Mi madre me odiaba en ese momento, lo tenía clarísimo. Entró al comité como si fuera la mismísima reina madre desfilando por Buckingham: saludo por aquí, sonrisita por allá, «qué lindo verte, querida» a medio mundo. Para mí siempre había sido la reina, la intocable. Pero esa mueca que tenía mientras me miraba me decía que estaba por comerme un regaño épico. Me besó la mejilla como siempre, me acarició un poco la cara y se sentó. Si estaba ocupado o no, a ella le daba lo mismo. —No recuerdo haber criado un hijo tan estúpido —soltó de entrada, sin anestesia. Directo al hígado. —Catalina me llamó —agregó, como si eso explicara todo. —No podía hacerme el sordo, mamá. —¡Uh! ¡Tú y tu complejo de superhéroe! ¿Hasta cuándo, Marcos? —¿Viniste a regañarme por eso? No tenía salida. —¿Y qué q

