Capítulo 8 — ¿También tú?

1673 Words
Mientras iba en el bus con rumbo hacia el trabajo, lugar en que ni siquiera sabía si es que existía en esa realidad o si yo estaba realmente contratada, pensé en todo lo que había sucedido. Si Antares era enfermera jefe y Bautista un jugador famoso y bueno, entonces quería decir, que realmente mi deseo se había cumplido y que había despertado en esta realidad alterna en que mis hermanos tenían vidas contrarias a las anteriores. En la realidad anterior, Antares era asistente de enfermería y le pagaban muy mal, pero en esta nueva realidad era enfermera y más encima jefa de todos sus compañeros. Bautista jugaba PlayStation día y noche y, aun así, solo quedaba en eso, en jugar en la casa con sus amigos virtuales. En esta realidad, Bautista era el mejor, asistía a competencias y se veía muy lindo con ese estilo de cabello y ropa. Se notaba que estaba ganando mucho dinero. En ese momento caí en cuenta, de que a mis hermanos les estaba yendo bien en la vida. Y me emocioné, me emocioné muchísimo por ellos, porque estaban cumpliendo todo lo que en nuestra vida anterior no pudieron por falta de recursos económicos. Si Antares era enfermera, quería decir que sí había logrado asistir a una buena universidad. Y Bautista, él había podido dedicarse de lleno al tema de los juegos. Qué afortunados estaban siendo y me sentía muy orgullosa de ellos. Lloré durante todo el camino hasta la librería, porque estaba inmensamente feliz por ellos. Pero luego recordé a mis padres. Sabía que Augustus hacía comerciales de televisión sobre vinos, eso quería decir que, quizá, en esta realidad, no era alcohólico. Además, se veía mucho más delgado, por ende, cuidaba de su salud. Pero ¿qué era de mi madre? A ella aún no la veía en ningún lado, ni siquiera en la televisión. ¿Estaba casada? ¿Tenía hijos? ¿O vivía en la calle? Sentí un miedo terrible al pensar que, quizá, su vida no había sido tan afortunada. Me bajé rápido del bus y corrí los pocos metros que me quedaban para llegar a la librería. Ahí estaba Anís, como cada mañana. ¿Me recordaría? Suponía que sí, porque, por algo estaba afuera de la librería. Quizá en esa realidad también éramos amigas. —Llegas tarde, Rigel, otra vez —me dijo Anís. Ella sí me conocía y sí teníamos esa confianza de antes, por cómo me hablaba. —Lamento llegar tarde, Anís —le contesté, mientras abría la puerta de la librería. Esa siempre había sido mi labor y como tal, debía seguir la corriente hasta averiguar todo sobre mi familia y mi nueva vida, porque estaba decidida a recuperarlos a como diera lugar. —Deberías levantarte más temprano —Anís se fue directo a la sección de literatura universal y comenzó a buscar su primer libro del día. Traté de mirarla un poco para ver si había algún cambio en ella o en las cosas que hacía, pero no, Anís seguía siendo la misma niña de siempre, con las mismas costumbres y palabras cortantes. Incluso su escritorio y lugar especial estaban intactos. Al parecer solo la vida de mi familia y la mía habían cambiado, al menos, por el momento. Quise hacer mi rutina normal en el trabajo, pero me fue difícil. A la hora de almuerzo no aguanté más y tuve que decirle a mis compañeros que me sentía muy enferma. Obviamente, era mentira, pero no podía dejar de pensar en mi madre. Necesitaba averiguar todo sobre ella, quizá realmente era una indigente o algo por el estilo. Me excusé con ellos y les dije que necesitaba ir al doctor para que me revisaran. Mi actuación fue tan buena que me creyeron de inmediato. Agarré mi bolso y me fui rápido de aquel lugar. —¡Rigel, espera! —escuché que me llamó Anís. La verdad, en ese momento preciso, no tenía ganas de hablar con nadie, más que salir arrancando de la librería. —Anís, estoy apurada —traté de seguir caminando. Pero ella insistió. —¡Rigel, detente! ¡Necesito hablar contigo! —solo me detuve, porque me dio pena que una niña de nueve años, con sus piernitas cortas estuviese corriendo detrás de mí. —¿Qué sucede, Anís? —le respondí cabreada. —¿Cómo estuvo tu fin de semana? —la miré con los ojos abiertos hasta más no poder. Yo solo quería ir en busca de mi madre y ella me estaba deteniendo con sus preguntas tontas. —¡Por dios, Anís! ¡No tengo tiempo para esto! —me alejé de ella y continué mi camino. —¡¿Pediste el deseo?! —me gritó. Solo ahí me detuve. —¿Qué dijiste? —me giré y la miré extrañada. —¿Qué si pediste el deseo? —habló un poco más bajo. Corrí hacia ella y me agaché para quedar a su misma altura. —¿De qué deseo hablas? —la tomé de los hombros para que no se arrancara —. ¡Dime! ¿De qué deseo hablas? —¡Auch! Me duele —la solté y acaricié un poco sus hombros y brazos —. Ya veo que jamás me escuchas. —¿A qué te refieres? —La semana pasada, en el almuerzo, te hablé del asteroide C/2022 E3 o como lo llamaron en el centro en donde lo descubrieron, ZTF. —¡¿Qué?! —Te dije que sería lindo pedir un deseo, cuando lo vieras. Es un asteroide que pasa cada cincuenta mil años. De hecho, la primera vez que pasó por nuestro sistema solar, los neandertales aún poblaban la tierra y… —¡Anís! ¡Basta! —la callé. No estaba para clases sobre el universo e historia —. ¿Qué fue lo que me dijiste exactamente sobre el deseo? —¿Por qué? —me preguntó curiosa. —¡Anís! ¡Respóndeme! —¡Está bien! Ese día, te dije que, como ese asteroide estaba pasando por segunda vez, sería lindo pedir el deseo que más gustes. En una de esas, la vida nos favorecía y se cumplían —miró sus manos hablando bajito, como si hubiese hecho una maldad. —¿De verdad me dijiste todo eso? —¡Ves que tú nunca me escuchas! —me gritó y se cruzó de brazos. —¡Lo siento! —contesté cabreada. Claro, con razón se me había ocurrido pedir ese deseo, por eso esa idea absurda estaba en mi mente aquel día. Anís había implantado una idea en mi cabeza, sin que yo me diera cuenta, directo en mi subconsciente. Dejé de agarrarme el cabello y la miré. Se veía extraña, como si algo le pasara —. ¿Tú también pediste el deseo? —solo asintió mirando aún sus manos —. ¿Y se te cumplió? —volvió a asentir —. ¿Estás conforme o feliz? —nuevamente lo hizo, pero esta vez, comenzó a llorar. Sentí tanta culpa por estar enojada con ella, que volví a agacharme y la tomé de sus bracitos —. ¿Por qué lloras? ¡Deberías estar feliz, entonces! —¡Estoy muy feliz! Mamá ya no está postrada en una cama en estado vegetal y papá… Papá ya no hace esas cosas —se cubrió el rostro y siguió llorando, así que, la abracé. Pero ¿a qué se refería con “esas cosas”? —Anís, ¿a qué te refieres con eso? ¿De qué cosas hablas? —No puedo decírtelo. Papá me dijo que era un secreto —¡dios! Un miedo irracional invadió mi cuerpo por completo y temí lo peor. —Anís, sabes que siempre puedes contar conmigo. Lo sabes, ¿no? —solo asintió con la cabeza —. ¿Tú papá te hizo daño? —negó con la cabeza. Debía ser muy cuidadosa con las palabras que ocuparía en ese momento, porque no quería alterar a Anís —. ¿Ese secreto tiene relación contigo y con él? —Rigel, tengo nueve años, sé que soy una niña pequeña, pero no soy tonta. Sé lo que me estás tratando de preguntar… Yo… Yo solo quería que todo volviese a la normalidad, que mamá no estuviese nunca más enferma y que papá rectificara sus errores —dijo sollozando. —¿Y lo hizo? ¿Rectificó sus errores? —acaricié su cabello. —Sí —contestó bajito. —¿Alguien más lo sabe o se dio cuenta? —No. Nunca nadie se dio cuenta de lo que papá hacía. No pienses cosas malas, papá es una buena persona, pero la pena lo invadió y la depresión fue su compañera durante tres años —secó sus lágrimas —. Papá… A papá le gustaba mirarme, mientras me cambiaba de ropa o, cuando me duchaba. Nunca me tocó, nunca me hizo daño. Él solo… miraba lo que yo hacía —sentí tanta rabia en ese momento que la abracé fuerte, sin intenciones de soltarla. No me importaba que estuviésemos en la calle, siendo invadidas por las miradas curiosas de las personas que pasaban. —Cuánto lo siento, mi niña —le di muchos besos en su cabello y la abracé como nunca lo había hecho. —¡Pero ya estoy bien! —me soltó un poco —. Mamá despertó siendo una mujer sana y sonriente, como siempre lo había sido. Y papá está siempre contento, ya no está triste y ama tanto a mamá que no me importa el pasado, yo solo quería a mi familia devuelta —me dijo secando sus lágrimas y sonriendo. Ahí me di cuenta de que, a pesar de sus actitudes de adulto, Anís seguía siendo una niña incapaz de entender la maldad de la que fue víctima. No podía justificar todo con la depresión, porque esas cosas realmente estuvieron en la mente de su padre. Pero tampoco quería quitarle esa felicidad y solo esperaba que esto no le afectara en su adultez.
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