Regresé a mi habitación con el corazón acelerado, intentando no mirar hacia atrás, aunque sabía que él venía tras de mí. Mis pasos eran rápidos, casi frenéticos, como si así pudiera escapar del torbellino que Adrián había desatado dentro de mí desde que apareció en mi vida. Abrí la puerta y entré, cerrándola tras de mí con firmeza. Pero apenas tuve tiempo de respirar hondo cuando escuché el golpe seco de sus nudillos contra la madera. No necesitaba preguntar quién era. Su presencia era como una corriente eléctrica, inevitable. —Abre la puerta —dijo con voz ronca, autoritaria, pero en el fondo… herida. Me quedé unos segundos en silencio. ¿Qué quería ahora? Después de todo lo que había hecho, después de todas sus verdades a medias, sus silencios, sus decisiones arbitrarias… ¿de verdad esp

