—¡Ten! Ya terminé —exclama Valentino rompiendo de pronto el murmullo de la noche, mientras estira su brazo con dinamismo y me extiende mi teléfono para que lo agarre de vuelta. Lo tomo con sumo cuidado, pero en el movimiento mi mano se desvía un milímetro de más y termino rozando sin querer las yemas de sus dedos con los míos. El contacto es mínimo, apenas un instante de fricción casi imperceptible, pero ambos nos sobresaltamos de golpe, soltando un leve jadeo e inhalando una gran bocanada de aire helado, absolutamente apenados por la torpeza del gesto. Sí, lo sé perfectamente, fue un error enteramente mío por no medir bien la distancia, pero al tocar el calor de sus dedos sentí de inmediato una corriente limpia de electricidad; fue exactamente como un fuerte chispazo que se hubiese escap

