El barro se me pegaba a los zapatos como si quisiera retenerme allí para siempre. Cada paso era una tortura; mis piernas temblaban y mi respiración se entrecortaba. No sé cómo lograba mantenerme en pie. La lluvia no cedía, golpeaba mi rostro con fuerza, mezclándose con el sudor y las lágrimas que me negaba a derramar. Él caminaba unos pasos adelante, seguro, firme, como si conociera cada piedra del camino. Me observaba de reojo, hasta que se detuvo en seco y giró hacia mí. —Así no llegaremos nunca —dijo con un tono que sonaba más a orden que a preocupación—. Te voy a cargar. Lo miré incrédula, incapaz de reaccionar de inmediato. —No… puedo caminar —murmuré, aunque mi voz se quebró en la última palabra. Él negó con la cabeza, avanzó hacia mí y me sostuvo de los brazos. —No es cuestión

