Frente al Alfa

1190 Words
EVELINE Qué montón de idiotas. Una risita se me escapa sola, torcida, divertida. Observo el exterior antes de cruzar el umbral de la enorme mansión donde se celebra la fiesta. Una fiesta que, por cierto, empezó sin mí. Qué atrevimiento. Me acomodo la capucha y entro al gran salón. Conversaciones, música, risas. Todo el lugar rebosa entusiasmo. Hago una mueca. Demasiado olor a lobo junto en un solo sitio. Francamente insoportable. Frunzo la nariz. ¿De verdad alguien encuentra amigos aquí? Cada año el consejo organiza este evento. Asistencia obligatoria para los lobos mayores de dieciséis. La excusa oficial es fortalecer lazos, aunque todos sabemos que el verdadero objetivo es emparejar solteros, sobre todo a los Alfas. Y como siempre, terminan los mismos de siempre: enamorándose, besándose, marcándose y perdiendo la cabeza. En resumen, asisten lobos de todos los rangos: Alfas, Betas, Omegas y cualquier otro título que se inventen. Si tuviera que definir el famoso baile de apareamiento, diría que es más una orden disfrazada de celebración. Aun así, casi todos vienen felices, convencidos de que hoy conocerán a su destino. Todos menos la manada Luna Negra. Fuertes, respetados, intocables. No se dedican a abusar de su posición ni a arrasar territorios por capricho, pero si alguien los provoca, la historia no termina bien para el valiente. Dicen que castigan con una paciencia cruel, prolongando el sufrimiento hasta el límite. Nadie que los haya desafiado ha salido bien parado. Ya sabes el dicho: puedes huir, pero no desaparecer. Aunque a mí eso me da igual. No pienso meterme en sus asuntos. Lo que sí me interesa son los rumores. En mis tres años viniendo a este evento he oído suficiente como para saber que los jóvenes líderes de Luna Negra son… llamativos. Eso dicen todos, hombres y mujeres por igual. Que si son hipnotizantes, que si su presencia domina la sala, que si su carisma es peligroso. Admito que me picó la curiosidad. Y como si la diosa lunar hubiera escuchado nuestras súplicas de entretenimiento, corrió la noticia: este año asistirán. Por fin. Necesitaba algo que rompiera el aburrimiento. Avanzo entre la multitud procurando no rozar a nadie. Sin ánimo de ofender, pero esta gente es tan interesante como una pared. El olor dulce del postre me distrae, así que me dirijo a la mesa de comida. Tomo un plato y cargo cuatro mini rebanadas de pastel. Solo mirarlas ya es un placer. Hace siglos que no pruebo algo tan fino y pienso disfrutar cada bocado. Mientras saboreo el primero, presto atención a los murmullos cercanos. —¿Los viste? Nunca me había sentido así… ¡Como si el corazón fuera a salirse! —dice una chica, roja hasta las orejas. El pastel está increíble. Otra suspira: —¿Cómo puede alguien ser tan perfecto? La pareja del Alfa Dante debe haber hecho algo heroico en otra vida para merecerlo. Alzo una ceja, interesada. —Es como si hubiera salido de una revista —añade otra con cara de trance. Y entonces una suelta: —Apuesto a que la tiene enorme… No puedo evitar resoplar una risa. Termino el plato, me limpio con una servilleta y adopto mi mejor pose de dama refinada. Me ajusto la capucha y aliso el vestido que le tomé prestado a cierta desconocida hace un rato. Debo admitir que la tela es cómoda. Aunque habría preferido rojo. El blanco me hace ver demasiado inocente. Sigo el flujo de personas que se desplazan hacia el mismo punto. Mi curiosidad ya está despierta y la emoción me corre por dentro. Hay un círculo de gente rodeando a cinco figuras jóvenes. Son ellos. La manada Luna Negra. Casi nadie se atrevía a mirar directamente. Lo hacían de reojo, fingiendo desinterés, como si esas cinco presencias no dominaran el aire. Patético. El intento colectivo de disimulo era tan obvio que resultaba ridículo. Yo tampoco estaba libre de culpa. También observaba. No hizo falta más que un instante para notar la fuerza que irradiaban. No era algo que se viera. Se sentía. Como presión en el pecho. Como electricidad bajo la piel. Mi curiosidad se encendió al momento. Uno de ellos llamó mi atención primero. Piel morena, rizos oscuros, ojos color miel. Tenía cara de estar contando los segundos para irse. No lo culpo. Esta reunión podría dormir a un muerto. Tenía pinta de protagonista rebelde de película adolescente. De esos que rompen reglas y corazones. Sus brazos rodeaban la cintura de una chica, y cuando la miró, su expresión se suavizó. Sonreí apenas. Hacían buena pareja, no podía negarlo. Ella apoyaba la cabeza en su hombro. Rubia, rizos suaves, piel clara y ojos azules tan intensos que parecían brillar. A su lado había alguien con el mismo rostro. Gemelos. El chico compartía los mismos ojos y el mismo tono de cabello, aunque lo llevaba lacio y más corto. Pero su energía era otra cosa. Tenía pinta de problemático profesional. De esos que viven para molestar. Su boca torcida y su mirada inquieta delataban travesuras constantes. Estaba intentando calmar a su pareja, una chica de piel luminosa y cabello oscuro recogido en una coleta alta. Ella no parecía nada contenta. Él le sacó la lengua. Ella frunció más el ceño. Extraños. Pero divertidos de ver. Y entonces lo vi a él. No voy a mentir. Mi atención se desvió por completo. Había algo distinto en ese último hombre. Más peligroso. Más magnético. Sus ojos grises tenían un brillo travieso, casi desafiante, y su sonrisa insinuaba que sabía perfectamente el efecto que causaba. Su presencia imponía sin esfuerzo. Su rostro parecía tallado con precisión exagerada, como si alguien se hubiera tomado el tiempo de diseñarlo para intimidar y atraer al mismo tiempo. No pude apartar la mirada. Era absurdo. Ni siquiera lo conocía, pero algo en mí reaccionó. Como un tirón invisible. Como si una parte de mí quisiera acercarse sin pedir permiso. Seguí mirándolo. No sé cuánto tiempo. Tampoco me importó. Hasta que sus ojos encontraron los míos. Rayos. El mundo se volvió borroso alrededor. Mi pulso se disparó. Todo mi enfoque quedó atrapado en él. Sentí cada latido como un golpe contra las costillas. Incliné la cabeza. Él hizo lo mismo. Fruncí el ceño. Él también. Nos quedamos así, analizándonos, como si ambos hubiéramos entendido algo sin palabras. —Irritante —murmuré. Porque sí. Lo era. Y también intrigante. Su sonrisa se ensanchó. Me recorrió con la mirada con descaro absoluto, satisfecho, como si ya hubiera tomado una decisión sobre mí. —Encantado de conocerte, preciosa. Su voz era grave, áspera, y me estremeció sin permiso. Sentí calor subir por el cuello. Interesante reacción. Sonreí despacio. —El gusto es mutuo. Ninguno apartó la vista. Ni un segundo. Entonces un grito rompió el aire. —¡Atrápenla! La gente se abrió de golpe. Guardias corriendo hacia mí. Genial. Le lancé una última mirada al chico de ojos grises y le dediqué una pequeña despedida con la mano. Su expresión divertida fue lo último que vi antes de girarme. Ah, cierto. Olvidé mencionar un detalle. A los lobos sin manada no se les permite entrar al Baile de Apareamiento.
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