleya cayó al suelo, jadeando, agarrándose el pecho. Las memorias volaban dentro de su mente como cristales rotos. Dolía. Pero también la hacía libre.
—¡Eres un monstruo!
Killian se acercó, pero ella lo empujó con fuerza.
—¡No me toques! ¡Nunca más!
Y entonces, su cuerpo se desplomó.
Oscuridad.
Y el eco lejano de una verdad que apenas comenzaba...
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