Prólogo
Veintiséis años antes
Paul Grove se erguía alto y orgulloso mientras la brisa fría soplaba a su alrededor. En ella bailaba la promesa de la primera nevada de la temporada, pero Paul ya se sentía tan entumecido que ni siquiera el clima helado podía tocarlo. Era un hombre gigantesco, a pesar de tener tan solo veintiún años. Siempre había sido grande para su edad, y los años de trabajo duro en el rancho de sus padres le habían esculpido los músculos desde muy temprano, otorgándole un aspecto todavía más formidable.
Llevaba el cabello n***o corto sencillamente porque era más fácil de mantener y su metro noventa y ocho de estatura había perdido hacía tan solo unos años esa impresión de extremidades larguiruchas. Su rostro marcadamente bronceado reflejaba las horas que se pasaba trabajando al aire libre en la naturaleza de Wyoming, pero aquel día lo que captaba la atención de los que lo rodeaban no era ni su altura ni su constitución, sino la pena que se veía en sus ojos marrón oscuro y la pequeña figura que llevaba en brazos con gesto protector.
Abrazó con más fuerza aquel cuerpecito y las lágrimas le nublaron la vista, pero se negó a dejarlas caer. Se concentró en la calidez pequeña y dulce que sostenía contra su corazón. Era lo único que le quedaba de Evelyn, de su preciosa y joven esposa que había muerto hacía menos de una semana de un aneurisma cerebral. Una parte de él quería sentir ira contra Dios por haberle arrebatado demasiado pronto algo tan preciado, tan hermoso. Los preciosos ojos castaños de su mujer aparecieron en su mente, resplandecientes de amor y humor. El modo en que Evelyn solía bailar por su pequeña casita mientras se reía y entonaba una canción todavía era un recuerdo muy vívido.
Paul tenía la impresión de haberla amado desde siempre. La familia de Evelyn se había mudado al pueblo cuando ella estaba en primero de primaria y Paul en tercero, ya grande para su edad, y Paul había jurado en aquel entonces que la amaría eternamente y que cuidaría de ella. Recordaba a los padres de Evelyn arrodillándose junto a ella y prometiéndole que le iría bien, y él se había acercado para presentarse. Diez minutos más tarde se había encontrado con la manita de Evelyn en la suya y la había acompañado hasta su clase mientras sus padres los miraban con expresiones preocupadas.
―Lo siento muchísimo, Paul ―dijo otro de sus antiguos compañeros de clase―. Si puedo hacer algo por ti…
Paul asintió de manera automática apretando los brazos alrededor de su pequeña hija como para protegerla de las miradas de preocupación, tristeza y compasión. Sabía lo que estaba pensando toda aquella gente: que era demasiado joven para criar él solo a una niña. Ya había recibido varias ofertas para quedarse a la pequeña, para dejar que otros la criasen. Demonios, hasta la madre de Evelyn había intentado llevarse a Trisha y criarla ella misma, diciéndole que lo mejor sería que se ocupase una mujer. Paul se había negado, recurriendo a toda la educación que tenía.
―Paul ―Rosalie, la madre de Evelyn, se acercó―. Deja que la coja.
Paul desvió la mirada llena de dolor hacia aquella mujer que, en los últimos años, había dejado de ser una madre agradable aunque estricta y se había convertido en una bruja de primera categoría en su comportamiento con Evelyn.
Rosalie había cambiado el día en que su marido las había abandonado a Evelyn y a ella cuando Evelyn estaba en sexto de primaria. Paul había escuchado mientras Evelyn lloraba y le contaba que nunca parecía ser lo bastante buena para su madre, y hasta había intentado curar los moratones y marcas que habían florecido en la delicada piel de Evelyn fruto de las ocasiones en que su madre se emborrachaba y se dedicaba a golpearla por las infracciones más insignificantes.
Al final le había hecho una visita a la madre de Evelyn y le había advertido de que, si volvía a golpear a su hija, no mostraría piedad con ella. Su madre había intentado mantenerlos separados, pero Paul habría luchado contra el planeta entero por su preciosa esposa. Y no iba a hacer menos por su adorable pequeña.
―No ―respondió con brusquedad, mirando aquellos ojos que le habrían recordado a los de su mujer de no ser por el enfado y la amargura que contenían―. Está bien. Está dormida ―añadió con algo más de suavidad.
―Deja que me la quede ―suplicó Rosalie―. ¿Acaso no me has arrebatado ya suficiente? ¿Acaso no he perdido ya bastante? Deja que críe a mi nieta. Eres joven; puedes encontrar a otra chica, casarte y tener más hijos. Yo no tendré otra Evelyn. Nunca tendré otra oportunidad.
Paul sintió cómo la ira crecía en su interior a medida que escuchaba sus palabras.
―Nunca apreciaste a la preciosa hija que tenías. ¿Qué te hace pensar que voy a dejar que te quedes con la mía? ―preguntó con voz fría, controlándose a duras penas―. Amaba a tu hija más que a mi propia vida, Rosalie, y quiero a nuestra hija en la misma medida. Se ha convertido en mi vida. Soy su padre, y voy a seguir siéndolo. Estaré ahí para ella, seré yo quien le enseñe, quien la guie y quien la quiera con toda la fuerza de mi ser.
La mirada de Rosalie se volvió tan fría y amarga como el viento que soplaba sobre el cementerio.
―Eso ya lo veremos. Tengo dinero, y lucharé por la pequeña de mi hija. Me la quedaré y la criaré aunque sea lo último que haga. ¡Será mía!
Paul sintió cómo una decisión llena de paz lo embargaba mientras Trisha cambiaba de posición y alzaba la cabecita llena de rizos. Se sacó el pulgar de la boca y miró a su padre a los ojos. Una pequeña sonrisa inocente le curvó los labios rosados y sus ojos castaño oscuro se iluminaron, llenos de amor y confianza.
―Papá ―dijo con una risita, inclinándose hacia delante para esconder la nariz fría contra la suave mejilla de su padre.
Paul miró a Rosalie con una decisión renovada y con una madurez que no se suele poseer con veintiún años. Durante la última semana había aprendido la dolorosa lección de que la vida no era justa, quizás porque el destino había decidido intervenir al saber que para Evelyn y él casarse jóvenes había sido algo importante. Evelyn podía no haber vivido mucho, pero durante su breve vida le había regalado algo de lo más valioso: el saber cómo era amar y ser amado, y una hija preciosa.
Alzó la mano para cubrir la cabeza llena de rizos de Trisha y hundió la nariz entre los mechones salvajes, inspirando el aroma fresco del champú de fresa que había usado aquella misma mañana para lavarle el pelo. Se negaba a permitir que nadie le arrebatase su razón para vivir, no sin luchar. En aquel instante, Trisha era lo único que evitaba que cediese ante la pérdida y el dolor que amenazaban con consumirlo y hacerlo pedazos. Volvió a mirar a Rosalie a los ojos con una mirada oscurecida por una ira silenciosa.
Rosalie retrocedió, llevándose la mano al cuello al reconocer que había presionado demasiado a su yerno; subconscientemente siempre había sabido que Paul sería un oponente formidable si se lo arrinconaba o provocaba. La recorrió un escalofrío, segura de que también podía resultar mortífero.
Paul ajustó su abrazo alrededor de Trisha y miró a la madre de Evelyn con una expresión fría y sombría en el rostro.
―Te prometo que nunca le pondrás las manos encima a mi hija, Rosalie ―dijo antes de darse la vuelta y marcharse sin mirar atrás.