—Dolores menstruales, papá. —Oh —dice él, sentándose. Frotándose el cuello incómodamente y no puedo evitar sonreír. ¡Aww, es tan lindo! Desearía poder apretar sus mejillas que se ven rojas de vergüenza. — ¿Solo eso? —Así es. Digo asintiendo y él apenas asiente. Hubo unos minutos de silencio. Hasta que decido romperlo. Levantándome de la cama, le ofrecí mi brazo. —No puedes levantarte, Alexandria. El médico dijo– —Que se vaya al infierno con lo que dijo. Ven, toma mi brazo. Vamos a casa. Él suspira. Entrelazando mi brazo con el suyo. Y salimos de la escuela. —Cuidado —dice él haciéndome entrar al auto mientras él se sienta en el asiento del conductor. Conduciendo mientras miro fuera el clima frío. Mis pensamientos van a la escena que ocurrió antes. Ese chico, Zen. Mi cuerpo se e

