La observo con una minuciosidad casi científica. El papel tiene una textura rugosa, artesanal, con esas pequeñas fibras visibles que indican que ha sido hecho a mano, lejos de las imprentas industriales. El sello de cera, aunque pequeño, tiene un grabado detallado: una flor de cuatro pétalos, quizás un trébol de la suerte o una cruz estilizada con curvas orgánicas. Lo toco con la yema de los dedos, cerrando los ojos para sentir el relieve frío de la cera, y luego, con un pulso que me sorprende por su firmeza, deslizo una uña por el borde para abrirlo. El sobre se despliega con la elegancia de una flor que abre sus pétalos al amanecer, revelando una hoja única, escrita con una tinta negra azabache de trazo firme. —Veamos de qué se trata esto... —murmuro, sintiendo que necesito pedir permis

