La puerta se abre con una lentitud calculada, como si quien estuviera del otro lado temiera romper la atmósfera de mi habitación o interrumpir un momento privado. Una silueta masculina se recorta contra la luz amarillenta del pasillo, proyectando una sombra alargada sobre mi alfombra. Y entonces lo veo: Axel. Aparece con esa mezcla tan suya de descuido estudiado y elegancia innata, como si acabara de salir de las páginas de una novela romántica moderna pero con un toque rebelde. Lleva una camisa blanca impoluta, aunque ligeramente arrugada en los puños, lo que delata que se vistió con la misma prisa que yo. Su chaqueta de pana marrón, de un tono chocolate profundo, le da un aire otoñal y sofisticado que contrasta con el pantalón de mezclilla oscuro que se ajusta a sus piernas justo lo nec

