Capitulo 5

964 Words
El aire en la sala parecía haber cambiado, como si la carta que ahora sostenía entre mis dedos tuviera el poder de alterar la densidad de las cosas. Las palabras escritas en ella no solo resonaban en mi mente, sino que habían comenzado a transformarse en un pulso suave dentro del pecho. "Eres la musa de mi corazón, y la vela de mi alma..." Qué forma tan desgarradoramente dulce de nombrarme. La tinta, ligeramente corrida en un punto, revelaba la prisa o la emoción de quien había escrito esto. Y ese final: "¡Oh lucero mío! Sin tan solo lo supieras..." El papel parecía temblar conmigo. Al mirar a mis padres, noté que ambos me observaban detenidamente. Sonreían, sí, pero sus rostros tenían esa expresión mixta que solo aparece cuando uno presencia un momento íntimo y silencioso de otro. Como si estuvieran esperando que compartiera el secreto sin palabras. Yo los miré a ambos, y les ofrecí lo único que en ese instante podía salir de mí: una sonrisa leve, frágil, como un suspiro que se asoma apenas por los labios. -Papá... -murmuré, luchando por mantener el tono casual, aunque mis manos traicionaban mi ansiedad al apretar el papel-. ¿No me vas a revelar quién te entregó esta nota? Él se reclinó hacia atrás en la silla, alzando las cejas en un gesto casi burlón. Su tono fue sarcástico, aunque claramente divertido por la situación. -¿Qué? ¿Yo? No, no tengo idea. El extraño que me dio esto me indicó que te lo entregara, y si lo he visto antes, no lo conozco, hija. Soltó una pequeña risa, como si se estuviera divirtiendo con la intriga que había provocado, pero también como si realmente no tuviera más información que la que me acababa de decir. Mi madre, más callada pero infinitamente más perceptiva, se acercó suavemente, depositando un beso cariñoso en mi cabeza. El gesto, cálido y firme, me hizo sentir contenida. Luego, como si lo tuviera todo ensayado, deslizó frente a mí el plato de comida que había preparado: arroz con pollo, ensalada fresca, ese toque de ají dulce que solo ella sabe agregar con exactitud matemática. Sin buscar más respuestas -al menos no por ahora- tomé la cuchara con movimientos pausados y empecé a comer. Pero cada bocado se sentía interrumpido por una pregunta invisible que se repetía sin cesar: ¿Quién podría haberle entregado esa nota a papá? Durante años, mi vida sentimental había sido más bien discreta. Ningún chico se había atrevido a confesarme su afecto, ni siquiera tímidamente. Y por más que he convivido entre grupos grandes, fiestas familiares, encuentros en la universidad o los pasillos eternos de la secundaria, jamás, ni por un instante, había sentido que alguien me observara con ese tipo de mirada. La nota era diferente. No hablaba de belleza superficial, ni de encantos comunes. No era uno de esos textos que mencionan ojos bonitos o labios perfectos. Era un poema nacido de un corazón agitado, con frases que evidenciaban sensibilidad y profundidad. "El invierno de tu presencia me hace cálido..." ¿Quién escribe así? ¿Quién me percibe de esa manera? Con cada bocado, mi mente se entretenía en una especie de desfile silencioso de nombres conocidos. Mis compañeros del campus, los vecinos, los chicos de la librería, incluso algún mesonero del restaurante que solíamos visitar... Ninguno calzaba con el perfil del autor. En realidad, ni siquiera creo que muchos de ellos escriban más allá de lo obligatorio. La mayoría apenas sabe poner en palabras lo que piensa, y mucho menos lo que siente. Entonces pensé: ¿Y si es una persona externa? Alguien completamente desconocido. Alguien que me haya visto alguna vez, sin que yo me diera cuenta. ¿Podría haberme observado en la biblioteca? ¿En el supermercado? ¿Durante alguna salida familiar? ¿Y si es alguien que conoce a mis padres pero no a mí directamente? Lo descarté rápidamente. Papá mencionó que era un chico joven. No creo que me haya mentido. Su tono, aunque juguetón, parecía sincero. Entonces... ¿y si es una broma? ¿Y si es una chica? Pensé en algunas amigas, en esas que disfrutan de sorprender y provocar reacciones. ¿Podría ser un juego elaborado? ¿Un experimento emocional? Pero no lo parecía. El texto tenía sinceridad, un tono confesional que no se usa para engañar. Y además... hay una melancolía en esas líneas que no nace de la burla. Hay deseo, hay admiración, hay timidez encubierta en la metáfora. Volví a mirar el papel que ahora reposaba doblado sobre el mantel. Me pareció más pequeño que antes, como si hubiese absorbido parte de mi emoción y ahora se recogiera para no molestar. ¿Quién será este "poeta triste"? ¿Alguien que no se atreve a acercarse? ¿Alguien que piensa que no sabría cómo reaccionar? Y lo cierto es que no sé cómo reaccionar. Me emociona, sí. Me intriga, también. Pero sobre todo, me conmueve. No por lo que dice sobre mí, sino por lo que revela sobre él. Es alguien que ama desde el silencio, que encuentra belleza en lo sutil. Me pregunto si ha leído mis textos, si ha escuchado cómo hablo cuando creo que nadie escucha, si ha visto cómo acaricio a Bartolomé cuando se esconde bajo la mesa. Las voces de mis padres se cruzan, pero ya no les sigo la conversación. El arroz se enfría lentamente, y el pollo, aunque bien sazonado, ya no capta mi atención. Sólo esa nota. Esa presencia invisible que acaba de sacudir mi mundo. ¿Y si nunca lo descubro? ¿Y si ese gesto queda suspendido para siempre entre esta noche y el papel, sin otra señal? Y, a la vez... ¿y si este es apenas el inicio?
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